martes, 10 de marzo de 2026

EL POLLO CRUDO

 La cocina respiraba vapor.

Una mujer movía lentamente una cuchara de madera dentro de una gran olla azul. 

El pollo crudo esperaba su fatídico turno sobre la tabla. Impávido, pálido, silencioso.

 Afuera de la cocina, la casa vivía otras vidas.

Desde la sala llegaban estallidos de risa: el marido conversaba con su vieja amiga, la televisión.


En el cuarto del fondo, la hija menor habitaba un mundo repleto de luces azules y nombres sin rostro. 

A ellos les regalaba sus pensamientos, sus historias pequeñas, sus alegrías mínimas y sus grandes secretos. 

Confesiones que jamás cruzaban el pasillo de menos de diez metros que la separaban de su madre.

La mayor, detrás de otra puerta cerrada, viajaba por horas sin moverse. Deslizaba el dedo una y otra vez por paisajes lejanos de otros: ciudades brillantes, cuerpos felices, sonrisas de vidas perfectas cuidadosamente filtradas. Aprendía a desear lo que veía, lo que creía le hace falta.

La casa era grande. Hermosa. 

Llena de puertas. 

Y sin embargo, en la cocina, el tiempo parecía espesarse como una sopa olvidada al fuego.  

La mujer secó el sudor de su frente con el dorso de la mano. 

Miró hacia la sala. Luego hacia el pasillo. 

Nadie venía. Nadie preguntaba. Nadie olía el cansancio que flotaba en el aire junto al aroma del ajo y la cebolla.

Mira en silencio el marco de la ventana de la cocina y sintió como si el mundo exterior la mirase a ella, cual ratón de laboratorio.

Empequeñecida, miserable, ausente... 

y predecible.

Según sus cálculos, pronto bajarían.

Se sentarían.

Comerían rápido.


Los dedos sostendrían teléfonos.

Las bocas masticarían sin memoria y sin ningún ánimo o interés en conectar con ella.

 


El día terminaría como siempre: con platos vacíos y sucios en la mesa. 


Platos que ella debía recoger y lavar.


El día, como siempre, terminaría con palabras que nunca nacieron de remitentes ausentes.

 

La mujer tomó el cuchillo.

No con rabia. No con tristeza. 

Con una calma antigua, aprendida, rutinaria. 

Cortó el pollo lentamente, como quien abre una carta que sabe de memoria.

Lo puso en la olla, lo cubrió con agua, con sal, con fuego. A fuego lento.

 

Luego, mira en silencio hacia la ventana y sintió que afuera había una vida que desconocía.

Apaga la estufa.

Se quitó el delantal.

Lo dobla con cuidado sobre la mesa.  Con una calma antigua, aprendida, rutinaria.

 

Y salió de la cocina, con su única compañía: la olla. 

Nadie lo notó.

Aun viéndola, nadie la hubiese notado.

Posee el arte de mimetizarse entre las paredes de la sala.

Una estructura más. 

 


En la sala

siguieron las risas.

En los cuartos

titilantes las pantallas.

En la casa,

el aniquilamiento de la cercanía.


En la mesa, seguía la olla.


Horas después, cuando el hambre arreciaba, la encontraron fría.

Dentro, el pollo.

Único testigo de la salida silenciosa de una vida cotidiana que pesa y enferma.  

Nadie lo notó.

El pollo seguía crudo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario