Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de octubre de 2026

HA DE SER BONITO SENTIR. Reflexiones de una soledad que también siente


La voz de aquel joven
me estremeció hasta los huesos.

Me dio escalofríos 

y un poco de vergüenza

... y aún resuena en mi mente consciente,

como un eco que se niega a morir,

como una pregunta que no me atrevo a responder(me).


Ha de ser bonito sentir.  

Sentir preocupación,
incertidumbre,
miedo…
esa angustia que aprieta el pecho
cuando no sabes dónde está el otro,
si está bien,
si está a salvo,
si alguien lo cuida,
si la vida le ha permitido llegar
sano y salvo al final del día.


Ha de ser bonito ser Él.
Tener a alguien metido en el alma
de tal manera
que su ausencia inquiete,
que su silencio alarme,
que su dolor duela
como si fuera propio.

Sentir ansiedad por amor.
Llorar por miedo a perder.
Temblar ante la posibilidad
de que algo le ocurra
a quien habita tus pensamientos.

Y no llorar de rabia,
ni de odio,
ni de impotencia ante la vida,
sino llorar por AMOR.



    Por ese amor que desborda,
que no cabe en el pecho,
que se convierte en lágrimas sin aviso
cuando las palabras no alcanzan la calma.


Ha de ser bonito saberse prioridad. 

Saber que existes
en la mente de alguien
aun cuando no estás presente.
Que alguien interrumpe su día
para preguntarse por ti.
Que alguien te busca,
te espera,
te necesita.

Te piensa, te imagina y te sueña.

Ha de ser hermoso
llenar la cabeza de recuerdos
que todavía no han sucedido;
imaginar abrazos,
conversaciones,
reencuentros,
momentos que aún no se han vivido
pero que el corazón
ya guarda como suyos.

Preocuparse por la seguridad de otro
como si protegerlo
fuera una necesidad del cuerpo,
un mandato del alma,
una urgencia que no admite demora.

Ha de ser bonito...ese sentimiento. 

... Como un remolino que te arrastra sin pedir permiso, como un oleaje feroz que rompe contra la orilla, como una ventisca voraz que desordena todo a su paso y aun así te hace sentir vivo.

Porque ha de ser bonito
sentir que te aman,
sí…

Pero sentir que amas…Debe ser otra cosa.

Debe sentirse el corazón
golpeando con fuerza las costillas,
las piernas queriendo correr
antes de que la razón dé la orden,
los brazos desesperados por cobijar,
por abrazar,
por proteger,
por socorrer y acariciar.

Debe ser descubrir
que la tranquilidad de otro
puede convertirse en tu propia paz,
y que su sufrimiento
puede hacer temblar tu mundo.

Ha de ser bonito ser aquel joven.

Sentir esa angustia hasta las lágrimas
por no saber de sus seres queridos.
Sentir que alguien importa tanto
que la sola posibilidad de perderlo
te deja sin aliento.

Y entonces me miro.

Y caigo en cuenta
de lo sola que estoy.

Sola conmigo.
        Sola para mí. 

Sola por mi.

No porque me falten familiares,
ni porque no haya quien me quiera.
No porque el amor
haya pasado de largo por mi puerta.

Sino porque no siento el apremio.
No me nace esa urgencia,
esa necesidad imperiosa
de acudir a alguien,
de buscar una voz,
de correr hacia un abrazo
como quien corre a ponerse a salvo.

Y me pregunto por qué.

Quizá me falla la memoria.
Quizá me vence la pereza.
Quizá me agobia el ruido del mundo,
las demandas de los otros,
el peso de estar disponible,
de responder,
de sostener,
de cumplir.
de estar.
de ser.

Quizá me he acostumbrado tanto
a resolver mi vida conmigo misma
que olvidé cómo se siente
necesitar a alguien.

O quizá,
sin darme cuenta,
he aprendido a vivir
sin esperar demasiado de nadie.

Y eso también es una forma de soledad:
no necesariamente la de quien no tiene a nadie,
sino la de quien no encuentra dentro de sí
el impulso de salir a buscarlo.

