lunes, 7 de julio de 2025

Andros.

 

No traen promesas adornadas,
ni discursos largos,
pero su forma de estar
es guía,  certeza suave.
Una columna firme
que no necesita anunciarse.

Escuchan sin prisa,
sin análisis que desgaste.
Solo escuchan, y con fuerza de su mirada basta.

Son virs del silencio,
guardianes sin escudo,
compañeros que entienden sin explicar,
que miran y sostienen sin juicio.

Son confidentes de risas sin forzar, 

de conversaciones sin pretensiones,

de momentos simples que se vuelven eternos.

No cargan las palabras con doble fondo,
no buscan protagonismo,
y aun así, su presencia llena.

Con ellos, el alma descansa.
No hay interrogatorios,
ni reclamos disfrazados de ternura.
Solo dominan ese arte de estar sin invadir,
de acompañar sin exigir.


Ellos —los andros serenos
cuidan sin control,
hablan sin ruido,
y se quedan…
sin hacer escenas.

Son ese lugar donde uno puede aflojar el pecho,
bajar la guardia,
y ser uno mismo sin explicación.

Son remanso.

     A veces espejismo.

                   Siempre puerto seguro.


Son esa confianza que no se negocia,
que se ofrece sin condiciones,
y se sostiene sin ataduras.

No piden lealtad, la entregan.
No te estudian, te aceptan.
No compiten, comparten.
No critican, te admiran.
Están a tu merced
                 a propia voluntad.

No exigen explicaciones ni excusas,
aceptan lo que hay, tal cual es,
y respetan los espacios, 

                         los silencios, 

                                    los giro de timón, 

                                               los cambios de rumbo

                                                                  sin invadirlos ni cuestionarlos.

Son quienes sostienen cuando todo tiembla,
quienes llegan sin hacer ruido,
quienes ayudan sin pedir permiso,
quienes permanecen cuando otros se van.
quienes remiendan lo dañado por otros.

En este mundo de palabras huecas,  
                                          ellos son raíz.

                                             Son piedra discreta.
                                                      Son nomo sin peso,
                                                             humano que sabe estar sin prometer.

Es esa amistad sin complicaciones,

pero con raíces profundas,
que no se muestra con palabras grandilocuentes,
sino con hechos callados, invisibles y constantes.

Saben a un abrazo sin posesión ni recompensa,
a una mano sin cadenas sin ganancias,
a un corazón que se abre sin temor a ser herido.

Es ese animal avezado y verdadero,
ese noctambulo que permanece,
ese que sana, estando herido
ese que, simplemente, es.


A esa amistad sencilla,
a esa calma inesperada,
a esa forma de amor sin nombre…

le escribo hoy estas líneas,
con gratitud,
y sin necesidad de más.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario