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lunes, 12 de octubre de 2026

HA DE SER BONITO SENTIR. Reflexiones de una soledad que también siente


La voz de aquel joven
me estremeció hasta los huesos.

Me dio escalofríos 

y un poco de vergüenza

... y aún resuena en mi mente consciente,

como un eco que se niega a morir,

como una pregunta que no me atrevo a responder(me).


Ha de ser bonito sentir.  

Sentir preocupación,
incertidumbre,
miedo…
esa angustia que aprieta el pecho
cuando no sabes dónde está el otro,
si está bien,
si está a salvo,
si alguien lo cuida,
si la vida le ha permitido llegar
sano y salvo al final del día.


Ha de ser bonito ser Él.
Tener a alguien metido en el alma
de tal manera
que su ausencia inquiete,
que su silencio alarme,
que su dolor duela
como si fuera propio.

Sentir ansiedad por amor.
Llorar por miedo a perder.
Temblar ante la posibilidad
de que algo le ocurra
a quien habita tus pensamientos.

Y no llorar de rabia,
ni de odio,
ni de impotencia ante la vida,
sino llorar por AMOR.



    Por ese amor que desborda,
que no cabe en el pecho,
que se convierte en lágrimas sin aviso
cuando las palabras no alcanzan la calma.


Ha de ser bonito saberse prioridad. 

Saber que existes
en la mente de alguien
aun cuando no estás presente.
Que alguien interrumpe su día
para preguntarse por ti.
Que alguien te busca,
te espera,
te necesita.

Te piensa, te imagina y te sueña.

Ha de ser hermoso
llenar la cabeza de recuerdos
que todavía no han sucedido;
imaginar abrazos,
conversaciones,
reencuentros,
momentos que aún no se han vivido
pero que el corazón
ya guarda como suyos.

Preocuparse por la seguridad de otro
como si protegerlo
fuera una necesidad del cuerpo,
un mandato del alma,
una urgencia que no admite demora.

Ha de ser bonito...ese sentimiento. 

... Como un remolino que te arrastra sin pedir permiso, como un oleaje feroz que rompe contra la orilla, como una ventisca voraz que desordena todo a su paso y aun así te hace sentir vivo.

Porque ha de ser bonito
sentir que te aman,
sí…

Pero sentir que amas…Debe ser otra cosa.

Debe sentirse el corazón
golpeando con fuerza las costillas,
las piernas queriendo correr
antes de que la razón dé la orden,
los brazos desesperados por cobijar,
por abrazar,
por proteger,
por socorrer y acariciar.

Debe ser descubrir
que la tranquilidad de otro
puede convertirse en tu propia paz,
y que su sufrimiento
puede hacer temblar tu mundo.

Ha de ser bonito ser aquel joven.

Sentir esa angustia hasta las lágrimas
por no saber de sus seres queridos.
Sentir que alguien importa tanto
que la sola posibilidad de perderlo
te deja sin aliento.

Y entonces me miro.

Y caigo en cuenta
de lo sola que estoy.

Sola conmigo.
        Sola para mí. 

Sola por mi.

No porque me falten familiares,
ni porque no haya quien me quiera.
No porque el amor
haya pasado de largo por mi puerta.

Sino porque no siento el apremio.
No me nace esa urgencia,
esa necesidad imperiosa
de acudir a alguien,
de buscar una voz,
de correr hacia un abrazo
como quien corre a ponerse a salvo.

Y me pregunto por qué.

Quizá me falla la memoria.
Quizá me vence la pereza.
Quizá me agobia el ruido del mundo,
las demandas de los otros,
el peso de estar disponible,
de responder,
de sostener,
de cumplir.
de estar.
de ser.

Quizá me he acostumbrado tanto
a resolver mi vida conmigo misma
que olvidé cómo se siente
necesitar a alguien.

O quizá,
sin darme cuenta,
he aprendido a vivir
sin esperar demasiado de nadie.

Y eso también es una forma de soledad:
no necesariamente la de quien no tiene a nadie,
sino la de quien no encuentra dentro de sí
el impulso de salir a buscarlo.

Y vuelvo a pensar en aquel joven. Muchas veces incomprendido o no escuchado, pero con una capacidad de dar amor inentendible. 