Y vuelvo a pensar en aquel joven. Muchas veces incomprendido o no escuchado, pero con una capacidad de dar amor inentendible. 

En su voz.
En su angustia.
En ese sentimiento  que le desbordaba el pecho
hasta hacerlo llorar.

Y siento una extraña envidia.
No de su miedo,
ni de su dolor,
sino de aquello que los provoca.

De tener a alguien
que importe de esa manera.

De sentir que el mundo
se te puede venir abajo
porque no sabes si los tuyos están bien.

De descubrir que llevas dentro
un amor tan grande
que hasta el miedo
se convierte en una prueba de su existencia.



Ha de ser bonito ser ese joven.

Me gustaría serlo.
Me gustaría sentir así,
escribir sin reservas,
ser sincero sin distancias,
No poseer esta calma pasmosa que a veces parece fortaleza
y otras veces valentía. 
Y otras veces se parece demasiado al vacío. 

y se siente como vacío. 

y me siento ante él y su sensibilidad, completamente vacía.



Me gustaría que alguien
me habitara de esa manera.
Y, sobre todo,
me gustaría habitar yo
el corazón de alguien
con esa intensidad.

Pero hay algo…

Algo que a él le sobra, que se nota
y que yo siento que me falta.

No sé si es la urgencia,
la entrega,
la capacidad de necesitar,
o esa forma inexplicable de amar
que hace que una persona
deje de ser solamente alguien
y se convierta en parte de ti.


No sé cómo se llama
eso que él lleva dentro
y que yo contemplo desde lejos.

Solo sé que, al escucharlo,
algo en mí se estremeció.

Y que, por un instante,
entre la admiración y la tristeza,
entre el deseo y la soledad,
me descubrí anhelando
no que alguien me amara…

Sino tener dentro de mí
esa capacidad inmensa
de amar a alguien
hasta que me duela.

viernes, 27 de marzo de 2026

ACTO DE AMOR

Aquella madrugada tortuosa no fue un final, fue un acto de amor en silencio.

La casa dormía. Y en ella sus inquilinas.

El aire estaba quieto, como si el mundo hubiera decidido no interrumpir.

Las niñas descansaban, envueltas en la inocencia de los sueños, ajenas al temblor que empezaba a recorrer el cuerpo de su madre.

Ella abrió los ojos y supo que algo no estaba bien.

No era el cansancio de otras veces, ni el eco conocido de los tratamientos.
Era distinto. Profundo. Inexplicable.

Se incorporó con cuidado, respirando como podía, sosteniéndose en su propia voluntad.
Y en medio de ese malestar que crecía, pensó en ellas. Como siempre: en ellas.

Caminó despacio. Cada paso era un esfuerzo, pero también una decisión.
Llegó hasta la puerta… y se detuvo.

Las miró desde lejos.

Allí estaban, dormidas, en paz. Risueñas e inocentes. Ajenas al malestar que la consumía a una velocidad antes desconocida para ella.

Pudo acercarse.
Pudo rozar sus mejillas.
Pudo darles ese último beso.

Pudo. Pero no lo hizo. Las imagino jugando en sus sueños...

No lo hizo. No porque no quisiera…
sino porque en su corazón aún vivía la esperanza de volver,
de regresar, de abrazarlas después, de darles todos los besos pendientes y un poco màs.

Y, al mismo tiempo, en lo más profundo, algo le susurraba que tal vez no sería así. Un frio le nublo aquella esperanza y ese presentimiento silencioso, eligió lo más grande: protegerlas.

No las despertó.
No llenó ese instante de angustia.
No dejó que el miedo tocara su descanso.

No deseaba que la viesen sin aliento, cansada y asustada.

- “Dios, ¿por qué me siento tan mal?”, se dijo para si susurrando, viéndose frente al espejo del baño. 

- “Que pálida y deshecha me veo. Dios. 

Repetía para sus adentros 

- ¿por qué me siento tan mal?”  No como una queja, sino como quien busca entender lo que el cuerpo ya sabía.

Y aun así, no se detuvo. 

Se alistó.
Se sostuvo.
Buscó ayuda.


