No soy la cicatriz ni el eco del grito,
ni la sombra larga de lo que me dolió.
Soy también la mujer que amanece agotada
y aun así se viste de fuego.
No soy lamento,
ni la niña que temblaba en rincones sin nombre.
No soy la herida,
ni el silencio tragado por miedo a quebrarme.
He sido grieta.
He sido carne abierta sin anestesia.
Pero también —y sobre todo—
he sido el temblor que no se arrodilla.
Más allá de la bruma
—donde el trauma deja su rastro y el lamento aprende a callar—
hay una fuerza quieta,
un latido terco que insiste en florecer.
Camino entre resquicios,
esas grietas por donde la luz se cuela
cuando todo parece oscuro.
Soy un puño que aprendió a
soltar,
una voz que ya no se disculpa por sonar fuerte.
donde se esconde aquello que no dije,
donde se acumulan las lágrimas que no lloré,
se alza esta mujer que, aunque cansada,
no cede.
Tengo rabia, sí.
No se transforma en odio,
Tengo miedo también.
y camina, no se queda quieto.
Aunque a veces amanezco vacía,
hay un resquicio —pequeño, rebelde—
donde aún brota esperanza.
Soy la tinta que no se rinde.
La llama por amor a mí.
La hoja que sigue escribiéndose a pesar del fuego.
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