En su voz.
En su angustia.
En ese sentimiento  que le desbordaba el pecho
hasta hacerlo llorar.

Y siento una extraña envidia.
No de su miedo,
ni de su dolor,
sino de aquello que los provoca.

De tener a alguien
que importe de esa manera.

De sentir que el mundo
se te puede venir abajo
porque no sabes si los tuyos están bien.

De descubrir que llevas dentro
un amor tan grande
que hasta el miedo
se convierte en una prueba de su existencia.



Ha de ser bonito ser ese joven.

Me gustaría serlo.
Me gustaría sentir así,
escribir sin reservas,
ser sincero sin distancias,
No poseer esta calma pasmosa que a veces parece fortaleza
y otras veces valentía. 
Y otras veces se parece demasiado al vacío. 

y se siente como vacío. 

y me siento ante él y su sensibilidad, completamente vacía.



Me gustaría que alguien
me habitara de esa manera.
Y, sobre todo,
me gustaría habitar yo
el corazón de alguien
con esa intensidad.

Pero hay algo…

Algo que a él le sobra, que se nota
y que yo siento que me falta.

No sé si es la urgencia,
la entrega,
la capacidad de necesitar,
o esa forma inexplicable de amar
que hace que una persona
deje de ser solamente alguien
y se convierta en parte de ti.


No sé cómo se llama
eso que él lleva dentro
y que yo contemplo desde lejos.

Solo sé que, al escucharlo,
algo en mí se estremeció.

Y que, por un instante,
entre la admiración y la tristeza,
entre el deseo y la soledad,
me descubrí anhelando
no que alguien me amara…

Sino tener dentro de mí
esa capacidad inmensa
de amar a alguien
hasta que me duela.

viernes, 11 de julio de 2025

EL CHOQUE.

Voy por la vía correcta.

No hay letreros de alto.
No hay señales de advertencia.
¿Para qué frenar?
¿Por qué tener precaución si conozco la calle?

La ley me asiste.
El sentido común me acompaña.
La suerte... la razón, quizás, me sonríe.
Y la voluntad de Dios me permite seguir.

Voy feliz.
Pensando: “Este será mi día”.
Mi momento.
Mi hora buena.
El punto exacto en el mapa donde todo está bien.


Pero de pronto, sin aviso,
sin anticiparlo: un golpe brutal.
Seco.
Violento.
Inesperado.


Un carro viene de la derecha.
Salido como alma que no es de Dios.
No miró.
No pensó.
Rápido. Como un animal desbocado, me enviste.

Me enviste con la fuerza de quien ignora el respeto,
sin precaución, sin lógica, sin freno.
Como si yo no existiera.



Mi auto gira, da vueltas,
se convierte en trompo.
Ruleta.
Danza salvaje sin música ni control.

Y mientras ruedo, como en cámara lenta,
mientras el mundo se desarma en colores rotos,
mi mente se abre a un espacio entre el caos y la conciencia.

¿Es suficiente manejar bien?
¿O hace falta también leer mentes,
detectar miedos ajenos,
intuir intenciones ocultas tras un volante?  

¿Se puede prevenir el caos?
¿Anticiparse al otro?
¿Adivinar sus ganas de morir o de matar?
¿Se puede huir de quien te hará daño?
¿O el destino se burla de nuestras precauciones?

Filosofía urgente de segundos que saben a semanas, que parecen años.
Reflexiono entre las vueltas. Y me aboco a mí.

¿Fui justa?

¿Hice reír? ¿Fui útil?
¿Cumplí con lo que debía?
¿Qué dejé sin hacer?
¿Qué debí decir más fuerte, más claro, más de frente?
¿Amé con la intensidad que exige la vida?
¿Dejé huellas o solo pisadas que el viento borrará?

¿Y si este es mi final…?

Me asalta una duda punzante:
¿Mi ángel de la guarda...? ¿Estaba cansado ya?
¿Se distrajo? ¿Se hartó de protegerme?
¿Se hartó de mi ceguera?
¿Decidió que era hora de soltarme?

