Hija mía,
Nunca pensé que
escribir estas palabras me fuera a resultar tan difícil. No por vergüenza
—aunque la tengo— sino porque sé que durante años fui un hombre que destruyó en
vez de construir y formar, que hirió cuando debía proteger, que calló cuando
más necesitaba hablar. Y sobre todo que supo estar ausente, cuando se requería
mi presencia.
Si estás leyendo esto, es porque ese daño que
causé te sigue doliendo. Y quiero, aunque no borre nada, al menos mirarlo de
frente por primera vez.
Te fallé. Le fallé
a tu madre. Le fallé a tus hermanas. Le fallé a mi segunda esposa. Y también me
fallé a mí mismo. ¡Y hoy día pese a tanta perdida, despedidas, vacíos, duelo y
dolor, sigo haciendo lo que mejor se hacer, fallar!
Te fallé de la
forma más profunda que puede hacerlo un padre: abusé de tu inocencia, te marqué
el alma siendo apenas una niña, y luego lo negué. Como si al negar lo sucedido,
desapareciera el horror. No desapareció. Vivió dentro tuyo, y yo me negué a reconocerlo.
Lo he negado de modo infinito porque la realidad es demasiado horrenda para
enfrentarla de frente. Fue mucho más fácil para mi tildarte de loca, mentirosa,
dramática y exagerada. Y aun hoy día, tengo familiares y amistades que me creen
y te siguen condenando de modo injusto, poniendo en tela de duda lo vivido y
cuestionando tu reacción, no lo que yo provoque con mis actos.
Golpeé a tu madre
cuando lo único que ella merecía era respeto.
Traicioné su confianza, la
humillé, y lo hice muchas veces. No por "estrés", ni por
"problemas", ni porque ella “lo provocara” como cobardemente me
convencí y justifiqué a través de mi discurso de odio ante quienes me quisieron
escuchar. Lo hice porque tenía violencia dentro de mí, y nunca tuve el valor de
enfrentarla. Ella no era mi enemigo. Y, sin embargo, la traté como si lo fuera.
Fui infiel,
mentiroso, hiriente. Desleal y con una grandiosidad difícil de manejar. Critiqué,
destruí, abandoné. No supe ser padre. Ni para ti ni para tu hermana… ni para
tus otras hermanas que llegaron después. En vez de cuidarlas, las llené de
miedo, de dudas, de palabras ásperas, de carencias emocionales que hoy pesan en
cada una de ustedes. Y pese a tanto daño y daños, son mujeres de bien.
Tampoco fui justo
con mi segunda familia. Les prometí un nuevo comienzo, pero llevé el mismo infierno a cuestas conmigo. Nunca les di seguridad, ni estabilidad, ni afecto
real. Y lo peor: creí que bastaba con estar presente a medias, con esconder mis
faltas, con justificar mi ira, con degradar a sus madres. No bastaba.
Y cuando todo
colapsaba, siempre encontré una forma de culpar a los demás. A tu madre. A ti.
A mis parejas. A la vida. Nunca tuve el valor de detenerme y decir: "soy yo el que está haciendo daño".
Y ahora, ya mayor,
con la visita de la muerte al doblar las esquinas, me doy cuenta que he vivido
una vida incompleta. Porque no hay éxito, ni edad, ni excusa ni logro que valga
cuando un padre le falla a su hija como yo te fallé a ti y a tus hermanas.
No sé si merezco tu
perdón. No sé si podrías dármelo algún día. Pero lo que sí sé es que
tú y todas ustedes merecen escuchar esto:
Lo siento.
Perdón por lo que te hice cuando eras una niña indefensa.
Perdón por el miedo.
Perdón por la rabia que tuviste que cargar sola.
Perdón por los años en que te hice creer que estabas equivocada.
Perdón por romper algo que nunca debí tocar.
Perdón por dejarte sin respuestas, sin amor, sin padre. Con una familia
fracturada, resentida y llena de mentiras que se convirtieron en distancia,
indiferencia y frialdad.
Perdón a tu madre,
por cada golpe, cada traición, cada grito, cada herida.
Perdón a ti, a cada una de tus hermanas, por haber vivido con un modelo de lo
que nunca debió ser un hombre.
Y perdón a mi segunda esposa, que también vivió un infierno conmigo cuando solo
buscaba alegría y ser amada.
Ojalá estas
palabras fueran suficientes. No lo son. Pero son lo único sincero que puedo
darte hoy.
Si algo te pido, no
es que me perdones.
Es que no sigas cargando con la culpa que era
mía. Que te liberes de mi sombra. Que te sepas digna, amada, fuerte. Que sepas
que nada de lo que hice fue tu culpa.
Nunca lo fue.
Y si un día sientes
que esta carta te sirve para cerrar algo, úsala. Como quieras. Como puedas. Cuando quieras escuchar dentro de ti
lo que debí haberte dicho, desde la culpa que nunca asumí, desde el arrepentimiento que tantas veces te hizo falta.Esta carta es para ti, para tu madre, para tus hermanas, para todas las niñas y mujeres que lastimé.
Me despido con vergüenza, con
ese "perdóname" adeudado, con ese abrazo no dado y sin poder levantar mi mirada ante ti,
Tu padre.