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lunes, 19 de mayo de 2025

Ella tiene su casa, no tu permiso

Para ti, M.,

Amiga del alma y alas convertidas en mujer.  

(Y para todas las mujeres que lo han logrado!) 

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Consiguió su casa con esfuerzo. 

La soñó, la trabajó, la sudó. No fue suerte ni fue herencia, fue desvelo.

Cada pared tiene una historia de lucha, con trabajo y mucho esfuerzo. Cada mueble fue comprado con horas de silencio y soledad, cada rincón guarda la dignidad de una mujer que no le pidió nada a nadie. Cada pared la levantó sola. No hubo nadie que la mantuviera, nadie que la rescatara. Se rescató sola.

Pero ahora que la tiene, parece que para algunos hombres eso es una provocación, resulta que algunos creen que esto les da algún tipo de ventaja o derecho. A tocar. A entrar. A quedarse. A sentirse cómodos y amañados. 

Como no tiene marido, creen que está sola. Y como vive sola, asumen que está esperando que alguno se meta dentro de sus sabanas y le quite la llave de entrada. No solo esperan acceso a su casa. También a su vida. También a su cuerpo.

Como si el solo hecho de que una mujer tenga su espacio significara que está esperando uh hombre.

Como si no tener un marido significara estar incompleta, abierta, disponible.

No. No señor. No está nadie invitado. No está bienvenido.

No le interesa la compañía permanente de un “macho”, ni su flojera ni sus ganas de tener cama, techo, comida y cuerpo sin mover un solo dedo.

Qué cómodos se han vuelto algunos hombres…

Se acercan con sonrisas baratas, con palabras gastadas y gestos repetitivos.

Te invitan a “compartir la vida” cuando en realidad lo que quieren es que tú los mantengas.

Se invitan solos, sin previo aviso, como si su techo fuera una posada, como si su independencia fuera una señal de necesidad. Pero no entienden nada. No entienden que ella no está sola, está completa. No está esperando, está viviendo. 

Su casa no es un premio para el vago que no tiene ganas de esforzarse por tener la suya.

Se creen regalo, pero son carga.

No aportan, pero exigen.

No respetan, pero demandan amor, atención y cuidados.

Y lo peor no es que lo intenten. Lo peor es que lo hacen con la seguridad de que tienen derecho a entrar, estar y quedarse de modo indefinido. (Lo mas grave no es que entren, sino que muchas veces te sacaran de tu propia casa...)  

Como si ser hombre fuera una llave universal que abre puertas, piernas y corazones.

No señor.

Y así se acercan, sin vergüenza, queriendo cama, comida, sexo y techo. Sin aportar nada, sin respeto, sin compromiso. Hombres que quieren aprovecharse del trabajo de una mujer porque no soportan ver que una pueda más que ellos.

Su casa no es suya.

Su cuerpo no es suyo.

Su vida no lo necesita.

Esta sola, sí. Pero no está vacía.

Esta sola porque quiere, no porque le falte algo.

Esta sola porque a veces es más digno estar sola que compartir el techo con alguien que solo viene a chupar como rémora lo que con esfuerzo construyò. 

Y si no lo entienden, lo repito:

Ella no necesita un hombre. Necesita que la dejen en paz.

Porque tener casa no es una invitación.

Vivir sola no es una señal de “entrada”.

Su libertad no es una rendija para que nadie se cuele.

Su silencio no es una falta ni un irrespeto. 

Es paz. Es elección. Es respeto y amor propio.

Así que no, no se metan más.

Ni a su casa, ni a su cama, ni a su vida.

No están invitados.


Y aunque no lo entiendan, no les debe explicaciones.

Porque ya tiene todo lo que necesita:

Paz, techo, fuerza, espacio…

Y libertad.


Vivir sola no es estar disponible.

Es ser libre.

Y estar orgullosa de serlo.

martes, 29 de abril de 2025

"No me enfermes con lo tuyo"

 

continuación de NO CULPABLE.


Tu mierda no es mi carga.

Tu odio no me va a pudrir.
Tu trauma sin resolver no va a ser mi cárcel.

No me infectes con lo que no has curado.
No me heredes tu guerra,
yo he aprendido a no morir por batallas que no me pertenecen.

Tu falta de perdón no será mi condena.
No será mi cadena.
Tu oscuridad no apagará mi fuego.

Porque yo elegí sanar.
Y para eso, tuve que soltar —aunque duela—
todo lo que tú aún aprietas con furia.


Lidìa con lo tuyo.
Yo ya me estoy curando.
Y no pienso sangrar por lo que tú no te atreves a mirar.

Y  no .
No me vas a intoxicar.
No voy a cargar tu sombra para que no te sientas solo en la oscuridad.
No soy responsable de lo que decidiste no sanar.

Mi silencio no es culpa,
es defensa.
Mi distancia no es desprecio,
es supervivencia.

Que te quede claro:
yo vine a romper cadenas, no a heredar las tuyas.

Y esta vez, 

la historia termina conmigo

y empieza en mí.

 

miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.