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sábado, 7 de marzo de 2026

Susurros de tres mundos


Relojes giran llenos de polvo y hastío en un salón sin calor,
sobre un roble firme 
que no abraza ni arde.
Un roble que no es roble, 
solo caparazón 

y 

Cerca, muy cerca,

en jardines ocultos, 

una llama espera, 

sigilosa, paciente y eterna 

como puente invisible 

que cruza entre el deber y el deseo, 

y el viento 

guarda lo que nadie reclama.


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Hay quien camina en esta casa de eco.  
De ecos y silencios, 
de vacíos llenos de cal, 
que preserva un cuerpo inerte
color a gris 
sabor a sal 
bajo el mar.





Hay  muros:
testigos 
que guardan secretos, 
verdades a medias y sombras,

cual nota luctuosa 

que  aprende a sonreír 

aun en la oscuridad.


Hay también una presencia firme que ocupa el salón:
silenciosa y constante,  
como un roble que sostiene el techo,
pero cuyos brazos nunca saben sostener nada.

Nada o poco. 



Y entre los jardines 
que nadie ve, 
salvo ella,
otra llama la espera:
sin cadenas, 
sin nombres, 
sin promesas ni pactos,
solo la chispa 
de lo que late, 
se expande 
y 
arde,
con ese calor 
que el roble 
nunca alcanzará dar.


Entonces ella cruza los puentes invisibles 
una y otra vez
con pasos medidos, 
con ojos despiertos 
y los poros dilatados,
tejiendo su mundo 
entre deber y deseo,
un equilibrio despiadado 
entre cárceles del tiempo y la libertad,
entre lo que da y lo que reclama 
como propio su corazón.





Sueña con un día donde los muros 

y los testigos se disuelvan,
donde la casa 

sea solo suya, 
donde la puerta 

pueda estar abierta
donde el techo 

suene a lluvia 

y el cuarto 

huela a llama ardiente 

y el roble exista sin tocarla,  

donde pueda bailar 

con su propio tiempo, 

a su propio ritmo 

y el viento 

sea suficiente compañía.

Porque aprendió 

que a veces sostener
no significa poseer, 
menos retener
y que amar no siempre 
se traduce en obediencia.

Que la vida más plena
se construye 
entre lo que se guarda
y 
lo que se deja...
arder.