(...en honor a ti que me veías con tus ojos llenos de letras)
Todas las mañanas, como si el tiempo también tuviera sus rituales secretos, a las 7:42 en punto, él estaba allí.
Sentado en la banca más cercana al roble viejo del parque, con el lomo de un libro abierto como un ala extendida sobre sus piernas delgadas. Tenía la piel tostada por el sol, lleno de arrugas en el rostro y con inviernos en los ojos que —aunque casi nunca los levantaba— parecían guardar un mar en calma. Era un hombre sin casa, pero no sin mundo; y su mundo, por lo que pude ver, cabía entre las páginas de los libros que atesoraba.
Nunca
supe su nombre, pero eso no me impidió verlo. Y verlo era suficiente.
Suficiente para que mi día, por más gris que empezara, se sintiera enraizado en
algo silencioso y digno. A veces, bajaba la ventana del carro y a "lo pisa y corre" le dejaba un
café caliente o unas frituras que compraba a propósito para él. O un libro —los
más humildes de mi colección, los más leídos o sopeteados— porque intuía que no
cualquier historia merecía el honor de sus manos.
La última
vez que lo vi fue un martes. El martes pasado. Llevaba puesto un abrigo, asumo de
algún donador anónimo, que le colgaba de los hombros como un recuerdo prestado.
Estaba leyendo. Como siempre.
Después,
ya no estuvo más.
Pasaron los días. Y las noches. Y muchos carros presurosos con sus pitos cotidianos. Ayer se cumplió una semana de su ausencia. Su banca quedó vacía, como una página a medio escribir. El área donde ponía sus libros, estaba limpia y su carretilla maltrecha de súper, también desapareció. Mi curiosidad venció la prudencia y detuve el carro como tantas veces había hecho. Me bajé y le pregunté a un hombre que corre cada mañana por el mismo sendero.
“Murió”,
me dijo. “Lo encontraron aquí mismo, con un libro abierto sobre el pecho. Como
si las palabras lo hubieran acunado en su último aliento.”
que nunca pidió nada, había dejado un hueco difícil de explicar.
Era un
hombre sin hogar, sí, pero jamás sin presencia. En un mundo que corre sin
mirar, él se detenía. Leía. Y en su lectura silenciosa, en ese pequeño acto
repetido día tras día, se volvió un faro. Un ejemplo de resistencia ante la
tecnología que nos devora los ojos y que lo dejó atrás, de paz frente al consumo que todo lo llena
y nada sacia. Era un baluarte de contemplación en medio del ruido, una pausa
viva en un mundo apurado.
¿Cuándo fue la última vez que me
detuve?
¿Cuánto tiempo paso con la cabeza gacha viendo una pantalla azul adictiva?
¿Cuándo fue la última vez que leí
sin esperar nada más que la compañía de una buena frase?
¿Cuánto he dejado de contemplar, sentir y compartir con otros?
Ahora al pasar por el parque y mirar su banca vacía, a veces, creo ver un destello de su último abrigo, o el brillo dorado del sol en las páginas que ya no sostiene. Me gusta pensar que, donde sea que haya ido, sigue leyendo.Y que cada historia que le llevé, cada café,
cada saludo leve desde la ventana del carro, fue una pequeña forma de decirle:
te veo. Te vi. Existes.
Porque sí, había desaparecido.
Pero no se ha ido del todo.
Y así, sin decir una palabra, nos
enseñó que aún en el margen se puede ser centro. Que incluso quien no tiene
casa puede ser hogar de algo sagrado. Que detenerse a leer, en medio del mundo
que corre, es también una forma de esperanza.
pequeño del barrio de San Francisco. Pero igual que un faro en medio del mar, nos enseñó a mirar con otros ojos. Y aunque su luz ya no arde, el rumbo que trazó aún brilla en quienes lo vieron.
Hoy, sin su luz, el paisaje duele distinto.
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