miércoles, 9 de abril de 2025

Decada.


No mudamos de piel. Solo la curtimos.
No soltamos. Tendemos la red ante la mirada esquiva y soslayante de terceros.

Y nadie.

Nadie se atreve a preguntar quien.

Y nadie.

Nadie osa nombrarlo.
Aunque j
ugamos sin red. O...

¿acaso tendemos la red ante la mirada esquiva de terceros soslayantes? 

Ellos no saben qué ley quebrantamos, ni si alguna vez existió la ley. Ni si es verdadero o eterno. Fútil o falso.

Nuestra carga no pesa, no cansa, no espanta.
Solo duele. Y d
a alegría. Y a veces, distancia. Otrora cercanía.

Las ganas nos moldea. Pero no nos cambia.


Somos estaciones opuestas en un mismo campo.
Floración, sequía, cosecha, incendio.
Y aun así, tierra fértil 

Nos renovamos.

Firmamos tratados en la lengua de los que callan.
Derribamos murallas con silencios.

Nos juramos sin testigos y nos rompemos sin ruido.

El ciclo no pide permiso. Descarado, cínico, rebelde.
Solo llega. Descansa y coge fuerza. 

Como la marea. 

Y continúa su marcha con la seguridad de quien miente.

Se repite con descaro, con ritmo de fiera mansa.

¿El tiempo?

No se atreve a tocarnos. Se asoma, observa, y retrocede frustrado. 

Su presencia inocua, festín de reverbero. Una guerra no ganada.

Los segundos toman fuerza como si supieran algo que nosotros no.

Caminan como si fueran gigantes.

Y nosotros, ocultos bajo su sombra, sin dejarlo avanzar, seguimos el ritual.

Tentativa. Impases. Votos. Dudas. Nervios. Sorpresa.

Despedidas. Promesas. Reencuentros.

Puertas que no se cierran. Del todo. No ajustadas.

Luces que titilan aún sin energía.

Una grieta, un suspiro, una trinchera, una chispa. 

La indiferencia. 

                     La frialdad.

                                 El desvarió de la avaricia. 

                                                                   Parece fiesta. 

Una apuesta. 

                           Picardía.

Un olvido.

                           Sin culpa.
Una zanja.

                           La oportunidad.
Un halo de luz.

                           Ilusiones.
Ojos cerrados.

                           El olvido.

Suspiro congelado.

                            La entrega.

Una entrada.

                            Sin retorno.  


Condenados a la cima.
Condenados al fracaso.  Afianzados, cual rémora a su destino.

Emboscados en deseo.
Serenos como quien espera. 

Encumbrados. Cual linces prestos a atacar. Agazapados.


Nos encontramos sin buscar.
Nos repetimos sin aburrir.

Nos adivinamos sin tocar.
Renacemos como maleza entre adoquines.

En cada ciclo establecido, sin proponérselo, sin promesas, sin expectativa alguna.

Libres. Alimentados por una complicidad que no necesita palabras.

La complicidad de la libertad.

Como vicio que no cede.
Dosis, cada vez más grande, más larga, más intensa.

Dibujantes sin cuerpos en tinta que no borra.
Secreto que se fortalece en la garganta muda que grita verdades viviendo a destiempo.                    

Miradas brillosas con llanto espantado.

Permanecemos, quizá por tozudez, por terquedad, o tal vez por el simple y despiadado deseo de desafiarlo todo.

Un reto sembrado con riesgo y ceguera.

Somos paso descalzo sobre piedra caliente.
En un camino de piedras y vereda polvorienta.

Somos salto, vértigo, eco, caída, susto y risa.
Es brincar la cuerda una y otra vez.

Es columpiarse más alto, sobre un barrio sin mapa, rincón sin nombre.

Y conocemos cada sombra de esta danza.

Cada curva torcida. 

Cada silencio que arde más que el fuego.


Es la adrenalina del primer amor, pero ahora conocido, domesticado.

Como el arrabal aquel, con sus atajos.