Y me pregunto, por los otros, por ti, por ellos, por él:
¿Alguien me extrañará?
¿Qué extrañarán de mí?
¿Quién me llorará?
¿Mi risa? ¿Mis enojos? ¿Mis historias largas y mis silencios tercos?
¿Mis abrazos, mis reuniones, mis canciones favoritas?
¿Mis caderas, mi olor, mis jadeos?

¿Quién dirá mi nombre en voz baja, con un nudo en la garganta?
¿Dirán algo frente a mi féretro...?
¿Confesiones tardías...?
¿Alguien se acercará, sin consuelo, a decirme lo que nunca se atrevió?
¿Tú llorarás, mientras otro respirará en paz?

¿Se hablará de mí con nostalgia o con alivio?
¿Seré un punto de sal ante el mundo?
¿Dejaré un legado?
¿O solo un perfil congelado en redes sociales...?
¿Una enseñanza, una frase que alguien repita alguna vez como si fuera suya?

¿Imprimirán fotos mías...?
¿Bailarán por mí...?
¿Fornicarán en mi nombre?
¿Brindarán con ron?, lanzando un poco al suelo: 
"¡Por ella, la loca, la valiente, la terca, por la que ya no está!"

Y la gente…
¿Se llenará la iglesia de hipócritas...?
¿O será un solar vacío con mi madre e hijas…?

¿Mis hijas ya están listas para seguir sin mí?

¿Mi madre podrá resistir este adiós?

¿Mi muerte pesará...?
¿O pasará como una hoja suelta en el ruido del mundo?
¿Se sentirá mi partida como un derrumbe?
¿Seré una noticia más en el hilo de la vida ajena?
¿Mi muerte impactará más que a mí misma, que la perdí de golpe?


Y en medio del giro, del giro y del giro,
en ese vaivén hacia lo incierto, entiendo que somos frágiles.
Y que se me acaba el tiempo.
Y que un solo suspiro nos separa de la eternidad.

¿Cuánta incertidumbre cabe en un vuelco?

¡Cuántas ganas de vivir siento muriendo!

Y si no sobrevivo…

cuando el carro finalmente se detenga…
cuando todo quede en silencio…
cuando el mundo se vuelva a poner de pie,
cuando esté rodeada de fisgones grabando el suceso,
llorando por una extraña vuelta,
nada en la nada...


¿Qué quedará de mí?
¿Quedará de mí algo más que el eco?

Ojalá al menos quede intacta.

Maquillada.
Bien peinada.
Con el brassiere sujeto
y el panti cubriendo mi abdomen.

Para que quienes me vean digan:
"Qué joven. Qué guapa. No merecía irse así."

miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.

martes, 6 de julio de 2021

90 días después.

 

Hoy me levanté feliz. Normal. Tranquila y como de costumbre, desde hace “toda la vida” temprano. Con ganas de hacerlo todo medianamente bien, como una de esas mortales que de modo repetitivo no se exige mucho. Que se levanta. Produce. Descansa y repite el ciclo.

Me levanté con una mayor consciencia sobre el control excesivo, los planes y los detalles pormenorizados. Hasta hoy entendí que solo generan ansiedad, dolores de cabeza, de pecho y no garantizan la perfección. Lo que si producen y mucho, es una sensación de insatisfacción prolongada. Doy fé de ello.

Por ello prometí dejar que todo fluya y escapar de la compulsión de querer arreglarlo todo.   

Tomé mi acostumbrada taza de café. Uno de los grandes placeres, hace muy poco descubierto, en mi vida. Placer que junto al olor a hierba húmeda y el cantar de los pajarillos, se convierten en mi oasis personal para iniciar el día.  Defequé recién me levanté. Cosa extraña. Esto siempre sucede después de desayunar.

Luego del ritual del baño, maquillaje, peine y colocarme panti y brassiere, desayuné escuchando un audio del cuento de Charles Bukowski llamado “Se Amable”.

Siendo las 6:33 a.m. me dispuse a cocinar el desayuno de mis niñas. Todos en casa dormían, inclusive Keysi. El búho en la familia siempre he sido yo. No logro dormir mucho ni bien. Tal vez el golpe sufrido en mi cabeza, hace varios lustros atrás, al caerme de la hamaca en Chiriquí, salió años después. 

