Una mujer movía lentamente una cuchara de madera dentro de una gran olla azul.
El pollo crudo esperaba su fatídico turno sobre la tabla. Impávido, pálido, silencioso. Paciente ante el ya eminente desenlace.
Desde la sala llegaban estallidos de risa: el marido
conversaba con su vieja amiga, la televisión.
En el cuarto del fondo, la hija menor habitaba un mundo repleto de luces azules y nombres sin rostro.
A ellos les regalaba sus pensamientos, sus historias pequeñas, sus alegrías mínimas y sus grandes secretos.
Confesiones y confianza que jamás cruzaban el pasillo de menos de diez metros que
la separaban de su madre.
La mayor, detrás de otra puerta cerrada, viajaba por horas sin moverse. Tumbada casi inerte, deslizaba el dedo una y otra vez por paisajes lejanos de otros seres: ciudades brillantes, cuerpos felices, sonrisas de vidas perfectas cuidadosamente filtradas.
Aprendía a desear lo que veía, lo que creía injustamente le hacía falta.
La casa era grande. Hermosa.
Llena de puertas y un patio enorme.
Y sin
embargo, en la cocina, el tiempo parecía espesarse como una sopa olvidada al
fuego.
La mujer secó el sudor de su frente con el dorso de la mano.
Miró hacia la sala. Luego hacia el pasillo.
Nadie venía. Nadie preguntaba. Nadie olía el cansancio que flotaba en el aire junto al aroma del ajo y la cebolla.
Miró en silencio el marco blanco de la ventana de la cocina y sintió como si el mundo exterior la mirase, cual ratón de laboratorio.Empequeñecida, miserable, ausente...
y predecible, con pasos aprendidos en el tiempo.
Según sus cálculos, pronto bajarían.
Se sentarían.
Comerían rápido.
Los dedos sostendrían teléfonos.
Las bocas
masticarían sin memoria y sin ningún ánimo o interés en conectar con ella.
El día terminaría como siempre: con platos vacíos y sucios en la mesa.
Platos que ella debía recoger y lavar.
El día, como siempre...
con palabras vacías, sin eco.
Palabras que nunca nacieron de remitentes ausentes.
No con rabia. Sin tristeza.
Con una calma antigua, aprendida, rutinaria.
Lo puso en la olla, lo cubrió con agua y sal. A fuego lento.
Luego, miró en silencio hacia el fondo de la ventana y se perdió a lo lejos.
Sintió que afuera había una vida que desconocía.
Apagó la estufa.
Se quitó el delantal y doblándolo con cuidado sobre la mesa, viajo en el tiempo.
Dobló y viajó con una calma antigua, aprendida, rutinaria.
Salió de la cocina, con su única compañía: la olla.
Nadie lo notó.
Aun viéndola, nadie la hubiese notado ya que posee el arte de mimetizarse entre las paredes de la sala.
Una estructura más.
En los cuartos,
titilantes las pantallas.
En la casa,
el aniquilamiento de la cercanía.
En la mesa, seguía la olla.
Horas después, cuando el hambre arreciaba, la encontraron fría.
Dentro, el pollo.
Único testigo de la salida silenciosa de una vida cotidiana que pesa y enferma.
Nadie lo notó.
Nadie la notó.
... y si, el pollo seguía crudo.