Hasta en ese momento, cuando su cuerpo comenzaba a rendirse, su corazón seguía firme en un solo propósito: ellas.

Porque el amor de una madre no se mide en despedidas,
sino en todo lo que hace para que sus hijos no sufran.

Y así fue.

Mientras el tiempo avanzaba y su cuerpo luchaba una batalla invisible,
ella seguía cuidándolas… incluso desde la distancia, desde el dolor. Incluso desde la inconsciencia.

No hubo gritos.
No hubo despedidas que rompieran la noche.
Solo una decisión silenciosa, inmensa:

dejar ese beso en pausa…
guardado en la promesa de un después que deseaba,
aunque su alma, en un rincón callado, temiera no alcanzar.

Y aunque el mundo parezca decir que ese fue su último día, 

que presentía la muerte de forma consciente, 

que fue egoísta al no despedirse, 

que porque sintiéndose tan mal no corrió, 

que decidió irse … 

la verdad es otra.


Salió pensando en sus hijas

Lucho y protegió hasta el último momento
No se fue en abandono.

Ese día, esa madre hizo lo que hizo toda su vida:

Amar y cuidar… hasta el último latido de su corazón.

 


martes, 10 de marzo de 2026

EL POLLO CRUDO

 La cocina respiraba vapor.

Una mujer movía lentamente una cuchara de madera dentro de una gran olla azul. 

El pollo crudo esperaba su fatídico turno sobre la tabla. Impávido, pálido, silencioso. Paciente ante el ya eminente desenlace.

 Afuera de la cocina, la casa vivía otras vidas.

Desde la sala llegaban estallidos de risa: el marido conversaba con su vieja amiga, la televisión.


En el cuarto del fondo, la hija menor habitaba un mundo repleto de luces azules y nombres sin rostro. 

A ellos les regalaba sus pensamientos, sus historias pequeñas, sus alegrías mínimas y sus grandes secretos. 

Confesiones y confianza que jamás cruzaban el pasillo de menos de diez metros que la separaban de su madre.

La mayor, detrás de otra puerta cerrada, viajaba por horas sin moverse. Tumbada casi inerte, deslizaba el dedo una y otra vez por paisajes lejanos de otros seres: ciudades brillantes, cuerpos felices, sonrisas de vidas perfectas cuidadosamente filtradas. 

Aprendía a desear lo que veía, lo que creía injustamente le hacía  falta.

La casa era grande. Hermosa. 

Llena de puertas y un patio enorme. 

Y sin embargo, en la cocina, el tiempo parecía espesarse como una sopa olvidada al fuego.  

La mujer secó el sudor de su frente con el dorso de la mano. 

Miró hacia la sala. Luego hacia el pasillo. 

Nadie venía. Nadie preguntaba. Nadie olía el cansancio que flotaba en el aire junto al aroma del ajo y la cebolla.

Miró en silencio el marco blanco de la ventana de la cocina y sintió como si el mundo exterior la mirase, cual ratón de laboratorio.

Empequeñecida, miserable, ausente... 

y predecible, con pasos aprendidos en el tiempo.

Según sus cálculos, pronto bajarían.

Se sentarían.



Comerían rápido.

Los dedos sostendrían teléfonos.

Las bocas masticarían sin memoria y sin ningún ánimo o interés en conectar con ella.



El día terminaría como siempre: con platos vacíos y sucios en la mesa. 


Platos que ella debía recoger y lavar.


El día, como siempre...

con palabras vacías, sin eco.

Palabras que nunca nacieron de remitentes ausentes.

 

Había tenido suficiente. 

La mujer tomó el cuchillo.

No con rabia. Sin tristeza. 

Con una calma antigua, aprendida, rutinaria. 

Cortó el pollo lentamente, como quien abre una carta que sabe de memoria.

Lo puso en la olla, lo cubrió con agua y sal. A fuego lento.

 

Luego, miró en silencio hacia el fondo de la ventana y se perdió a lo lejos. 

Sintió que afuera había una vida que desconocía.

Apagó la estufa.

Se quitó el delantal y doblándolo con cuidado sobre la mesa, viajo en el tiempo. 