Y de pronto. Una ráfaga de frío me invadió, se me llenaron los ojos de invierno.

Me invadió una tristeza, un vacío atemporal. Pero no ese tipo de tristeza fuerte, sino una desazón llena de dudas.  “¿y si aún estuviese aquí?

6:33 a.m. en punto.

La misma hora en que mi madre hace tres meses atrás me confirmaba 

- Te espero hija, vamos a hablar con los doctores de Manuel y de paso, lo visitamos.

Visita que sin sospechar se convertiría en la última.  

Visita traducida en una despedida casi definitiva. Casi. 

Porque soy consciente que tenemos un reencuentro latente. Solo toca espera con calma y sin mucha prisa. Esa cita es inevitable, pero tampoco  me urge en afanes ir a su encuentro... 

Ya 90 días sin la presencia física de nuestro querido Manuel “El Tigre”. 90 días. Cortos, largos, tediosos, en alta con bajas, lentos, ajetreados.

Días con muchas lluvias cual lamentaciones del alma. Exceso de fríos y un calor infernal. 90 días con sustos, preocupaciones, alegrías, nuevos inicios y sorpresas.

90 días después,  la vida sigue. Sin tregua, sin espera. A la carrera. Obligándonos a seguir, empujando a cada uno de modo diferente, con sentimientos y reacciones diferentes, casi sin permitir que nos detengamos a pensar, a sentir, a llorar. Cada quien continua viviendo a su manera. Unos pocos pusieron distancias. Otros, cercanías.  Otros volvieron a su mutismo selectivo. y la vida, río impetuoso en si mismo, sigue su curso. Arrastrando miedos, soledades y fortaleciendo el amor. También eso, el amor. Y nos sentimos vivos.  

¿Seguimos vivos?  O ¿solamente fingimos hacerlo?  

Desde su muerte, siento que vivimos en un gran salón de espera. En el salón hay un gran foco blanco que corona nuestras cabezas y llena de calor todos nuestros cuerpos. Mientras esperamos podemos amar, pecar, discutir, trabajar y vivir. Es algo así como un espacio interactivo o una especie de reality show.   En este salón amplio, iluminado y pintado de  blanco, hay un gran letrero llamativo, tipo los utilizados en los baratillos de poca monta de la Central. Los que me se de memoria pues crecí en dicha área. El punto central del salón es ese letrero llamativo. Es  rectangular con fondo amarillo y bordeado con focos como una cinta trenzada. Focos todos alrededor del cuadro gigante que titiritan luces color arcoíris y dentro del cuadro parpadea la palabra Esperanza con un color azul mar. 

Siento que el Director del salón de espera nos observa, y pese a que siento su presencia, no puedo aún escuchar su voz. 

Se que estoy en esa sala de espera viendo el cuadro y me llenó de la convicción que la cita se dará y lo volveremos a ver. Y no vendrá solo. 

Sonrío. 

Lo acompañaran quienes partieron antes. 

Mis abuelos maternos, paternos, mi hermana Vanessa, mi hijo Rolandito y acudirán reídos sin entender porque acá abajo estamos aún tristes, estábamos ayer angustiados y estuvimos hoy cabizbajos fingiendo que sonreíamos más de la cuenta.   



Y siendo las 6:33 a.m. en mi cocina, frente a una paila repleta de aceite de oliva, friendo unos patacones, sentí vergüenza, cual Eva en el Paraíso y cubrí mi cuerpo con una toalla.

– ¡ Respeta!  Manuel te está observando...




Pensé en él. En su sonrisa pequeña y franca, algo ladeada, que dejaba entrever unos diminutos y auténticos dientes blancos, todos en su sitio dentro de unos labios casi imperceptibles, demasiados delgados.

Lo imaginé, puedo jurar que lo vi frente a mí, sonriendo.

Con esa sonrisa   que no regalaba a todo el mundo. 

Frente a mi. Formal, serio y hasta gruñón. Demasiado recto en sus pensamientos y tan lleno de reglas y direcciones para vivir bien, no joder a nadie y repito, vivir tranquilo. Demasiado bien para mi gusto.   

Y pensé...