Conocemos cada revecero de este camino desigual, pero auténtico.

Perjuros ingratos.

Sin culpas. Sin miedos. Sin arrepentimientos.

Conscientes. Duraderos. Leales.

Somos la canción que se tararea pero nunca se canta. No en voz alta.

La página arrancada. Este escrito tachado.

El perfume que no se olvida. Una herencia maldita.

Soy esas calles estrechas que se abren como ríos caudalosos.

Eres hondonadas, desniveles, colores, chichones, y una decoración absurda que brilla en tu mirada.

Soy como una niña con cabello suelto .

Eres una feria de luces en una ciudad apagada.

Soy el silencio dentro del cuerpo mientras suena una música estridente.

Eres quien no deja pensar.

Y si no piensas, no dudas.
                                             No temes.
                                                            No te arrepientes.
                                                                                      No te espantas.

Y mandas la culpa a dar un largo paseo, del que no vuelve jamás.

Somos "Y si todo ha de caer, que caiga".
con ese miedo de "Si todo ha de doler, que duela".

Porque hemos aprendido a sanar con la piel rota.
Y a olvidar con las manos llenas.

El mundo mira.
Juzga. Calla.

También desean.
Pero no cruzan. No se lanzan.

Lecciones aprendidas. Del maestro de maestros.

Péndulo repetido.
La misma historia, otra vez.

Hasta la naturaleza tiembla. 



El viento, celoso, nos sopla en contra. Indignado.

El sol empalidece, desconcertado. Se vuelve ceniza cuando nos ve.

No entiende de calores más allá del propio. 


Y la luna, en retirada, se adelanta. Nos rehúye, incapaz de competir con el brillo de tu piel. No soporta los celos de los que vuelan sin alas.

¿y el tiempo? 

Pícaro y cruel, se dilata.
Se disfraza. Se acelera.
Ese iluso, intenta atraparnos…
pero se le escapan las horas entre los dedos.

Y descubre, con espanto, que los segundos son minutos, los minutos son horas,

y las horas…
eternidad y deseo.

Todo está en contra.
Eso creen.
Eso aparenta.
Pero en nuestro rincón, no hay leyes.
Solo juegos.
             pulso.
                  y verdad.


En tanto, la vida cuesta arriba, llena de lodo y agua. 
y las almas…
ríen. Se entretienen. Se calman.

El miedo…
lo dejamos en otra vida.
Y aunque intenta regresar,
nuestra alegría le cierra la puerta en la cara.

El miedo queda rezagado, doblando la esquina.
Doscientos treinta y siete pasos atrás.
Fue abandonado.

Y aunque intenta regresar, la felicidad no lo deja.

Porque vale…

Cada minuto.
Cada noche.
Cada secreto.

Vale.
Una década más.
Y otra.
Y otra más, si el universo no se atreve a detenernos.

Bajo la sombra de lo establecido, de lo correcto, 

                             se desafía el tiempo y permanece (mos).

 

Una década más.

 


martes, 6 de julio de 2021

90 días después.

 

Hoy me levanté feliz. Normal. Tranquila y como de costumbre, desde hace “toda la vida” temprano. Con ganas de hacerlo todo medianamente bien, como una de esas mortales que de modo repetitivo no se exige mucho. Que se levanta. Produce. Descansa y repite el ciclo.

Me levanté con una mayor consciencia sobre el control excesivo, los planes y los detalles pormenorizados. Hasta hoy entendí que solo generan ansiedad, dolores de cabeza, de pecho y no garantizan la perfección. Lo que si producen y mucho, es una sensación de insatisfacción prolongada. Doy fé de ello.

Por ello prometí dejar que todo fluya y escapar de la compulsión de querer arreglarlo todo.   

Tomé mi acostumbrada taza de café. Uno de los grandes placeres, hace muy poco descubierto, en mi vida. Placer que junto al olor a hierba húmeda y el cantar de los pajarillos, se convierten en mi oasis personal para iniciar el día.  Defequé recién me levanté. Cosa extraña. Esto siempre sucede después de desayunar.

