sábado, 27 de diciembre de 2025

Si muriese hoy.


Si muriese hoy,
estoy plenamente preparada para la noticia.

La espero
desde hace muchos años atrás.

La vi venir
cuando yo era microscópica,
cuando avanzaba hacia mí
con ojos de furia y fuego,
cuando su boca
solo sabía escupir propano.


Siempre fantaseé con este momento:
una llamada,
una visita,
una frase breve:
Ha muerto, lo siento.

¿Lo sientes tú?
¿O por qué habría de sentirlo yo?

Fue una persona,
o más bien un personaje,
experto en hacerme habitar
toda la gama de emociones torcidas:
ansiedad,
nerviosismo,
incertidumbre,
miedo,
asco,
dolor.

Un paraíso inexistente
sumergido en el infierno.

¿Qué consecuencias tendré cuando muera?
No lo sé.
Habrá tiempo para adivinarlo.
Lo único cierto
es que no debo morir yo primero,
porque mis letras
descubrirán el horror
hoy escondido en ellas.


Mi gaveta.
Sí.
La primera de la izquierda.
Merece ser publicada,
por talento
y por venganza.

En mis escritos no se salva nadie,
menos aún los adultos
que debieron cuidarme.


Se acaba el año
y todavía por ahí anda:
prepotente,
altivo,
seguro.

Como si aquí no hubiera pasado nada.

Arrastrando su cola larga
de vidas destrozadas,
tarareando cuentos de maldad,
dejando familias rotas
y corazones sangrantes.

Por ahí anda,
ajeno a todo,
o al menos eso aparenta.



Pero cuando llegue ese momento —
la llamada,
la visita—
anunciando que todo terminó,
yo tendré listo
mi traje de colores.

Porque será día de fiesta
y nadie me impedirá
que a todo pulmón
cante El Manisero
de Antonio Machín.

Será reivindicación.
Será triunfo.
Será la prueba
de que sobreviví.

Y si no sobrevivo,
abran la gaveta.
La primera de la izquierda.


Les aseguro
que ese mismo día
caerá el inmortal
que dañó tantas vidas a su paso:

último bastión de victoria
de una niña
a la que le impidieron defenderse
desde el primer día
en que nació.

        

No hay comentarios:

Publicar un comentario