En lo mucho que hemos perdido con su partida.


      En el salón blanco, vi un cuadro muy pequeño de un barco.

Estaba casi escondido en una esquina. Parecía olvidado. 

Dentro del barco estaba lleno de gente. Igual de lleno estaba el salón blanco. Pero en el barco todos permanecían muy cerca y si uno se movía, afectaba al resto.  Nadie podía caerse, porque la gente apretujada se convertia en algo asi como vigas.

Parecía un arca, pero muy pequeña. 

Entonces, entendí que la familia era ese barco. La pareja también lo es. Aglutinados en un seno pequeño, a veces con roces, sin derecho a la privacidad real y de vez en cuando, esa misma familia te hace sentir asfixiada. Pero pude verlo con claridad.

Un barco tan pequeño que nos preserva de la inmensidad del mar, de sus peligros y sus oleajes cuando hay marejada.

 A veces creemos equivocadamente que el timón en una relación lo lleva quien más ruido genera,  quien mejor organiza, el estable o aquel que está al frente del barco.

 Creemos que es quien agarra el timón y lo mimetizamos con el mismo, haciendo del timón-hombre-guía un solo sujeto. Pero el timón-ancla-estanco puede ser quien guarde más silencio, quien esté oculto, quien observa agazapado, quien infunde respeto solo con su presencia.

Así era Manuel, como esos espacios silenciosos, como esos compartimentos llenos de aire que mantienen el barco a flote, evitando que se hundan. 

Así era él. 
Su sola sombra y lento caminar daban estabilidad a la familia y su ausencia se nota, pesa y tambalean muchas vidas, aun cuando no se hable de ello o se finja no verlo.   Aun cuando finjamos que seguimos navegando sobre tormentas, sin miedo al naufragio.   

Luego sentí, unas ganas inexplicables de pensar en él. De escribir por él. Y caí en cuenta que quienes en las redes sociales escriben a sus seres queridos ya fallecidos, no les escriben a ellos. No escriben para generar likes, mucho menos para inspirar compasión u oleajes de empatía.

La realidad es que nos escribimos a nosotros mismos, a quienes hemos perdido algo con la partida del ser que amamos o admiramos. Los que hemos quedado, inevitablemente y a nuestro pesar, atrás.

Y heme aquí escribiendo a Manuel, pero sobre una base totalmente egoísta. Pensando solo en mí. Recordando que todas las noches le preguntaba a mi mamá, cada vez que ésta cerraba el teléfono 

– No me digas, ¿era Kathy?. ¿Y qué dijo hoy mi hija querida? ¿Qué cuento te echó?  

Y Zeny empezaba cual cuenta-cuentos a narrar con lujo de detalles mis aventuras (no son muchas, pero son divertidas) y surgían las risas, los comentarios, las sorpresas, los gestos de desaprobación y hasta angustias. 

Surgían conversaciones largas en base a lo que yo le conté a mi mamá y ella a su vez a Manuel. Era como el juego infantil de los dos vasos con un hilo en el medio, pero sin vaso, sin hilo, solo el amor que nos unía y mis arranques que los hacían reír.

A veces, muy pocas veces, me lo pasaba al teléfono. Él, de pocas palabras, discreto y cortante. Y yo me sentía incómoda porque surgían silencios y no sabía qué más decir. Hay momentos en los cuales no se qué decir. 

Lo que no supe en su momento fue que era un muy buen oyente y tenía toda su atención a mi disposición mientras conversábamos. Tarde muy tarde fui consciente de esto y hoy me pesa. Y me lleno de nostalgia. También de rabia. Siento que perdimos y  mucho. Perdimos tiempo sin saber que ya no habría más tiempo que perder. Abrazos, sonrisas, carcajadas y hasta debates, en los cuales jugamos a arreglar el mundo. 

Y se nos esfumaron momentos y no hay vuelta atrás.

La memoria ingrata, tarde o temprano, pasará las hojas, las arrancará o las borrará.  

Y pasaremos a ser olvido. La vida nos obligará a seguir, preparados o no.