Luego del ritual del baño, maquillaje, peine y colocarme panti y brassiere, desayuné escuchando un audio del cuento de Charles Bukowski llamado “Se Amable”.

Siendo las 6:33 a.m. me dispuse a cocinar el desayuno de mis niñas. Todos en casa dormían, inclusive Keysi. El búho en la familia siempre he sido yo. No logro dormir mucho ni bien. Tal vez el golpe sufrido en mi cabeza, hace varios lustros atrás, al caerme de la hamaca en Chiriquí, salió años después. 

Y de pronto. Una ráfaga de frío me invadió, se me llenaron los ojos de invierno.

Me invadió una tristeza, un vacío atemporal. Pero no ese tipo de tristeza fuerte, sino una desazón llena de dudas.  “¿y si aún estuviese aquí?

6:33 a.m. en punto.

La misma hora en que mi madre hace tres meses atrás me confirmaba 

- Te espero hija, vamos a hablar con los doctores de Manuel y de paso, lo visitamos.

Visita que sin sospechar se convertiría en la última.  

Visita traducida en una despedida casi definitiva. Casi. 

Porque soy consciente que tenemos un reencuentro latente. Solo toca espera con calma y sin mucha prisa. Esa cita es inevitable, pero tampoco  me urge en afanes ir a su encuentro... 

Ya 90 días sin la presencia física de nuestro querido Manuel “El Tigre”. 90 días. Cortos, largos, tediosos, en alta con bajas, lentos, ajetreados.

Días con muchas lluvias cual lamentaciones del alma. Exceso de fríos y un calor infernal. 90 días con sustos, preocupaciones, alegrías, nuevos inicios y sorpresas.

90 días después,  la vida sigue. Sin tregua, sin espera. A la carrera. Obligándonos a seguir, empujando a cada uno de modo diferente, con sentimientos y reacciones diferentes, casi sin permitir que nos detengamos a pensar, a sentir, a llorar. Cada quien continua viviendo a su manera. Unos pocos pusieron distancias. Otros, cercanías.  Otros volvieron a su mutismo selectivo. y la vida, río impetuoso en si mismo, sigue su curso. Arrastrando miedos, soledades y fortaleciendo el amor. También eso, el amor. Y nos sentimos vivos.  

¿Seguimos vivos?  O ¿solamente fingimos hacerlo?  

Desde su muerte, siento que vivimos en un gran salón de espera. En el salón hay un gran foco blanco que corona nuestras cabezas y llena de calor todos nuestros cuerpos. Mientras esperamos podemos amar, pecar, discutir, trabajar y vivir. Es algo así como un espacio interactivo o una especie de reality show.   En este salón amplio, iluminado y pintado de  blanco, hay un gran letrero llamativo, tipo los utilizados en los baratillos de poca monta de la Central. Los que me se de memoria pues crecí en dicha área. El punto central del salón es ese letrero llamativo. Es  rectangular con fondo amarillo y bordeado con focos como una cinta trenzada. Focos todos alrededor del cuadro gigante que titiritan luces color arcoíris y dentro del cuadro parpadea la palabra Esperanza con un color azul mar. 

Siento que el Director del salón de espera nos observa, y pese a que siento su presencia, no puedo aún escuchar su voz. 

Se que estoy en esa sala de espera viendo el cuadro y me llenó de la convicción que la cita se dará y lo volveremos a ver. Y no vendrá solo. 

Sonrío. 

Lo acompañaran quienes partieron antes. 

Mis abuelos maternos, paternos, mi hermana Vanessa, mi hijo Rolandito y acudirán reídos sin entender porque acá abajo estamos aún tristes, estábamos ayer angustiados y estuvimos hoy cabizbajos fingiendo que sonreíamos más de la cuenta.   



Y siendo las 6:33 a.m. en mi cocina, frente a una paila repleta de aceite de oliva, friendo unos patacones, sentí vergüenza, cual Eva en el Paraíso y cubrí mi cuerpo con una toalla.

