Hay incendios que no se apagan,
solo aprenden a arder en silencio.
Caminos que nadie transita,
pero cuyas huellas siguen frescas
en la piel del recuerdo.
Una línea invisible
divide lo que juro de lo que callo,
el anhelo que arde en sombras
de la vida construida
a plena luz del día.
Una grieta
entre la fidelidad y el vértigo,
un hilo tan fino como el aliento
que se tensa
cuando el deseo despierta
con voz conocida.
No lo nombro.
No es preciso.
No hace falta.
Basta el temblor que se instala
cuando su sombra roza
el borde de mi día.
Lo prohibido no grita.
Susurra.
Lo mío contigo
no fue amor.
Fue hambre.
Sed antigua
que la piel no olvida,
aunque el alma le pida tregua.
Me asusta la cercanía,
porque conozco el idioma
en que tus ojos me hablan.
Y temo que, si me rozas,
la jaula se vuelva humo
y yo, alas.
Temo verte,
porque mi cuerpo recuerda
lo que mi mente niega,
y mis pasos titubean
al borde de lo que no debo.
tiemblo ante el susurro de lo que fui contigo.
Eres un abismo
disfrazado de pasado,
una llama
que nunca se extinguió del todo.
Y yo —atada a la calma
de un “para siempre” que elegí—
Estoy vestida
de un amor real,
construido, sereno.
Y aun así, hay una parte de mí
—mínima, rebelde, callada—
que todavía tiembla al pensarte.
mujer de costumbres, de apatías,
de rutinas, cansancio y quietudes,
me descubro al filo,
mirando de reojo
esa vieja pendiente
que aún sabe mi nombre.
No debería.
No quiero.
Pero hay noches
en que me pregunto
cómo se puede desear tanto
lo que no se debe,
y seguir respirando.
No quiero ceder.
Pero a veces…
esa línea delgada,
ese vértigo antiguo,
esa fiebre callada,
se parece tanto al vuelo.
A esa pendiente conocida
en la cual quiero caer.
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