Pienso que debió estar un rato más con nosotros y los doctores que antier miré con gratitud y  veneración, hoy los siento distantes e hipócritas. Pensaba que nos regalaron tiempo de calidad con Manuel. Hoy siento que en su falsa condescendencia nos restaron, sin previo aviso, sin compasión, momentos y conversaciones que ya no se darán.  Los imagino en sus consejos médicos fríos y cerrados, con sus batas blancas, estiradas, nunca sucias, elucubrando si él, Manuel, seguiría recibiendo visitas o si ya eran demasiadas. Tal vez imagino lo que no es. Delaciones sin sentido. Es mi imaginación febril o tal vez mi creatividad maquiavélica  teñida de paranoia.

Imagino lo que perdimos. Lo que no sucedió.  Y descubro, una vez más, que no pensaba en Manuel y en sus 90 cortos/cercanos días largos/lejanos de aquí… sino que pensaba nuevamente en mí y lo que perdí con su ausencia.

Partió un ser callado, discreto y afable dispuesto a escucharme. Dispuesto a decirme en la cara que estaba equivocada y que la vida no es como yo pienso o quiero.

Partió ese ser que te decía de modo frontal       – por allí no es la cosa, te vas a estrellar.

A un observador silente, a un estratega, a una persona sabia con sus "No, no, no, no!". 

Perdí esos ojos pequeños que muchas veces vi hinchados de orgullo, que brillaban ante el mínimo logro alcanzado por quien les escribe. 

A ese hombre sensible que amaba a mi madre sobre todas las cosas. Que la cuidaba, reconfortaba y defendía. Que la acompañaba a regañadientes muchas veces y que fingía observar con atención vitrinas en los centros comerciales, por no reconocer que no podía caminar con el vigor de sus años de mozuelo, pero sobre todo, quien hizo lo indecible por no preocuparla ni darle ningún tipo de sobresalto.  

¡Perdí a quien me bajaba mis rabietas con una sola sentencia, 

– Aquí no Kathia o te vas!

Perdí a ese padre que en las reuniones familiares le gustaba sentarse cerquita de mí, pese a mi desboque, vulgaridad, desenfado y desenfreno.  Siento que lo asustaba y a la vez lo entretenía. Es que siempre sonreía a mi lado, a pesar que muchas veces no estuvimos de acuerdo.

Perdí a ese amigo, que cuando tenía problemas, iba a mi casa, sin previa invitación.

- ¿Cómo va la cosa y qué piensas hacer? y esperaba con parsimonia extrema mi respuesta.  Se sentaba y me ponía su mano grande en el hombro y me hacía sentir paz. 

(Si la casa de Monte Oscuro hablase, me diría que Manuel tiene un sitio importante en el Cielo… )    

Perdí el único que le comentaba a mi mamá 

– Kathy es bien fotogénica. Tu hija en persona es otra cosa!

Perdí a un hombre que lloró cuando mi madre estuvo en cama grave y que no derramó una sola lágrima ni mostró preocupación cuando le tocó su turno de estar enfermo. Que recibía con una sonrisa sus visitas en el hospital, pero de modo selectivo. No a todos quiso recibir... Fuí de las pocas afortunadas. 

Valiente, tranquilo y bromista. Estoico y optimista. Preocupado por todos hasta el final. En cama, en espera, con una sonrisa. Siempre anhelando volver a casa.    ¡Y volvió!

Con su partida, perdí algo de identidad, algo de ilusión y de mi mundo mágico.

Me estrellé con un oleaje de sensibilidad desconocida en mí y tuve que remontar sin preparación alguna una ráfaga abierta de realidad. Gané enfoque. Eso que se llama madurez. Eso creo. Eso dicen por allí quienes me conocen.  

También gané el valor de la palabra empeñada, el cumplimiento de una promesa. 

Palabra y promesa, lo único de valor auténtico que tiene el hombre.

Gané la convicción y la esperanza inequívoca que ambos estamos, por ahora, en mundos paralelos.


Mundos no tan distantes como lo creemos, que se unirán cuando  nuestro Hacedor así lo decida en un mismo plano. 

Manuel, la promesa aquella sigue hoy  en pie.  

Gracias por la invitación a cumplirla antes que la memoria ingrata, tarde o temprano, destruya mis hojas y me obligue a ser olvido.