escondidos, trabajaba un muchacho que se creía leyenda. Veinticuatro a veintisiete años, lo cierto un “cara de niño” con ego de emperador, de conquistador. Que luce brillante, inteligente y seguro de si mismo... Que luce. En lo exterior… Se llamaba Sael. O al menos así le decían, porque lo suyo era vivir de la imagen, no del contenido. En la oficina y pasillos lo conocían como “gallito” más por sus cuentos que por su trabajo.
Sael no
tardó en dejar de ser un simple vigilante de seguridad. Pronto se coló en la
vida de Miranda, una de las jefas de la agencia de seguridad. El, como mero juego y màs por ego que por otra cosa. Por sumar una màs a su fantasiosa lista de conquistas. Miranda tenía más
de treinta y tantos, una mujer curtida por la vida, madre de tres, con más
decisiones encima que tiempo para arrepentirse. Que con intervenciones médicas,
logró ocultar el cansancio de quien ha vivido demasiado en poco tiempo y a su
vez, logró feminizar un poco más su rudeza. Pero
algo en ese crío — tal vez su descaro — quizás su lengua afilada, o esa mirada
arrogante de quien nunca ha perdido nada— la enganchó. La hizo caer o ella lo
tumbo a él… Y como ocurre con los enredos que nacen de la urgencia y no del
juicio, terminaron viviendo juntos. A su pesar, juntos. Vivieron juntos, jugando a la casita, a las responsabilidades, al mundo real. Engañándose, creyéndose un equipo. O eso decía él. Creyendo que nadie sabía, siendo un secreto a voces. Ella lo llamaba “esa temporada estúpida de mi vida”. Él, en cambio, la gritaba a medio pasillo: “la gocé, fue mía, se volvió loca por mí”. Nadie le creía del todo, pero él seguía como quien repite una mentira hasta que se vuelve leyenda urbana.
El
problema fue que Sael no sabía amar sin poseer. Celoso, controlador, se
convirtió en una sombra oscura. Y claro, cuando el amor se convierte en jaula,
hasta el cariño más ciego se va.
La
relación, como era de esperarse, explotó. Miranda lo echó de su vida. Sael, en
un arrebato de orgullo malherido, renunció. Lo cierto es que Miranda lo botó.
Hay versiones encontradas, lo único cierto (a la luz de todos) terminaron ambas
relaciones. Todos aplaudieron por dentro.
Por un
tiempo hubo paz. La oficina respiró. Pero la paz duró poco. La agencia empezó a
tambalear. Hasta que un contrato importante comenzó a perderse, y y justo
cuando el barco se inclinaba, como cucaracha cuando se enciende la luz, Sael
volvió.
Como si nada. Como si no hubiera arrasado con todo antes. No por amor,
no por humildad. Volvió por oportunidad. Porque siempre supo meter el pie en la
puerta antes de que se cerrara del todo. Miranda, entre presión y pragmatismo,
permitió su regreso. “Solo por el bien del contrato”, murmuró. Pero sus ojos
decían otra cosa: cansancio, resignación, hartazgo… o miedo.
Miranda,
con un nudo en la garganta y la presión en los hombros, lo dejó entrar otra
vez. “Solo por el contrato”, se repitió. Pero todos supieron que ese “solo”
pesaba demasiado.
Pero el
tiempo tiene un talento perfecto para poner a cada quien en su sitio.
La
oficina seguía funcionando, claro. El café seguía sabiendo a rutina, y los
pasillos, ahora más que nunca, olían a mentiras mal contadas y a secretos mal
enterrados.
Donde
antes había poder, ahora hay rutina. Donde antes había control, ahora hay
turnos largos y noches frías.
Y aunque
sigue hablando —porque no sabe hacer otra cosa— su voz suena más hueca, más
cansada, más a nada. Como una historia mal contada, que ya nadie quiere
escuchar.
Sus cuentos
son cada vez más ridículos. Y mientras más habla, más solo se queda. Es un eco
ante un valle desolado sin paredes. Porque hasta las leyendas, cuando se repiten
demasiado, pierden su magia y muestran la miseria que esconden.
Miranda y
Sael saben su cuento. Lo que no saben es cuando parar.
Esta historia continuará





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