lunes, 12 de octubre de 2026

HA DE SER BONITO SENTIR. Reflexiones de una soledad que también siente


La voz de aquel joven
me estremeció hasta los huesos.

Me dio escalofríos 

y un poco de vergüenza

... y aún resuena en mi mente consciente,

como un eco que se niega a morir,

como una pregunta que no me atrevo a responder(me).


Ha de ser bonito sentir.  

Sentir preocupación,
incertidumbre,
miedo…
esa angustia que aprieta el pecho
cuando no sabes dónde está el otro,
si está bien,
si está a salvo,
si alguien lo cuida,
si la vida le ha permitido llegar
sano y salvo al final del día.


Ha de ser bonito ser Él.
Tener a alguien metido en el alma
de tal manera
que su ausencia inquiete,
que su silencio alarme,
que su dolor duela
como si fuera propio.

Sentir ansiedad por amor.
Llorar por miedo a perder.
Temblar ante la posibilidad
de que algo le ocurra
a quien habita tus pensamientos.

Y no llorar de rabia,
ni de odio,
ni de impotencia ante la vida,
sino llorar por AMOR.



    Por ese amor que desborda,
que no cabe en el pecho,
que se convierte en lágrimas sin aviso
cuando las palabras no alcanzan la calma.


Ha de ser bonito saberse prioridad. 

Saber que existes
en la mente de alguien
aun cuando no estás presente.
Que alguien interrumpe su día
para preguntarse por ti.
Que alguien te busca,
te espera,
te necesita.

Te piensa, te imagina y te sueña.

Ha de ser hermoso
llenar la cabeza de recuerdos
que todavía no han sucedido;
imaginar abrazos,
conversaciones,
reencuentros,
momentos que aún no se han vivido
pero que el corazón
ya guarda como suyos.

Preocuparse por la seguridad de otro
como si protegerlo
fuera una necesidad del cuerpo,
un mandato del alma,
una urgencia que no admite demora.

Ha de ser bonito...ese sentimiento. 

... Como un remolino que te arrastra sin pedir permiso, como un oleaje feroz que rompe contra la orilla, como una ventisca voraz que desordena todo a su paso y aun así te hace sentir vivo.

Porque ha de ser bonito
sentir que te aman,
sí…

Pero sentir que amas…Debe ser otra cosa.

Debe sentirse el corazón
golpeando con fuerza las costillas,
las piernas queriendo correr
antes de que la razón dé la orden,
los brazos desesperados por cobijar,
por abrazar,
por proteger,
por socorrer y acariciar.

Debe ser descubrir
que la tranquilidad de otro
puede convertirse en tu propia paz,
y que su sufrimiento
puede hacer temblar tu mundo.

Ha de ser bonito ser aquel joven.

Sentir esa angustia hasta las lágrimas
por no saber de sus seres queridos.
Sentir que alguien importa tanto
que la sola posibilidad de perderlo
te deja sin aliento.

Y entonces me miro.

Y caigo en cuenta
de lo sola que estoy.

Sola conmigo.
        Sola para mí. 

Sola por mi.

No porque me falten familiares,
ni porque no haya quien me quiera.
No porque el amor
haya pasado de largo por mi puerta.

Sino porque no siento el apremio.
No me nace esa urgencia,
esa necesidad imperiosa
de acudir a alguien,
de buscar una voz,
de correr hacia un abrazo
como quien corre a ponerse a salvo.

Y me pregunto por qué.

Quizá me falla la memoria.
Quizá me vence la pereza.
Quizá me agobia el ruido del mundo,
las demandas de los otros,
el peso de estar disponible,
de responder,
de sostener,
de cumplir.
de estar.
de ser.

Quizá me he acostumbrado tanto
a resolver mi vida conmigo misma
que olvidé cómo se siente
necesitar a alguien.

O quizá,
sin darme cuenta,
he aprendido a vivir
sin esperar demasiado de nadie.