Dobló y viajó con una calma antigua, aprendida, rutinaria.

 

Salió de la cocina, con su única compañía: la olla. 

Nadie lo notó.

Aun viéndola, nadie la hubiese notado ya que posee el arte de mimetizarse entre las paredes de la sala.

Una estructura más. 

 


En la sala siguieron las risas en un baile frenético entre máquina y cuerpo esclavizado. 

En los cuartos,

titilantes las pantallas.

En la casa,

el aniquilamiento de la cercanía.


En la mesa, seguía la olla.


Horas después, cuando el hambre arreciaba, la encontraron fría.

Dentro, el pollo.

Único testigo de la salida silenciosa de una vida cotidiana que pesa y enferma.  

Nadie lo notó. 

Nadie la notó. 

... y si, el pollo seguía crudo.


viernes, 4 de julio de 2025

La carta que mi padre nunca me escribió.

Hija mía,

Nunca pensé que escribir estas palabras me fuera a resultar tan difícil. No por vergüenza —aunque la tengo— sino porque sé que durante años fui un hombre que destruyó en vez de construir y formar, que hirió cuando debía proteger, que calló cuando más necesitaba hablar. Y sobre todo que supo estar ausente, cuando se requería mi presencia.

Si estás leyendo esto, es porque ese daño que causé te sigue doliendo. Y quiero, aunque no borre nada, al menos mirarlo de frente por primera vez.

Te fallé. Le fallé a tu madre. Le fallé a tus hermanas. Le fallé a mi segunda esposa. Y también me fallé a mí mismo. ¡Y hoy día pese a tanta perdida, despedidas, vacíos, duelo y dolor, sigo haciendo lo que mejor se hacer, fallar!

Te fallé de la forma más profunda que puede hacerlo un padre: abusé de tu inocencia, te marqué el alma siendo apenas una niña, y luego lo negué. Como si al negar lo sucedido, desapareciera el horror. No desapareció. Vivió dentro tuyo, y yo me negué a reconocerlo. Lo he negado de modo infinito porque la realidad es demasiado horrenda para enfrentarla de frente. Fue mucho más fácil para mi tildarte de loca, mentirosa, dramática y exagerada. Y aun hoy día, tengo familiares y amistades que me creen y te siguen condenando de modo injusto, poniendo en tela de duda lo vivido y cuestionando tu reacción, no lo que yo provoque con mis actos.  

Golpeé a tu madre cuando lo único que ella merecía era respeto.

Traicioné su confianza, la humillé, y lo hice muchas veces. No por "estrés", ni por "problemas", ni porque ella “lo provocara” como cobardemente me convencí y justifiqué a través de mi discurso de odio ante quienes me quisieron escuchar. Lo hice porque tenía violencia dentro de mí, y nunca tuve el valor de enfrentarla. Ella no era mi enemigo. Y, sin embargo, la traté como si lo fuera.

Fui infiel, mentiroso, hiriente. Desleal y con una grandiosidad difícil de manejar. Critiqué, destruí, abandoné. No supe ser padre. Ni para ti ni para tu hermana… ni para tus otras hermanas que llegaron después. En vez de cuidarlas, las llené de miedo, de dudas, de palabras ásperas, de carencias emocionales que hoy pesan en cada una de ustedes. Y pese a tanto daño y daños, son mujeres de bien.


Tampoco fui justo con mi segunda familia. Les prometí un nuevo comienzo, pero llevé el mismo infierno a cuestas conmigo. Nunca les di seguridad, ni estabilidad, ni afecto real. Y lo peor: creí que bastaba con estar presente a medias, con esconder mis faltas, con justificar mi ira, con degradar a sus madres. No bastaba.

Y cuando todo colapsaba, siempre encontré una forma de culpar a los demás. A tu madre. A ti. A mis parejas. A la vida. Nunca tuve el valor de detenerme y decir: "soy yo el que está haciendo daño".

Y ahora, ya mayor, con la visita de la muerte al doblar las esquinas, me doy cuenta que he vivido una vida incompleta. Porque no hay éxito, ni edad, ni excusa ni logro que valga cuando un padre le falla a su hija como yo te fallé a ti y a tus hermanas.

