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sábado, 10 de mayo de 2025

EL REGRESO DEL GALLITO.

      En una oficina cualquiera, de esas donde el café sabe a rutina y los pasillos huelen a chismes mal
escondidos, trabajaba un muchacho que se creía leyenda. Veinticuatro a veintisiete años
, lo cierto un “cara de niño” con ego de emperador, de conquistador. Que luce brillante, inteligente y seguro de si mismo... Que luce. En lo exterior… Se llamaba Sael. O al menos así le decían, porque lo suyo era vivir de la imagen, no del contenido. En la oficina y pasillos lo conocían como “gallito” más por sus cuentos que por su trabajo.

Sael no tardó en dejar de ser un simple vigilante de seguridad. Pronto se coló en la vida de Miranda, una de las jefas de la agencia de seguridad. El, como mero juego y màs por ego que por otra cosa. Por sumar una màs a su fantasiosa lista de conquistas. Miranda tenía más de treinta y tantos, una mujer curtida por la vida, madre de tres, con más decisiones encima que tiempo para arrepentirse. Que con intervenciones médicas, logró ocultar el cansancio de quien ha vivido demasiado en poco tiempo y a su vez, logró feminizar un poco más su rudeza.
Pero algo en ese crío — tal vez su descaro — quizás su lengua afilada, o esa mirada arrogante de quien nunca ha perdido nada— la enganchó. La hizo caer o ella lo tumbo a él… Y como ocurre con los enredos que nacen de la urgencia y no del juicio, terminaron viviendo juntos. A su pesar, juntos.                    
Vivieron juntos, jugando a la casita, a las responsabilidades, al mundo real. Engañándose, creyéndose un equipo. O eso decía él. Creyendo que nadie sabía, siendo un secreto a voces.  Ella lo llamaba “esa temporada estúpida de mi vida”. Él, en cambio, la gritaba a medio pasillo: “la gocé, fue mía, se volvió loca por mí”. Nadie le creía del todo, pero él seguía como quien repite una mentira hasta que se vuelve leyenda urbana.


El problema fue que Sael no sabía amar sin poseer. Celoso, controlador, se convirtió en una sombra oscura. Y claro, cuando el amor se convierte en jaula, hasta el cariño más ciego se va.

Donde él creía haber encontrado amor, aceptación y apoyo, había puro control y humillación.  Donde ella buscaba compañía, encontró drama y un espejo donde solo se reflejaba su error.

La relación, como era de esperarse, explotó. Miranda lo echó de su vida. Sael, en un arrebato de orgullo malherido, renunció. Lo cierto es que Miranda lo botó. Hay versiones encontradas, lo único cierto (a la luz de todos) terminaron ambas relaciones. Todos aplaudieron por dentro.

Por un tiempo hubo paz. La oficina respiró. Pero la paz duró poco. La agencia empezó a tambalear. Hasta que un contrato importante comenzó a perderse, y y justo cuando el barco se inclinaba, como cucaracha cuando se enciende la luz, Sael volvió.

Como si nada. Como si no hubiera arrasado con todo antes. No por amor, no por humildad. Volvió por oportunidad. Porque siempre supo meter el pie en la puerta antes de que se cerrara del todo. Miranda, entre presión y pragmatismo, permitió su regreso. “Solo por el bien del contrato”, murmuró. Pero sus ojos decían otra cosa: cansancio, resignación, hartazgo… o miedo.

Miranda, con un nudo en la garganta y la presión en los hombros, lo dejó entrar otra vez. “Solo por el contrato”, se repitió. Pero todos supieron que ese “solo” pesaba demasiado.

Desde entonces, Sael volvió a desfilar por los pasillos. Caminando como si el suelo fuera su alfombra personal. Volvió a ser el gallito del corral. Presumía historias como si fueran medallas ganadas con esfuerzo: “que ahora tenía otras mejores”. Mentía. Cada palabra que soltaba olía a desesperación. Presumía de hazañas sexuales como quien muestra medallas, hablaba de mujeres como si fueran trofeos de una guerra que solo existía en su cabeza. Mentía. Todo el tiempo. Y todos lo sabían.

Pero el tiempo tiene un talento perfecto para poner a cada quien en su sitio.

La oficina seguía funcionando, claro. El café seguía sabiendo a rutina, y los pasillos, ahora más que nunca, olían a mentiras mal contadas y a secretos mal enterrados.

Donde antes había poder, ahora hay rutina. Donde antes había control, ahora hay turnos largos y noches frías.

El gallito de ayer hoy canta desde lejos, en un rincón olvidado del edificio, con un uniforme que ya no impresiona a nadie. La autoridad que tuvo se le escurrió entre los dedos, como el respeto que alguna vez creyó tener.

Y aunque sigue hablando —porque no sabe hacer otra cosa— su voz suena más hueca, más cansada, más a nada. Como una historia mal contada, que ya nadie quiere escuchar.

Sus cuentos son cada vez más ridículos. Y mientras más habla, más solo se queda. Es un eco ante un valle desolado sin paredes.  Porque hasta las leyendas, cuando se repiten demasiado, pierden su magia y muestran la miseria que esconden.

Miranda y Sael saben su cuento. Lo que no saben es cuando parar.

Esta historia continuará 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Bienvenid@s.... sin tapujos.... este es mi mundo

La lógica me indica —y de esta no tengo mucha— que debo partir presentándome, y como segundo acto socialmente obligado, explicar las motivaciones reales del porqué del nacimiento de este blog.

Inicialmente, solo diré que soy una mujer en todo el amplio sentido de la palabra, asumiendo todo el alcance y las consecuencias (buenas y malas) que conlleva nacer siendo ese ser inescrutable: mujer.

Soy mujer, pero a destiempo. Nacida fuera de mi época, adelantada a la misma, pero agradecida con la vida —o con un Poder Superior (llámese Dios o como prefiera)— de no haber nacido en tiempos de la Inquisición o la Revolución Francesa, ya que con suma seguridad me habría metido en muchos problemas con nefastos finales por mi peculiar, casi cruel y desinhibida manera de expresar mis pensamientos, sensaciones y sentimientos.

Expreso todo a flor de piel, sin filtros entre la mente, el corazón y la vagina; sin medidas y, a mi propio pesar... pero con satisfacción. Aún hoy día esto me trae consecuencias... algunas buenas, otras ya se verán.

Repito: soy una mujer. Voluptuosa, apasionada, transparente... algo redundante, terca y previsiblemente impredecible. Con la complicidad y licencia que me otorgan mi edad y mi trastorno de personalidad, que en todo momento —y a mi pesar— me llevan a exteriorizar tangentes y a encontrarle la quinta pata al gato, dependiendo de mi estado de ánimo, siempre oscilante, a veces depravado...

Me encuentro llena de contrastes, totalmente dicotómica, viviendo dentro y fuera de mí, haciendo de mi vida un paraíso por momentos, y sí, para variar, también un infierno...

¿Hablé ya de la edad? Sin tapujos ni trucos, desbocada como soy: ser de 44 años, 2 meses y 20 días. Y el tiempo sigue corriendo, sumando experiencias impensadas, ocultas (no por miedo, sino por consideración), acumulando recuerdos, restándonos vida...

Panameña porque me tocó, así lo quiso mi madre, pero chiricana por convicción. Con sangre colombiana (que en estos tiempos xenofóbicos que vive mi país hasta temor me da reconocer en mí semejantes genes).


Con estudios universitarios por imposición social y por tener la capacidad. Pero si me preguntasen cuál es mi sueño infantil no realizado, salta a la vista, haciéndose ya a estas alturas evidente: escribir.

Escribir de mí, de ti, de ambos; de lo vivido, lo soñado, lo deseado o lo inventado. Pero en un país como el nuestro, tan pequeño, resulta atrevido, subversivo, peligroso y riesgosamente ofensivo plasmar vivencias —inventadas o no— que pudiesen, sin ser mi verdadera intención, salpicar conciencias susceptibles de ver expuestos sus propios engaños.

Escribo y caigo mal. Lo expuesto no siempre es bien visto, mucho menos bien digerido. Muchos se verán reflejados en mis escritos (aquí se les llama “posts”... ténganme paciencia, soy nueva en esto), aun cuando en pocos, de manera concreta, realmente pienso.

Al escribir siento que me elevo, que me libero de cadenas ancestrales negativas que me mantienen atada y oculta —por razones que desconozco— de mi propio ser, de mi verdadero yo...

Esto de la escritura se me dio desde los cuatro años, fecha en que escribí mi primer poema —sin métrica alguna— a mi madre. Poema pusilánime y fatuo, pero cargado, como todo lo que hago, de extrema emoción.

Lamentablemente —y escribo lamentablemente porque fue una real pérdida de tiempo— la vida me llevó por otros caminos, muchas veces por sendas de desazón, que me mantuvieron ocupada en otros, abstraída de mí misma, distraída por el entorno. Pero creo que ya es hora de salir de mi letargo.

¿Que de qué se trata esto? ¿De exponerme? No. De plasmar mi trayectoria, la tuya y la nuestra. Sí.

Tengo el don (realmente no lo es… es algo mucho más complejo) de ver fuera de mí, como si no existiese, sin reconocerme a mí misma. De esto se trata: de desnudar mi alma… dejando tapado un poco el torso, a riesgo de adquirir mala fama o un resfrío social...


El plan inicial es escribir, y mucho. Lo haré porque me nace, no por sus reacciones, elogios o espaldarazos. Mi intención no intencionada es remover el polvo de algunos esqueletos guardados en armarios bien conocidos por mí; es generar polémica, estremecer conciencias —la propia y las ajenas— y como consecuencia obvia (inevitablemente sucederá), descubrir en ti y en mí nuestras propias dobles moralidades...

Dependo de mis ganas. Lo que busco es aplacar esa ansiedad en mis dedos por verme plasmada en letras... Mi intención no es que ustedes me posean...


Esto es como la autosatisfacción, en la cual quedo conforme conmigo misma, a pesar de la sorpresa o desaprobación disimulada del fisgón... no invitado, pero que se quedó para ver...

Este, mi humilde espacio, es también tuyo. No temas aventurarte en él. Puedes entrar, mirar, opinar, estás invitad@... No te asombres si te ves en mis historias. Solo no te delates, que yo prometo que no lo haré...