Y eso también es una forma de soledad:
no necesariamente la de quien no tiene a nadie,
sino la de quien no encuentra dentro de sí
el impulso de salir a buscarlo.

Y vuelvo a pensar en aquel joven. Muchas veces incomprendido o no escuchado, pero con una capacidad de dar amor inentendible. 

En su voz.
En su angustia.
En ese sentimiento  que le desbordaba el pecho
hasta hacerlo llorar.

Y siento una extraña envidia.
No de su miedo,
ni de su dolor,
sino de aquello que los provoca.

De tener a alguien
que importe de esa manera.

De sentir que el mundo
se te puede venir abajo
porque no sabes si los tuyos están bien.

De descubrir que llevas dentro
un amor tan grande
que hasta el miedo
se convierte en una prueba de su existencia.



Ha de ser bonito ser ese joven.

Me gustaría serlo.
Me gustaría sentir así,
escribir sin reservas,
ser sincero sin distancias,
No poseer esta calma pasmosa que a veces parece fortaleza
y otras veces valentía. 
Y otras veces se parece demasiado al vacío. 

y se siente como vacío. 

y me siento ante él y su sensibilidad, completamente vacía.



Me gustaría que alguien
me habitara de esa manera.
Y, sobre todo,
me gustaría habitar yo
el corazón de alguien
con esa intensidad.

Pero hay algo…

Algo que a él le sobra, que se nota
y que yo siento que me falta.

No sé si es la urgencia,
la entrega,
la capacidad de necesitar,
o esa forma inexplicable de amar
que hace que una persona
deje de ser solamente alguien
y se convierta en parte de ti.


No sé cómo se llama
eso que él lleva dentro
y que yo contemplo desde lejos.

Solo sé que, al escucharlo,
algo en mí se estremeció.

Y que, por un instante,
entre la admiración y la tristeza,
entre el deseo y la soledad,
me descubrí anhelando
no que alguien me amara…

Sino tener dentro de mí
esa capacidad inmensa
de amar a alguien
hasta que me duela.

viernes, 27 de marzo de 2026

ACTO DE AMOR

Aquella madrugada tortuosa no fue un final, fue un acto de amor en silencio.

La casa dormía. Y en ella sus inquilinas.

El aire estaba quieto, como si el mundo hubiera decidido no interrumpir.

Las niñas descansaban, envueltas en la inocencia de los sueños, ajenas al temblor que empezaba a recorrer el cuerpo de su madre.

Ella abrió los ojos y supo que algo no estaba bien.

No era el cansancio de otras veces, ni el eco conocido de los tratamientos.
Era distinto. Profundo. Inexplicable.

Se incorporó con cuidado, respirando como podía, sosteniéndose en su propia voluntad.
Y en medio de ese malestar que crecía, pensó en ellas. Como siempre: en ellas.

Caminó despacio. Cada paso era un esfuerzo, pero también una decisión.
Llegó hasta la puerta… y se detuvo.

Las miró desde lejos.

Allí estaban, dormidas, en paz. Risueñas e inocentes. Ajenas al malestar que la consumía a una velocidad antes desconocida para ella.

Pudo acercarse.
Pudo rozar sus mejillas.
Pudo darles ese último beso.

Pudo. Pero no lo hizo. Las imagino jugando en sus sueños...

No lo hizo. No porque no quisiera…
sino porque en su corazón aún vivía la esperanza de volver,
de regresar, de abrazarlas después, de darles todos los besos pendientes y un poco màs.

Y, al mismo tiempo, en lo más profundo, algo le susurraba que tal vez no sería así. Un frio le nublo aquella esperanza y ese presentimiento silencioso, eligió lo más grande: protegerlas.

No las despertó.
No llenó ese instante de angustia.
No dejó que el miedo tocara su descanso.

No deseaba que la viesen sin aliento, cansada y asustada.

- “Dios, ¿por qué me siento tan mal?”, se dijo para si susurrando, viéndose frente al espejo del baño. 

