jueves, 15 de mayo de 2025

"El que merodea frente a una madre"

 No recuerdo en qué noche lo vi por primera vez. Pero desde entonces, no ha dejado de volver.

Siempre después de las ocho y antes de medianoche, como si tuviera un reloj clavado en la carne.
Siempre caminando presuroso, luego lento, con esa gorra absurda clavada a la altura de sus ojos, como
si eso bastara para esconder su intención.
Y siempre, siempre, con la mirada puesta en mi casa.
No en la casa.
En ella.

La primera vez creí que era un muchacho cualquiera. Alto, delgado, blanco, de buen ver, como los que se crían sin hambre. Barba recortada al milímetro, como si no pudiera soportar ni un pelo fuera de lugar. Pero no era eso lo que me hizo detenerme. Fue la forma en que se giró. No el cuerpo: solo la cabeza, con un movimiento medido, como el de alguien que estudia el terreno, quien busca lo que no es suyo pero lo cree propio. No miró como quien ve. Miró como quien escoge.

Desde entonces, su figura empezó a colarse en mi vida como una sombra sin dueño.
Lo veía desde la cocina. Desde la ventana de la sala, la terraza y el parking.  Reflejado en el vidrio del 
televisor apagado.
Daba vueltas, con apuro, sin apuro, con una calma que me insultaba.


Mi hija, al principio, no lo notó. Luego, sí. Pero lo dijo como quien comenta una nube:
—Ese tipo siempre pasa por acá, ¿no?

Yo no dormía bien desde hacía semanas.
Y entonces lo supe.
Nadie repite un trayecto sin una razón. Nadie merodea sin deseo. Nadie observa tanto sin un objetivo. Esto no es inocente, casual ni sin intención.

Él la quiere.
Y no como se quiere a una persona. La quiere como se quiere un objeto. Una presa.
La quiere para él.
Y si tiene que romperla para eso, no le va a temblar la mano.

Las noches se llenaron de preguntas. ¿Qué hacer? ¿A quién se le dice que hay un lobo caminando con cara de hombre?
La policía no arresta miradas. No detiene pasos lentos.
No castiga las intenciones.

Y entonces, algo empezó a nacer en mí. Algo que no era miedo.
Era más denso. Más oscuro.
El deseo de que desaparezca.
El deseo de que no vuelva.
El deseo, crudo, de que muera.

Lo hablé con mi esposo.

Una noche, después de que volvió de trabajar, le conté. Le dije que ese tipo no solo pasaba, que miraba demasiado, que no era normal, que algo iba a pasar. Le conté de la forma en que se detenía frente a la reja, como si contara los pasos hasta la puerta. Le hablé del miedo. De cómo mi hija ya ni quería sentarse cerca de la ventana. Le hablé con la voz seca, porque si hablaba con llanto, iba a pensar que era exageración.


—Estás viendo cosas, ha de ser un caminante o vicioso. Tal vez un fisgón —me dijo.
Y siguió mirando la televisión.
Yo también lo miré a él, pero no con rabia. Con lástima. Porque me di cuenta de algo brutal:
lo que sea que se haga, he de hacerlo yo.

Después lo hablé con los vecinos.
La señora de la casa de al lado me dijo que sí, que lo había visto, pero “capaz es alguien que vive cerca nomás, no todos los jóvenes son delincuentes”.
El del frente se encogió de hombros.
Una sola mujer —la de la esquina— me miró con los ojos bien abiertos y me dijo:
—sigue muy atenta. No bajes la guardia, toma registro. A veces las madres sentimos lo que los demás no quieren ver.

Esa noche, decidí que no podía quedarme esperando.
Porque ya no era solo que me miraba a mí o a mi hija.
Era que ya no le importaba ser visto.


Y eso es lo más peligroso: cuando el lobo deja de ocultarse.
Cuando empieza a caminar en dos patas a la luz del poste, sin vergüenza.


No me enorgullece lo que hice.
Pero fui a buscar a alguien que conocía desde hacía mucho. Un hombre al que mi madre no quería que me acercara cuando era más joven. De esos que saben moverse en la sombra, que no preguntan mucho. Le conté. Todo. Le dije quién, cómo, a qué hora.
Él me escuchó sin interrumpir, con los ojos clavados en los míos.
Cuando terminé, se quedó callado unos segundos.
Después, solo dijo:
—¿Quieres que lo asuste o que no vuelva nunca más?

No contesté.
Solo lo miré.
Y me miró.
Y en ese silencio mutuo, se selló algo.
Un pacto. O un abismo.
No lo sé. Solo que no hay retorno dentro de ese silencio.

Esa noche dormí por primera vez sin sobresaltos.


Y al día siguiente, ya no lo vi.
Ni el otro.
Ni el otro.
Ni nunca más.


No sé si fue mi amigo.
No sé si fue el hastió  que se pudrió en la cabeza de ese tipo.
No sé si fui yo, si de alguna forma... yo lo hice. Rezando o en sueños o…
A veces me despierto en mitad de la noche y creo ver su silueta en la esquina. Pero parpadeo y ya no está.
Mi hija volvió a reír sin mirar atrás.
Yo sigo sin abrir la cortina del todo.

Porque el miedo… el verdadero miedo… no desaparece.
Solo cambia de forma.


Un año después


El verano trajo lluvias inesperadas y, con ellas, una limpieza que parecía prometer renacimiento. Pintamos la fachada, cambiamos las cortinas, pusimos plantas nuevas en la terraza. Todo huele distinto. Todo se ve más claro.

Pero yo... yo no soy la misma.

Mi hija ahora sale sin miedo. No tanto como antes, pero con esa ligereza que se tiene a los veinte años cuando todavía se cree que el mal se puede evitar con buena vibra y luz solar.


Yo la dejo.
La dejo ir.
Pero no dejo de mirar.
Ni de esperar.

A veces, al anochecer, cuando todo se pone azul y las casas se llenan de luces cálidas, me siento en la silla del comedor y tomo un café  que no necesito.
Entonces lo sueño.
No con su cara, que ya se me ha borrado.
Lo sueño como sombra detrás del vidrio. 
Y en el sueño, él no habla. Solo mira. Como siempre.
Pero esta vez, soy yo la que no se mueve. Soy yo la que lo deja mirar. Soy yo quien lo mira de frente y su rostro no tiene ojos. No hay una mirada acechante. No hay nada.
Nada...
Porque sé que no va a entrar.
No puede.

Hace unas semanas, encontré algo.
Una gorra. Vieja, sucia, aplastada entre los matorrales cerca de la esquina.
La reconocí. Era la suya.
O una igual. La
 guardé.

No sé por qué.
A veces la saco del armario y la miro. La toco. La huelo. La piso. La tiro y la vuelvo a guardar.
Y no sé si me tranquiliza o me recuerda lo que soy capaz de hacer.

Y me enorgullezco. Es mi trofeo. A falta de cuerpo... a falta de pruebas...  a falta de convenientes recuerdos. Yo, ¡y mi poca memoria!

Y entonces me digo:

Quizás nunca se fue.
Quizás vive en otro lado ahora.
Quizás estoy más a salvo, o quizás solo me acostumbré al miedo.

Pero al menos, por ahora,

mi hija duerme tranquila.
Y yo… también.

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