No sé si merezco tu perdón. No sé si podrías dármelo algún día. Pero lo que sí sé es que tú y todas ustedes merecen escuchar esto:

Lo siento.
Perdón por lo que te hice cuando eras una niña indefensa.
Perdón por el miedo.
Perdón por la rabia que tuviste que cargar sola.
Perdón por los años en que te hice creer que estabas equivocada.
Perdón por romper algo que nunca debí tocar.
Perdón por dejarte sin respuestas, sin amor, sin padre. Con una familia fracturada, resentida y llena de mentiras que se convirtieron en distancia, indiferencia y frialdad.

Perdón a tu madre, por cada golpe, cada traición, cada grito, cada herida.
Perdón a ti, a cada una de tus hermanas, por haber vivido con un modelo de lo que nunca debió ser un hombre.
Y perdón a mi segunda esposa, que también vivió un infierno conmigo cuando solo buscaba alegría y ser amada.

Ojalá estas palabras fueran suficientes. No lo son. Pero son lo único sincero que puedo darte hoy.

Si algo te pido, no es que me perdones.

Es que no sigas cargando con la culpa que era mía. Que te liberes de mi sombra. Que te sepas digna, amada, fuerte. Que sepas que nada de lo que hice fue tu culpa. Nunca lo fue.

Y si un día sientes que esta carta te sirve para cerrar algo, úsala. Como quieras. Como puedas. Cuando quieras escuchar dentro de ti lo que  debí haberte dicho, desde la culpa que nunca asumí, desde el arrepentimiento que tantas veces te hizo falta.

Esta carta es para ti, para tu madre, para tus hermanas, para todas las niñas y mujeres que  lastimé. 


Me despido con vergüenza, con ese "perdóname" adeudado, con ese abrazo no dado  y sin poder levantar mi mirada ante ti, 

Tu padre.

jueves, 24 de abril de 2025

Lo que no hice contigo.


Dedicado a esa niña que sigue esperando, a la que hoy le he dado voz.
La que busca sentirse en casa.
la que añora también cobijo.                                    
La desterrada.                         
Estoy aquí, si quieres sigue.                                                            Entra.  
Si quieres escribe, canta, baila.                                                
Si quieres solo quédate en silencio.                                                Si quieres llora. Sueña.
Sea lo que sea… no estás sola.  
Nunca más lo estarás.

En mi mente atesoro los momentos en que, a la hora de salida del colegio, papá me esperaba en su flamante Oldsmobile de la época.
Corría a sus brazos como leona a su presa, y nunca erraba: me atrapaba en el aire, con destreza, maleta, lonchera y cuanto accesorio escolar cargara. Siempre me sentía su niña. Su niña y él, mi protector. 

Mientras bajaba el tráfico, nos sentábamos dentro del auto. Allí me esperaba un gran pedazo de pan dulce y un tercio de leche. No era comida sana, pero no importaba. Era nuestro momento costeado con veinticinco centavos. Tiempo de risas, confidencias y juegos antes de llegar a casa.

Mi mamá.
Siempre risueña, ansiosa por nuestra llegada, nos esperaba en planta baja, con su vestidito rosa y un estoico delantal blanco ceñido a su diminuta cintura. Impecable, a pesar de cocinar manjares todos los días, tres veces al día, sin detenerse ni quejarse.


Apenas entrábamos, se turnaban para llenarme de besos. Querían saberlo todo. Y yo, entre risas, volvía a contar mis aventuras del día, sin que ella supiera que papá ya conocía cada detalle. Era muy celosa, así que no le decíamos que llegaba tarde al cuento.

El olor a almuerzo calientito nos guiaba hasta la mesa. Sentarnos, tomarnos de las manos y rezar era un ritual infaltable.

Recuerdo las manos tersas y pequeñas de mamá. Cosía para amigos, vecinos y familiares, pero no tenía un solo pinchazo. Sus manos eran de seda, con uñas cortas y pulidas, siempre en rosa pálido: su color permanente, como su amor por nosotros.