- “Que pálida y deshecha me veo. Dios. 

Repetía para sus adentros 

- ¿por qué me siento tan mal?”  No como una queja, sino como quien busca entender lo que el cuerpo ya sabía.

Y aun así, no se detuvo. 

Se alistó.
Se sostuvo.
Buscó ayuda.


Hasta en ese momento, cuando su cuerpo comenzaba a rendirse, su corazón seguía firme en un solo propósito: ellas.

Porque el amor de una madre no se mide en despedidas,
sino en todo lo que hace para que sus hijos no sufran.

Y así fue.

Mientras el tiempo avanzaba y su cuerpo luchaba una batalla invisible,
ella seguía cuidándolas… incluso desde la distancia, desde el dolor. Incluso desde la inconsciencia.

No hubo gritos.
No hubo despedidas que rompieran la noche.
Solo una decisión silenciosa, inmensa:

dejar ese beso en pausa…
guardado en la promesa de un después que deseaba,
aunque su alma, en un rincón callado, temiera no alcanzar.

Y aunque el mundo parezca decir que ese fue su último día, 

que presentía la muerte de forma consciente, 

que fue egoísta al no despedirse, 

que porque sintiéndose tan mal no corrió, 

que decidió irse … 

la verdad es otra.


Salió pensando en sus hijas

Lucho y protegió hasta el último momento
No se fue en abandono.

Ese día, esa madre hizo lo que hizo toda su vida:

Amar y cuidar… hasta el último latido de su corazón.

 


lunes, 23 de marzo de 2026

ADONIS y la fragilidad de la belleza

 Hijas,


La vida tiene una manera muy silenciosa, pero contundentemente inevitable, de enseñarnos lo que realmente importa. A veces no lo hace con palabras, sino con el paso del tiempo.

Voy a decirles algo que tal vez no suene bonito ni muy creíble viniendo de mi, pero es verdad absoluta: La belleza no vale nada… si está vacía. Repito, no vale nada.

Porque esa cara perfecta que HOY deslumbra, ese cuerpo que hoy provoca miradas, esa “perfección” que parece abrir puertas y que muchas veces es admirada… todo eso tiene fecha de vencimiento y a veces hasta de expiración prematura. 

Y no es una amenaza, es una ley de la vida.

Cuando uno es joven, los ojos se dejan deslumbrar fácilmente. La belleza parece una promesa, una garantía, casi un valor eterno. Vana ilusión!!!

Recuerdo en mis tiempos de escuela, rostros admirados, cuerpos perfectos, personas que parecían tenerlo todo solo por ser hermosas, atractivas o de buen ver. Eran “los más bellos”, los más deseados, los que hacían suspirar a todos, los màs buscados, los más celebrados, los que todos querían tener cerca...

Pero el tiempo… el tiempo con su majestuosidad no negocia con nadie. 


El tiempo no pide permiso. Y un día, sin hacer ruido, pasa la cuenta y a veces de la peor manera.


Y lo que ayer u hoy parece inalcanzable, mañana puede ser irreconocible y hasta despreciable. Lo que antes era motivo de admiración se transforma. El cuerpo cambia, el cabello cae, la piel se cansa, la vida deja marcas. Y entonces ocurre algo revelador: aquello que parecía tan valioso… ya no sostiene nada.


Hoy, esos “bellos” no tienen nada “físico o externo” que sostenga lo que fueron. Porque nunca
construyeron nada más allá del espejo.


Porque la belleza, hijas mías, es prestada. Es momentánea. Es una envoltura que inevitablemente se
desgasta, se arruga y se daña. 


Y cuando la belleza se va —porque CREANME que se va— queda lo que realmente eres y es aquello que no se desgasta —SI SE CULTIVA— y es el carácter, el don de gente, los valores y la bondad. La forma en que alguien trata a los demás. La paz que transmites. La inteligencia emocional. La capacidad de tratar y amar bien y con respeto.


