El tablero está frío.
Hiela, no por la noche,
sino por lo que ya no arde.
Las piezas se miran sin deseo,
nadie arriesga el cuerpo,
nadie avanza.
No hay jaque,
no hay final,
solo esta tregua interminable
donde no se gana
y tampoco se huye.
Antes fue incendio.
Ahora, cuentas pendientes,
silencios que pesan
como deudas heredadas.
se pide en voz baja,
se ofrece como limosna
lo que antes era entrega.
Espero el ataque
que prometiste sin decirlo.
Espero caer.
Pero sigo respirando,
honda, exacta,
esta vida que no se va
y tampoco se queda.
sin arrugas visibles.
Una obra sostenida a pulso,
aplaudida desde afuera,
ensayada hasta el cansancio.
Las jugadas pasan
sin tocarse.
Sin vítores ni estocadas.
Las miradas aprenden a
esquivarse.
—dicho como costumbre—
no promete regreso:
solo prolonga el lamento.
No es despedida
No es promesa.
Solo repite
la costumbre de quedarse.