Relojes giran llenos de polvo y hastío en un salón sin calor,
sobre un roble firme
y
Cerca, muy cerca,
en jardines ocultos,
una llama espera,
sigilosa, paciente y eterna
como puente invisible
que cruza entre el deber y el deseo,
y el viento
guarda lo que nadie reclama.
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cual nota luctuosa
que aprende a sonreír
aun en la oscuridad.
Hay también una presencia firme que ocupa el
salón:
silenciosa y constante,
como un roble que sostiene el techo,
pero cuyos brazos nunca saben sostener nada.
Nada o poco.
otra llama la espera:
sin cadenas,
solo la chispa
con ese calor
con pasos medidos,
tejiendo su mundo
un equilibrio despiadado
entre lo que da y lo que reclama
Sueña con un día donde los muros
y los testigos se
disuelvan,
donde la casa
sea solo suya,
donde la puerta
pueda estar abierta
donde el techo
suene a lluvia
y el cuarto
huela
a llama ardiente
y el roble exista
sin tocarla,
donde pueda bailar
con su propio tiempo,
a su propio
ritmo
y el viento
sea
suficiente compañía.
Porque aprendió
no significa poseer,
y que amar no siempre
Que la vida más plena
se construye
y