Cuando pasa el tiempo, ahí no hay maquillaje. ahí no hay filtros. ahí no hay aplausos ni redes. 

Solo queda la esencia REAL de cada quien. Y si esa esencia está vacía, no hay nada que rescatar.

Por eso quiero pedirles hijas mías, algo desde lo más profundo de mi corazón: no se dejen engañar por lo que ven sus ojos en un momento... No elijan desde el brillo superficial, porque ese brillo se apaga. Ni se dejen elegir, dado sea el caso, por su físico o atractivo.  


Miren más allá.


Miren cómo habla una persona, cómo reacciona cuando algo no sale bien, cómo trata a quien no puede ofrecerle nada. Como conforta, consuela y anima. Miren su esencia. Porque eso es lo que se queda cuando todo lo demás cambia. 


Por eso quiero que entiendan esto, aunque el mundo les diga lo contrario: no se enamoren de una cara bonita y vuelvo y repito, No se dejen elegir por alguien solo porque ustedes también lo son. No confundan deseo
momentáneo  con valor permanente.


Porque el deseo pasa. La novedad se acaba.

El cuerpo cambia. La vida arremete y golpea.


Y cuando todo eso ocurra, lo único que va a importar es quién es esa persona por dentro.


Elijan a alguien que tenga profundidad.

Que tenga valores.

Que tenga humanidad, respeto y empatía.

Que tenga algo que ofrecer incluso cuando ya no quede nada “socialmente perfecto” en él o en ella.


Porque la vida real no se vive en fotos, reels ni historias.

La vida es largamente corta, y el amor verdadero no se construye con perfección física, sino con compañía, respeto, paciencia y verdad.


Se vive en los días difíciles, en la enfermedad, en el cansancio, en la rutina… y ahí, la belleza no sirve de nada ni sustenta nada.


Habrá cambios, inevitables. El cuerpo cambiará, la vida dará giros, habrá pérdidas, enfermedades, transformaciones. Y cuando eso ocurra, lo único que sostendrá una relación será lo que está dentro.


Ahí sirve el corazón. No se equivoquen en eso.


Y eso, hijas, no se ve… pero se siente, se sufre o se agradece todos los días.

Elijan a alguien que siga siendo hermoso por dentro incluso cuando la vida lo despeine por fuera.


Con amor,

Mamá

martes, 10 de marzo de 2026

EL POLLO CRUDO

 La cocina respiraba vapor.

Una mujer movía lentamente una cuchara de madera dentro de una gran olla azul. 

El pollo crudo esperaba su fatídico turno sobre la tabla. Impávido, pálido, silencioso. Paciente ante el ya eminente desenlace.

 Afuera de la cocina, la casa vivía otras vidas.

Desde la sala llegaban estallidos de risa: el marido conversaba con su vieja amiga, la televisión.


En el cuarto del fondo, la hija menor habitaba un mundo repleto de luces azules y nombres sin rostro. 

A ellos les regalaba sus pensamientos, sus historias pequeñas, sus alegrías mínimas y sus grandes secretos. 

Confesiones y confianza que jamás cruzaban el pasillo de menos de diez metros que la separaban de su madre.

La mayor, detrás de otra puerta cerrada, viajaba por horas sin moverse. Tumbada casi inerte, deslizaba el dedo una y otra vez por paisajes lejanos de otros seres: ciudades brillantes, cuerpos felices, sonrisas de vidas perfectas cuidadosamente filtradas. 

Aprendía a desear lo que veía, lo que creía injustamente le hacía  falta.

La casa era grande. Hermosa. 

Llena de puertas y un patio enorme. 

Y sin embargo, en la cocina, el tiempo parecía espesarse como una sopa olvidada al fuego.  

La mujer secó el sudor de su frente con el dorso de la mano. 

Miró hacia la sala. Luego hacia el pasillo. 

Nadie venía. Nadie preguntaba. Nadie olía el cansancio que flotaba en el aire junto al aroma del ajo y la cebolla.