– ¡ Respeta!  Manuel te está observando...




Pensé en él. En su sonrisa pequeña y franca, algo ladeada, que dejaba entrever unos diminutos y auténticos dientes blancos, todos en su sitio dentro de unos labios casi imperceptibles, demasiados delgados.

Lo imaginé, puedo jurar que lo vi frente a mí, sonriendo.

Con esa sonrisa   que no regalaba a todo el mundo. 

Frente a mi. Formal, serio y hasta gruñón. Demasiado recto en sus pensamientos y tan lleno de reglas y direcciones para vivir bien, no joder a nadie y repito, vivir tranquilo. Demasiado bien para mi gusto.   

Y pensé...

En lo mucho que hemos perdido con su partida.


      En el salón blanco, vi un cuadro muy pequeño de un barco.

Estaba casi escondido en una esquina. Parecía olvidado. 

Dentro del barco estaba lleno de gente. Igual de lleno estaba el salón blanco. Pero en el barco todos permanecían muy cerca y si uno se movía, afectaba al resto.  Nadie podía caerse, porque la gente apretujada se convertia en algo asi como vigas.

Parecía un arca, pero muy pequeña. 

Entonces, entendí que la familia era ese barco. La pareja también lo es. Aglutinados en un seno pequeño, a veces con roces, sin derecho a la privacidad real y de vez en cuando, esa misma familia te hace sentir asfixiada. Pero pude verlo con claridad.

Un barco tan pequeño que nos preserva de la inmensidad del mar, de sus peligros y sus oleajes cuando hay marejada.

 A veces creemos equivocadamente que el timón en una relación lo lleva quien más ruido genera,  quien mejor organiza, el estable o aquel que está al frente del barco.

 Creemos que es quien agarra el timón y lo mimetizamos con el mismo, haciendo del timón-hombre-guía un solo sujeto. Pero el timón-ancla-estanco puede ser quien guarde más silencio, quien esté oculto, quien observa agazapado, quien infunde respeto solo con su presencia.

Así era Manuel, como esos espacios silenciosos, como esos compartimentos llenos de aire que mantienen el barco a flote, evitando que se hundan. 

Así era él. 
Su sola sombra y lento caminar daban estabilidad a la familia y su ausencia se nota, pesa y tambalean muchas vidas, aun cuando no se hable de ello o se finja no verlo.   Aun cuando finjamos que seguimos navegando sobre tormentas, sin miedo al naufragio.   

Luego sentí, unas ganas inexplicables de pensar en él. De escribir por él. Y caí en cuenta que quienes en las redes sociales escriben a sus seres queridos ya fallecidos, no les escriben a ellos. No escriben para generar likes, mucho menos para inspirar compasión u oleajes de empatía.

La realidad es que nos escribimos a nosotros mismos, a quienes hemos perdido algo con la partida del ser que amamos o admiramos. Los que hemos quedado, inevitablemente y a nuestro pesar, atrás.

Y heme aquí escribiendo a Manuel, pero sobre una base totalmente egoísta. Pensando solo en mí. Recordando que todas las noches le preguntaba a mi mamá, cada vez que ésta cerraba el teléfono 

– No me digas, ¿era Kathy?. ¿Y qué dijo hoy mi hija querida? ¿Qué cuento te echó?  

Y Zeny empezaba cual cuenta-cuentos a narrar con lujo de detalles mis aventuras (no son muchas, pero son divertidas) y surgían las risas, los comentarios, las sorpresas, los gestos de desaprobación y hasta angustias. 

Surgían conversaciones largas en base a lo que yo le conté a mi mamá y ella a su vez a Manuel. Era como el juego infantil de los dos vasos con un hilo en el medio, pero sin vaso, sin hilo, solo el amor que nos unía y mis arranques que los hacían reír.