Con una mano acariciaba mi cabello, con la otra jugaba con los rizos de papá, contándole las canas prematuras como si leyera un poema. El almuerzo duraba horas. Comíamos entre risas, juegos y charlas que hacían del comedor nuestro pequeño mundo feliz.

Con el vientre hinchado como sapo de río —de tanto comer, beber y reír— llegaba la hora del cuento.

En el jardín del patio trasero, teníamos una hamaca enorme donde cabíamos los tres. Yo, al centro, escuchaba a papá leerme cuentos inventados desde un libro con páginas en blanco.

Decía que las letras eran invisibles, pero que él podía leerlas porque tenía ese superpoder. Yo fingía creerle. Él fingía que no lo notaba. Amor mutuo, disfrazado de juego.

Después venía la hora de estudio. Mamá me tenía todo listo en el cuarto:


libros revisados, tareas señaladas, lecciones subrayadas. Una hora y media exacta.
—“A la escuela no se va a memorizar. Analiza, Elena. Quédate con lo que tu lógica entienda”, decía papá.

Mientras estudiaba, ellos comían postre, conversaban, leían el periódico o se daban besos. Lo sé, porque un día terminé antes y los vi. Se trataban como novios de escuela.

La última media hora, entraban con sus interrogatorios. Me evaluaban con juegos, con preguntas, con humor.

Al caer la noche, jugábamos Monopolio, ajedrez o “cuenta-palabras”. Tambien bailábamos papá y yo. Mamá tomaba fotos.

En casa se veía poca televisión.
—“Mata las neuronas si se ve demasiado”, decía mamá.
—“Puedes verla, pero no pongas novelas”, replicaba papá. Era lo único en que no se ponían de acuerdo.

Después de la cena, me alistaba para dormir. Mi cuarto olía a sábanas recién lavadas, a nuevo, a amor. Mamá me cubría con edredones gruesos —soy friolenta— y juntos rezábamos los tres, tomados de la mano.

Casi nunca soñaba.
No hacía falta.
Mi realidad era mejor que cualquier sueño.


Pues bien, heme aquí, con casi 55 años, y un equipaje lleno de historias que nunca sucedieron. Y aun así, las extraño.


¿Se puede extrañar lo que no fue?
Sí. Y mucho.

Porque en el fondo, esa casa de paredes imaginarias me sostuvo más que la real.

El tiempo es un rufián. Presuroso y despiadado, se burla de los recuerdos que atesoro, que no son más que fantasías fugaces. Como esa estrella que cruza el cielo y, al verla, cruzas los dedos… y nada sucede.

Con el tiempo, entiendes que a veces te cumple lo contrario de lo que pediste.

Heme aquí, esperando un milagro. Repasando todos los escenarios vividos, creyendo que puedo desandar los pasos, plagiar la memoria y alterar los hechos. 

Pensando que con un pestañeo puedo enderezar los surcos escabrosos del pasado.

Aún conservo esa terquedad infantil que cree que, por la fuerza de mi interior, todo podría ser distinto.


Vana ilusión.

Estéril decepción.
Ingrato rebecueco mental.

Sigo esperando ver un álbum lleno de fotografías inexistentes. Fotos con caricias nunca dadas, historias jamás contadas, ojos dilatados de orgullo y amor. Fotos sin espaldas infinitas, sin labios fruncidos, sin miradas duras luego del golpe.

Aquí permanezco, en ese limbo entre lo que fue y lo que con el alma rogué que fuera.

Y no es fe. Ni esperanza.

Es un duelo en cámara lenta. Es negarse a soltar la historia que no fue. ¿O sí fue, y los otros la vivieron distinta?

Soy una niña que, ya mujer, sigue esperando repetir aquello que nunca vivió.

Sigo esperando, como mujer de marinero, que las aguas bajen y su barco llegue al muelle.


No al de San Blas. 

Al mío.

A ese pequeño puerto de mi alma donde el amor —aunque inventado—
nunca naufragó.

Porque hay historias que no suceden... y, sin embargo, nos salvan igual.

miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.