Miró en silencio el marco blanco de la ventana de la cocina y sintió como si el mundo exterior la mirase, cual ratón de laboratorio.

Empequeñecida, miserable, ausente... 

y predecible, con pasos aprendidos en el tiempo.

Según sus cálculos, pronto bajarían.

Se sentarían.



Comerían rápido.

Los dedos sostendrían teléfonos.

Las bocas masticarían sin memoria y sin ningún ánimo o interés en conectar con ella.



El día terminaría como siempre: con platos vacíos y sucios en la mesa. 


Platos que ella debía recoger y lavar.


El día, como siempre...

con palabras vacías, sin eco.

Palabras que nunca nacieron de remitentes ausentes.

 

Había tenido suficiente. 

La mujer tomó el cuchillo.

No con rabia. Sin tristeza. 

Con una calma antigua, aprendida, rutinaria. 

Cortó el pollo lentamente, como quien abre una carta que sabe de memoria.

Lo puso en la olla, lo cubrió con agua y sal. A fuego lento.

 

Luego, miró en silencio hacia el fondo de la ventana y se perdió a lo lejos. 

Sintió que afuera había una vida que desconocía.

Apagó la estufa.

Se quitó el delantal y doblándolo con cuidado sobre la mesa, viajo en el tiempo. 

Dobló y viajó con una calma antigua, aprendida, rutinaria.

 

Salió de la cocina, con su única compañía: la olla. 

Nadie lo notó.

Aun viéndola, nadie la hubiese notado ya que posee el arte de mimetizarse entre las paredes de la sala.

Una estructura más. 

 


En la sala siguieron las risas en un baile frenético entre máquina y cuerpo esclavizado. 

En los cuartos,

titilantes las pantallas.

En la casa,

el aniquilamiento de la cercanía.


En la mesa, seguía la olla.


Horas después, cuando el hambre arreciaba, la encontraron fría.

Dentro, el pollo.

Único testigo de la salida silenciosa de una vida cotidiana que pesa y enferma.  

Nadie lo notó. 

Nadie la notó. 

... y si, el pollo seguía crudo.


sábado, 7 de marzo de 2026

Susurros de tres mundos


Relojes giran llenos de polvo y hastío en un salón sin calor,
sobre un roble firme 
que no abraza ni arde.
Un roble que no es roble, 
solo caparazón 

y 

Cerca, muy cerca,

en jardines ocultos, 

una llama espera, 

sigilosa, paciente y eterna 

como puente invisible 

que cruza entre el deber y el deseo, 

y el viento 

guarda lo que nadie reclama.


- 0 -


Hay quien camina en esta casa de eco.  
De ecos y silencios, 
de vacíos llenos de cal, 
que preserva un cuerpo inerte
color a gris 
sabor a sal 
bajo el mar.





Hay  muros:
testigos 
que guardan secretos, 
verdades a medias y sombras,

cual nota luctuosa 

que  aprende a sonreír 

aun en la oscuridad.


Hay también una presencia firme que ocupa el salón:
silenciosa y constante,  
como un roble que sostiene el techo,
pero cuyos brazos nunca saben sostener nada.

Nada o poco. 



Y entre los jardines 
que nadie ve, 
salvo ella,
otra llama la espera:
sin cadenas, 
sin nombres, 
sin promesas ni pactos,
solo la chispa 
de lo que late, 
se expande 
y 
arde,
con ese calor 
que el roble 
nunca alcanzará dar.


Entonces ella cruza los puentes invisibles 
una y otra vez
con pasos medidos, 
con ojos despiertos 
y los poros dilatados,
tejiendo su mundo 
entre deber y deseo,
un equilibrio despiadado 
entre cárceles del tiempo y la libertad,
entre lo que da y lo que reclama 
como propio su corazón.