A veces, muy pocas veces, me lo pasaba al teléfono. Él, de pocas palabras, discreto y cortante. Y yo me sentía incómoda porque surgían silencios y no sabía qué más decir. Hay momentos en los cuales no se qué decir. 

Lo que no supe en su momento fue que era un muy buen oyente y tenía toda su atención a mi disposición mientras conversábamos. Tarde muy tarde fui consciente de esto y hoy me pesa. Y me lleno de nostalgia. También de rabia. Siento que perdimos y  mucho. Perdimos tiempo sin saber que ya no habría más tiempo que perder. Abrazos, sonrisas, carcajadas y hasta debates, en los cuales jugamos a arreglar el mundo. 

Y se nos esfumaron momentos y no hay vuelta atrás.

La memoria ingrata, tarde o temprano, pasará las hojas, las arrancará o las borrará.  

Y pasaremos a ser olvido. La vida nos obligará a seguir, preparados o no.

Pienso que debió estar un rato más con nosotros y los doctores que antier miré con gratitud y  veneración, hoy los siento distantes e hipócritas. Pensaba que nos regalaron tiempo de calidad con Manuel. Hoy siento que en su falsa condescendencia nos restaron, sin previo aviso, sin compasión, momentos y conversaciones que ya no se darán.  Los imagino en sus consejos médicos fríos y cerrados, con sus batas blancas, estiradas, nunca sucias, elucubrando si él, Manuel, seguiría recibiendo visitas o si ya eran demasiadas. Tal vez imagino lo que no es. Delaciones sin sentido. Es mi imaginación febril o tal vez mi creatividad maquiavélica  teñida de paranoia.

Imagino lo que perdimos. Lo que no sucedió.  Y descubro, una vez más, que no pensaba en Manuel y en sus 90 cortos/cercanos días largos/lejanos de aquí… sino que pensaba nuevamente en mí y lo que perdí con su ausencia.

Partió un ser callado, discreto y afable dispuesto a escucharme. Dispuesto a decirme en la cara que estaba equivocada y que la vida no es como yo pienso o quiero.

Partió ese ser que te decía de modo frontal       – por allí no es la cosa, te vas a estrellar.

A un observador silente, a un estratega, a una persona sabia con sus "No, no, no, no!". 

Perdí esos ojos pequeños que muchas veces vi hinchados de orgullo, que brillaban ante el mínimo logro alcanzado por quien les escribe. 

A ese hombre sensible que amaba a mi madre sobre todas las cosas. Que la cuidaba, reconfortaba y defendía. Que la acompañaba a regañadientes muchas veces y que fingía observar con atención vitrinas en los centros comerciales, por no reconocer que no podía caminar con el vigor de sus años de mozuelo, pero sobre todo, quien hizo lo indecible por no preocuparla ni darle ningún tipo de sobresalto.  

¡Perdí a quien me bajaba mis rabietas con una sola sentencia, 

– Aquí no Kathia o te vas!

Perdí a ese padre que en las reuniones familiares le gustaba sentarse cerquita de mí, pese a mi desboque, vulgaridad, desenfado y desenfreno.  Siento que lo asustaba y a la vez lo entretenía. Es que siempre sonreía a mi lado, a pesar que muchas veces no estuvimos de acuerdo.

Perdí a ese amigo, que cuando tenía problemas, iba a mi casa, sin previa invitación.

- ¿Cómo va la cosa y qué piensas hacer? y esperaba con parsimonia extrema mi respuesta.  Se sentaba y me ponía su mano grande en el hombro y me hacía sentir paz. 

(Si la casa de Monte Oscuro hablase, me diría que Manuel tiene un sitio importante en el Cielo… )    

Perdí el único que le comentaba a mi mamá 

– Kathy es bien fotogénica. Tu hija en persona es otra cosa!

Perdí a un hombre que lloró cuando mi madre estuvo en cama grave y que no derramó una sola lágrima ni mostró preocupación cuando le tocó su turno de estar enfermo. Que recibía con una sonrisa sus visitas en el hospital, pero de modo selectivo. No a todos quiso recibir... Fuí de las pocas afortunadas. 

