No mudamos de piel. Solo la curtimos.
No soltamos. Tendemos la red ante la mirada esquiva y soslayante de terceros.
Y nadie.
Nadie se atreve a preguntar quien.
Y nadie.
Nadie osa nombrarlo.
Aunque jugamos sin red. O...
¿acaso tendemos la red ante la mirada esquiva de terceros soslayantes?
Ellos no saben qué ley quebrantamos, ni si alguna vez existió la ley. Ni si es verdadero o eterno. Fútil o falso.
Nuestra carga no pesa, no cansa, no espanta.
Solo duele. Y da alegría. Y a veces, distancia. Otrora cercanía.
Las ganas nos moldea. Pero no nos cambia.
Somos estaciones opuestas en un mismo campo.
Floración, sequía, cosecha, incendio.
Y aun así, tierra fértil
Nos renovamos.
Firmamos tratados en la lengua de los que callan.
Derribamos murallas con silencios.
Nos juramos sin testigos y nos rompemos sin ruido.
El ciclo no pide permiso. Descarado, cínico, rebelde.
Solo llega. Descansa y coge fuerza.
Como la marea.
Y continúa su marcha con la seguridad de quien miente.
Se repite con descaro, con ritmo de fiera mansa.
¿El tiempo?
No se atreve a tocarnos. Se asoma, observa, y retrocede frustrado.
Su presencia inocua, festín de reverbero. Una guerra no ganada.
Los segundos toman fuerza como si supieran algo que nosotros no.
Caminan como si fueran gigantes.
Y nosotros, ocultos bajo su sombra, sin dejarlo avanzar, seguimos el ritual.
Tentativa. Impases. Votos. Dudas.
Nervios. Sorpresa.
Despedidas. Promesas. Reencuentros.
Puertas que no se cierran. Del todo. No ajustadas.
Luces que titilan aún sin energía.
Una grieta, un suspiro, una trinchera, una chispa.
La indiferencia.
La frialdad.
El desvarió de la avaricia.
Parece fiesta.
Una apuesta.
Picardía.
Un olvido.
Sin culpa.
Una zanja.
La oportunidad.
Un halo de luz.
Ilusiones.
Ojos cerrados.
El olvido.
Suspiro congelado.
La entrega.
Una entrada.
Sin retorno.
Condenados a la cima.
Condenados al fracaso. Afianzados, cual rémora a su destino.
Emboscados en deseo.
Serenos como quien espera.
Encumbrados. Cual linces prestos a atacar. Agazapados.
Nos encontramos sin buscar.
Nos repetimos sin aburrir.
Nos adivinamos sin tocar.
Renacemos como maleza entre adoquines.
En cada ciclo establecido, sin proponérselo, sin promesas, sin expectativa alguna.
Libres. Alimentados por una complicidad que no necesita palabras.
La complicidad de la libertad.
Como vicio que no cede.
Dosis, cada vez más grande, más larga, más intensa.
Dibujantes sin cuerpos en tinta
que no borra.
Secreto que se fortalece en la garganta muda que grita verdades viviendo a
destiempo.
Miradas brillosas con llanto espantado.
Permanecemos, quizá por tozudez, por terquedad, o tal vez por el simple y despiadado deseo de desafiarlo todo.
Un reto sembrado con riesgo y ceguera.
Somos paso descalzo sobre piedra
caliente.
En un camino de piedras y vereda
polvorienta.
Somos salto, vértigo, eco, caída, susto y risa.
Es brincar la cuerda una y otra vez.
Es columpiarse más alto, sobre un barrio sin mapa, rincón sin nombre.
Y conocemos cada sombra de esta danza.
Cada curva torcida.
Cada silencio que arde más que el fuego.
Es la adrenalina del primer amor,
pero ahora conocido, domesticado.
Como el arrabal aquel, con sus atajos.
Conocemos cada revecero de este camino desigual, pero auténtico.
Perjuros ingratos.
Sin culpas. Sin miedos. Sin arrepentimientos.
Conscientes. Duraderos. Leales.
Somos la canción que se tararea
pero nunca se canta. No en voz alta.
La página arrancada. Este escrito tachado.
El perfume que no se olvida. Una herencia maldita.
Soy esas calles estrechas que se abren como
ríos caudalosos.
Eres hondonadas, desniveles, colores, chichones, y una decoración absurda que brilla
en tu mirada.
Soy como una niña con cabello suelto .
Eres una feria de luces en una ciudad apagada.
Soy el silencio dentro del cuerpo mientras suena una música estridente.
Eres quien no deja pensar.
Y si no piensas, no dudas.
No temes.
No te arrepientes.
No te espantas.
Y mandas la culpa a dar un largo paseo, del que no vuelve jamás.
Somos "Y si todo ha de caer, que caiga".
con ese miedo de "Si todo ha de doler, que duela".
Porque hemos aprendido a sanar
con la piel rota.
Y a olvidar con las manos llenas.
El mundo mira.
Juzga. Calla.
También desean.
Pero no cruzan. No se lanzan.
Lecciones aprendidas. Del maestro de maestros.
Péndulo repetido.
La misma historia, otra vez.
Hasta la naturaleza tiembla.
El sol empalidece, desconcertado. Se vuelve ceniza cuando nos ve.
No entiende de calores más allá del propio.
Y la luna, en retirada, se adelanta. Nos rehúye, incapaz de competir con el brillo de tu piel. No soporta los celos de los que vuelan sin alas.
¿y el tiempo?
Pícaro y cruel, se
dilata.
Se disfraza. Se acelera.
Ese iluso, intenta atraparnos…
pero se le escapan las horas entre los dedos.
Y descubre, con espanto, que los segundos son minutos, los minutos son horas,
y las horas…
eternidad y deseo.
Todo está en contra.
Eso creen.
Eso aparenta.
Pero en nuestro rincón, no hay leyes.
Solo juegos.
pulso.
y verdad.
En tanto, la vida cuesta arriba,
llena de lodo y agua.
y las almas…
ríen. Se entretienen. Se calman.
El miedo…
lo dejamos en otra vida.
Y aunque intenta regresar,
nuestra alegría le cierra la puerta en la cara.
El miedo queda rezagado, doblando
la esquina.
Doscientos treinta y siete pasos atrás.
Fue abandonado.
Y aunque intenta regresar, la
felicidad no lo deja.
Porque vale…
Cada minuto.
Cada noche.
Cada secreto.
Una década más.
Y otra.
Y otra más, si el universo no se atreve a detenernos.
Bajo la sombra de lo establecido, de lo correcto,
se desafía el tiempo y permanece (mos).
Una
década más.
Felicidades! El tema de un amor prohibido, oculto o extramarital es sugerido con fuerza emocional y metáforas, pero nunca se dice explícitamente “mi amante” o “relación clandestina”, lo que le da un velo de poesía y misterio. Para alguien que haya vivido algo parecido, es claro. Para otros, puede parecer simplemente un amor apasionado, persistente, contra todo pronóstico. Así que el texto tiene esa virtud de ser intenso sin ser obvio, aunque podría volverse más directo si eso es lo que quisieras.
ResponderEliminar