Sueña con un día donde los muros 

y los testigos se disuelvan,
donde la casa 

sea solo suya, 
donde la puerta 

pueda estar abierta
donde el techo 

suene a lluvia 

y el cuarto 

huela a llama ardiente 

y el roble exista sin tocarla,  

donde pueda bailar 

con su propio tiempo, 

a su propio ritmo 

y el viento 

sea suficiente compañía.

Porque aprendió 

que a veces sostener
no significa poseer, 
menos retener
y que amar no siempre 
se traduce en obediencia.

Que la vida más plena
se construye 
entre lo que se guarda
y 
lo que se deja...
arder.



viernes, 16 de enero de 2026

AJEDREZ



El tablero está frío.


Hiela, no por la noche,
sino por lo que ya no arde.

Las piezas se miran sin deseo,
nadie arriesga el cuerpo,
nadie avanza.
No hay jaque,
no hay final,
solo esta tregua interminable
donde no se gana
y tampoco se huye.

Antes fue incendio.
Ahora, cuentas pendientes,
silencios que pesan
como deudas heredadas.

Aquí la necesidad se esconde,
se pide en voz baja,
se ofrece como limosna
lo que antes era entrega.

Espero el ataque
que prometiste sin decirlo.

Espero caer.
Pero sigo respirando,
honda, exacta,
esta vida que no se va
y tampoco se queda.


Es un paraíso amargo, 

bien ordenado,
sin arrugas visibles.
Una obra sostenida a pulso,
aplaudida desde afuera,
ensayada hasta el cansancio.

Las jugadas pasan
sin tocarse.

Sin vítores ni estocadas.

Las miradas aprenden a esquivarse.

Y ese “hasta mañana”
—dicho como costumbre—
no promete regreso:
solo prolonga el lamento.

No es despedida
No es promesa.

Solo repite
la costumbre de quedarse.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Si muriese hoy.


Si muriese hoy,
estoy plenamente preparada para la noticia.

La espero
desde hace muchos años atrás.

La vi venir
cuando yo era microscópica,
cuando avanzaba hacia mí
con ojos de furia y fuego,
cuando su boca
solo sabía escupir propano.


Siempre fantaseé con este momento:
una llamada,
una visita,
una frase breve:
Ha muerto, lo siento.

¿Lo sientes tú?
¿O por qué habría de sentirlo yo?

Fue una persona,
o más bien un personaje,
experto en hacerme habitar
toda la gama de emociones torcidas:
ansiedad,
nerviosismo,
incertidumbre,
miedo,
asco,
dolor.

Un paraíso inexistente
sumergido en el infierno.

¿Qué consecuencias tendré cuando muera?
No lo sé.
Habrá tiempo para adivinarlo.
Lo único cierto
es que no debo morir yo primero,
porque mis letras
descubrirán el horror
hoy escondido en ellas.


Mi gaveta.
Sí.
La primera de la izquierda.
Merece ser publicada,
por talento
y por venganza.

En mis escritos no se salva nadie,
menos aún los adultos
que debieron cuidarme.


Se acaba el año
y todavía por ahí anda:
prepotente,
altivo,
seguro.

Como si aquí no hubiera pasado nada.

Arrastrando su cola larga
de vidas destrozadas,
tarareando cuentos de maldad,
dejando familias rotas
y corazones sangrantes.

Por ahí anda,
ajeno a todo,
o al menos eso aparenta.



Pero cuando llegue ese momento —
la llamada,
la visita—
anunciando que todo terminó,
yo tendré listo
mi traje de colores.

Porque será día de fiesta
y nadie me impedirá
que a todo pulmón
cante El Manisero
de Antonio Machín.

Será reivindicación.
Será triunfo.
Será la prueba
de que sobreviví.

Y si no sobrevivo,
abran la gaveta.
La primera de la izquierda.


Les aseguro
que ese mismo día
caerá el inmortal
que dañó tantas vidas a su paso:

último bastión de victoria
de una niña
a la que le impidieron defenderse
desde el primer día
en que nació.