Valiente, tranquilo y bromista. Estoico y optimista. Preocupado por todos hasta el final. En cama, en espera, con una sonrisa. Siempre anhelando volver a casa.    ¡Y volvió!

Con su partida, perdí algo de identidad, algo de ilusión y de mi mundo mágico.

Me estrellé con un oleaje de sensibilidad desconocida en mí y tuve que remontar sin preparación alguna una ráfaga abierta de realidad. Gané enfoque. Eso que se llama madurez. Eso creo. Eso dicen por allí quienes me conocen.  

También gané el valor de la palabra empeñada, el cumplimiento de una promesa. 

Palabra y promesa, lo único de valor auténtico que tiene el hombre.

Gané la convicción y la esperanza inequívoca que ambos estamos, por ahora, en mundos paralelos.


Mundos no tan distantes como lo creemos, que se unirán cuando  nuestro Hacedor así lo decida en un mismo plano. 

Manuel, la promesa aquella sigue hoy  en pie.  

Gracias por la invitación a cumplirla antes que la memoria ingrata, tarde o temprano, destruya mis hojas y me obligue a ser olvido.

  

      

 

martes, 3 de abril de 2018

Herencia.

Hoy hablamos de la lluvia y el http://innovias.wordpress.com/2013/02/21/celebrando-bajo-la-lluvia/
   
     Antes de que mamá conociese a papá, los paseos bajo la lluvia eran parte de su tradición familiar. Tradición divertida  que tanto mi hermana mayor como yo, acogimos sin dudar.



     Mi abuela, una mujer del campo, remilgosa y     sin educación formal pero con mucha sabiduría, le había enseñado a respetar la lluvia, así como a
EL ALZHEIMER SE PUEDE DETECTAR 25 AÑOS ANTESamarla y aprender de ella. Observándola, escuchando sus sonidos, apreciando sus rebotes sobre el pavimento, techos, cuerpos y sintiendo su majestuosa presencia dentro de uno mismo.


Yo recuerdo con la claridad de una mente infantil sus enseñanzas. Entre ellas que cuando llueve, todo (y todos) cambian.  Sobre todo los que son mojados tras su paso ya que quedan al desnudo sin más remedio que dejar de fingir lo que en realidad no son.

También aprendí a desconfiar de esas personas que no aman esta bendición del cielo, esos que corren presurosos a esconderse, que se entristecen o maldicen en su contra.


Resultado de imagen para maria magdalena oosthuizen artistEn nuestra familia, en cambio, era motivo de fiesta.

Mi hermana y yo solíamos prepararnos en cuanto caían las primeras gotas sobre nuestro techo de zinc y se inundaba el patio. Igual hacían los pequeños del barrio y uno que otro vecino "mamulón" y ocioso, de esos que pernoctan de día en los zaguanes.

Luego, a la velocidad de la luz, nos colocábamos nuestras chancletas, shorcitos y sweaters.  Yo liberaba mi afro hasta ese momento sostenido con crueldad con colitas y corría a buscar a mamá. Bueno, hasta ese día, esa tarde, hace casi cuarenta años.

"Back" - Stephen Wright, oil on canvas {contemporary figurative artist female posterior seated woman painting} stephenwrightart.comAl verla en la cama tumbada sobre su costado derecho dándome la espalda, tanto mi hermana como yo, imaginamos que se sentía mal. No era su costumbre dormir de día ni siquiera una pequeña siesta.


- Ya habrá tiempo para descansar y dormir, cuando me llame el Señor - solía decirnos en son de broma. Aunque sabíamos que lo decía muy en serio.
Sus bromas eran así, más verdades y lecciones que otra cosa.


Sofia.... your Eyes wide open are the windows to the dark corners of your thoughts..... I love red ....... amazing!No olvidaré su cabello negro largo enmarañado ocultándonos su cara. Yo sabía que era porque pensaba en silencio. Por su respiración lenta y suave. Esa que suelen usar los adultos cuando se encuentran preocupados y la cabeza les duele de tanto coraje o dolor al punto del estalle.


Ya íbamos de salida muy calladitas, cuando escuchamos sus sollozos. Bajitos, contenidos como cuando intentas disimular que lloras. 

 - Mamá, ¿estas bien? ¿qué sucede? 

... El ambiente pesado se hacía cada vez más extraño a medida que me acercaba a ella. 

Mi hermana, dando honor a su reputación de niña madura y discreta, se sentó al pie de la cama, sin decir una sola palabra. Solo observaba sin parpadear. Así era ella.  

 - Hijas, hoy no tendremos nuestro acostumbrado paseo de la verdad, musitó mamá, como si confesase una gran falta.

Take a walk in the rainAsí lo llamaba,  paseo de la verdad. Su explicación, y que ahora, siendo ya una mujer adulta tiene mucha lógica, era que cuando llueve la vida se pasma y en ese preciso momento, todo se vuelve auténtico. Todo adquiere un tono lúgubre que de modo inevitable impacta e influye en las mentes más débiles o sensibles que se encuentran en su andar.


Me asombró su decisión, ya que cuando llovía era muy común verla en la calle, con pasos mucho más lentos, sin paraguas ni periódicos ni afanes que la cubriesen. Y con la cabeza gacha, acompañada de sí misma siempre con una sonrisa amplia en sus labios.

- Hijas, la lluvia no es un ácido ni veneno.  Son valiosas perlas que encumbran las almas más nobles o desenmascaran a los seres más viles. Sin trampas, tapujos ni atajos. Y les repito, hay que tener valor. Valor del bueno y algo de locura para bajar el paso cotidiano en un día lluvioso cualquiera. Y hoy, mis niñas, hoy no me siento valiente.

Eva close up(sold)Resultado de imagem para conceptual visuals pop photoshootsAl estar frente a ella, pude detallar sus facciones. 

Su rostro estaba cubierto de sangre seca con un color cobrizo muy brillante y un olor que todavía me espanta el sueño. 

Siendo honesta, me hizo un poco de gracia. Hoy día con dolor lo reconozco, pero en mi inocencia le hallé parecido con  mi barbie favorita, luego de ser  revolcada en el lodo, y al igual que ella, se veía usada.  Me asombró la hinchazon y los moretones lilas azulosos que enmarcaban sus pómulos. La cuenca alrededor del ojo derecho me hizo entender pese a mi corta edad  lo ocurrido.  Avergonzada trató de taparse. Fue en vano.  A pesar de ello, la logramos ver y sentimos la misma callada vergüenza.


"Let Me Help" | Photographer: Hussain Khalaf, Manama, Kingdom of Bahrain, 2010. Additional Information: Original in Color.    Esa tarde comprendí que mi abuela y mamá no siempre tenían la razón y me habían engañado o tal vez, se habían equivocado.

No eran tan sabias como yo creí. Solían afirmar que las mujeres de mi familia no se juntaban con maleantes ni viciosos ni golpeadores ni negros. Al final, comprobé por  cuenta propia que de una u otra manera  venían a ser lo mismo: basura de la misma especie. 

Despersonalizadayfuerademi: ... Y volviste!Pero mamá le creyó a mi abuela, mi abuela a su madre, mi bisabuela vaya a saber a quién y mi hermana y yo le creímos a todas, como ovejas camino al matadero en el mismo redil.

     Suerte que mamá se casó bien.

Un hombre de hermosas facciones, blanco, alto, trabajador, joven, fuerte y de buenas costumbres, la eligió. 

Mi abuela me decía “Aprende de tu mamá, que ella sí consiguió un buen partido, no como la loca de tu tía Ibeth”. 


Al ir creciendo comprobé lo dicho por mi madre y mi abuela: la lluvia todo lo descubre, queramos o no. 

Hoy llueve. Y me nace la urgencia por recordarlas. Mujeres valientes, fuertes y seguras de sí pese a la época que les tocó vivir.

Y echo de menos a mi madre, esa mujer menuda,
con silueta grácil y mirada llena de luces que se atrevía a caminar bajo la lluvia, acompañada o no. 

Sonrió con nostalgia y dolor al verme reflejada en ella.

Caigo en cuenta que mi meta era la misma que ella solía tener de niña: ser elegida por un hombre como papá. Igualítico a él. Ahora tengo mis dudas y un tardío arrepentimiento. 

Y aquí con una taza de café, acompañando mi soledad, escucho una vez más la lluvia caer.

Lamento no estar con mi madre y al mismo tiempo, agradezco no extrañar a quién en algún momento llamé papá. 



lunes, 18 de julio de 2016

PIELES

(Mi experiencia diaria en el metro)


Señora indiferencia
vuelvo a encontrarla
ensartada en jaulas de metal

Galopando entre seres silentes
ahuyentando la soledad
cual aves viajeras atrapadas en pasmosa calma
con dirección al matadero
                  con dolores que espantan
                                y sus tristezas a cuesta

Tu piel
         mi piel
                 nuestras pieles se rozan
                                                    asustadas
                                     entre asco y curiosidad

Gacelas que se esconden en su propio eje
       Matorrales que se multiplican sin lluvia
                              con dobleces que temen hablar
                                       Gimen
                                              Gritan
                         aireando verdades

Y sucumbo ante sus colores con destellos de luz opaca
      como primaveras convertidas en otoño
      troncos bravíos reducidos a ramal
                                          
Pieles
          Terciopelo o arena
              malolientes o con fragancia a jazmín
Pieles
          Oscuras
               Pálidas
                         Manchadas
                                         Vestidas
Pieles
           Llenas de mentiras
                      con surcos
                            estrías y cicatrices
acordeones vacilantes de tul
Pieles
         Alfombras imperfectas  
         volcanes, colinas, ríos que sueñan con volar
         sucumbiendo al vaivén del camino
         con rumbo conocido, resignadas
                                            sin norte ni brújula.

Miradas escondidas bajo pesados párpados
portones de hierros que encierran susurros 
Susurros que lloran y rezan sin fe
Susurros cansados de esperar

Inquieta me pregunto
¿De qué está hecha la piel?
y me pierdo en mis recuerdos
envuelta en cuerpos sudorosos con sabor a miel
cuerpos en los cuales me perdí
esclavitud de mis desvaríos  

Pieles de tiburón 
                        con sabor a mar
Pieles de algodón
                        sintiendo su calidez
cual suave lienzo de seda
                       sabor de la ambrosía,
de mi pasión emergente
                       al alba de cada día.

Colores 
cual refugio de estrellas fugaces
titilando de esperanzas y ansiedad
alfombras carnales donde se estancan emociones
como néctar suave
Antesala de penas y dolores
Recipiente pletórico de besos y abrazos
Faro y muelle de tormentas.

Y me arropo con mi piel color canela
sintiéndome viva
dentro de tanta incertidumbre
regodeandome de planes malévolos
descifrando crucigramas 
salpicada de amargas despedidas 
  atardeceres 
             olvidos
                amaneceres
                         sinsabores 
                             esculpidos de fantasías, 
                                        esperanzas y sueños 

Pieles
manuscritos de pasión
con el tiempo conservado en cofres de cristal
Pieles 

finos tapices encogidos por el dolor
carnes juveniles encendidas cual hogueras

Pieles bronces
           Pieles nacaradas
                      que acaricio con mi lengua,
                                      respirando sus esencias
dilatando mis pupilas, mis poros y ensenadas

Cuerpos desconocidos que reaccionan ante el breve roce
de mis manos deseosas
de cabos que penetren  
                          mi impetuoso mar




Pieles 
que observo
                  trago
                       imagino
                                deseo
Pieles ajenas 
que despiertan mis sentidos
mientras en mi recorrido 
escribo esta historia a mi manera
para escapar de mí 
para huir del mundo....