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miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.

viernes, 22 de mayo de 2015

Recién caí en cuenta....

   
 Conforme fuí creciendo y mis amigos imaginarios paulatinamente se alejaron de mí sin razon aparente, nuevas rarezas surgieron en mi mente.

Ideas, creencias, sueños, inventos, los cuales defendía como "mi verdad".

Verdades que desconozco de donde las saqué pero que creí a capa y espada  y que defendi como solo yo lo puedo hacer, con vehemencia y pasión absolutas...

    Era fiel creyente en mi primera niñez y temprana juventud, de que todo se podía comprar.
Absolutamente Todo!

Desde un par de manzanas hasta las personas.
En especial, las personas.

Sentia que si al crecer compraba a un hombre, no solo con dinero, sino con el ofrecimiento total de mi cuerpo, caricias, mi tiempo, mis  atenciones, brindando detalles, siendo leal de modo extremo, condescendiente y casi arrastrada, besando el piso por el cual caminase... en fín, dispuesta totalmente a sus pies, ésto me garantizaria conseguir un compañero totalmente dispuesto a hacerme feliz, no contradecirme y actuando como  mi mascota fiel....

Que tendría con un chasquido de mis dedos la fidelidad, el buen humor, sexo constante, compañía permanente y sobre todo lealtad ciega, a toda prueba.

El efecto de comprar un hombre no significaba necesariamente obtener a un ser inteligente, estable, maduro y mucho menos al clásico hombre proveedor o cuidador de mi vida.  Quería más bien,  ir a una repisa... La repisa de la vida y decir, sin más ni más,  "Este me lo llevo! Cuanto cuesta?"

Y pensaba que al crecer, era lógico que me comprase un carro, una mascota, una casa y un hombre. Todo tal cual, en ese respectivo orden y en cierta manera lo logré, aunque mi plan nunca se pareció a mis sueños ni remotamente... Fracasó... incluso antes de iniciarlo.

También creía que los hijos o hijas llegaban  por un acto de
cuasimagía, de un hombre perfecto, casí zombie: mudo, sin aspiraciones salvo estar a mi lado, sin opiniones ni criterio alguno, con excelente sentido del humor quién solo se dedicaría a hacerme inmensamente feliz provocando en mí sonrisas, paz  y satisfaccion.

Pensaba, ilusamente, que al crecer, prescindiría de mis dedos índice y medio derecho, pues con "el hombre que comprase"  los orgasmos "a la carta", solicitados u ofrecidos de manera espontánea, estarían plenamente garantizados.  

Tarde me dí cuenta, luego de muchos tropiezos, caidas, porrazos, que esta invención de "comprar personas" era en realidad una formula perfecta para el fracaso.

Era, y de hecho fue un camino directo al sufrimiento garantizado.

Que el querer comprar a las personas, sobre todo a mis parejas, era una invención basada en una pobre autoestima, en pensar que no merecía nada bueno, que no era capaz de generar en nadie  un auténtico sentimiento de amor, deseo o cariño o por lo menos atracción.

Invención, valga la redundancia, inventada por mí para hacer más llevadera mi realidad interior, que me avasallaba, cuestionaba y humillaba de manera incesante desde entonces.


También pensaba que tener un compañero era la ruta segura para engendrar mis propios hijos. Hijos que solo serían "mios" ya que los pariría con todo el dolor y la parafernalía bíblica que me daba de manera casí inmediata, desde la concepción,  el Poder y autoridad para declararlos de mi absoluta posesión.

Recién caí en cuenta, con casi medio siglo a cuestas, que el amor no se compra, no se obliga ni surge de la presión, la persecución o inspirando lástima.
Que inclusive, la lealtad y fidelidad permanente no te garantiza obtener de vuelta lo mismo.

Que el amor que ofreces no obliga a nadie a quererte. No tiene porque ser recíproco y mucho menos de igual intensidad o cantidad.
Aprendí  más bien que el Amor te libera de ataduras, miedos y problemas no resueltos para lograr finalmente ser, actuar y crecer conforme el camino por el cual tus propios sueños te quieran llevar, acompañada o sola.

Recién caí en cuenta que el compromiso y el cambalache no es real. Son solo una fantasía inventada por la sociedad.

Que solo te perteneces y sobre ti misma puedes gobernar.
Que nadie, ni los hijos ni tu compañero de vida te pertenecen. No son tu posesión ni siquiera estan obligados a permanecer a tu lado. Pueden amarte y a pesar de ello, no entenderte... Pueden amarte y a pesar de ello, no aceptarte...
Cada quien, lo quieras o no, hace su propio camino  y solo eres responsable del tuyo propio al andar. Solamente tú, dibujas tus sendas, marcas tu ruta y defines tu destino.

También recién caí en cuenta que hay relaciones condenadas al fracaso. Relaciones de todo tipo, familiares, amistosas,  amorosas o de negocios, con un inicio incierto y un final aún peor.

     Que hay que aceptar que es más que probable que quien no te quiso, nunca te querrá.
Que quién no te acepta, jamás lo hará y que hay relaciones que no vale la pena, la angustia ni el intento tratar de enmendar.

Que sin rencores ni llantos ni lamentos, sin ganas de vengarte,  hay historias, personas  y lugares que es mejor ignorar, que lo ideal es pasar la página o si se puede, arrancarla del libro de nuestra vida y olvidar que alguna vez existieron.


.... y en cuanto a mis ideas.... En cuanto a fábulas y mitos, creía en la existencia de los duendes. Aquellos seres feéricos, jovencitos, infantiles, hermosos, engatuzadores, de clara piel, cabellos hermosos, mirada picara, carita traviesa y malevolamente seductores, que aparecían en parajes solitarios y encantaban a los niños o niñas sin bautizar llevandóselos lejos de sus familiares, a quienes más nunca lograban volver a ver.

Lo cierto es, que inicialmente pensé que solo habitaban en los bosques lejanos, frondosos del interior de mi país, tales como la montaña imponentemente tenebrosa que se veía a lo lejos desde la casa de mis abuelos en Chiriquí...
Pero prontamente comprendí que estos seres hermosos, carismáticos y aberrantes habitan mundos propios no muy lejanos del nuestro. Que existen en las ciudades, discotecas, universidades e iglesias. Que se agazapan en cualquier esquina fingiendo atenciones para hacerte perder el camino y alejarte en forma definitiva de tu familia, que son de carne y hueso, que besan, acarician, enamoran, prometen y penetran.

Que mienten, engañan y lastiman.   Que se llevan a algunas mujeres con almas de niñas ingenuas. Que pierden a aquellas que malamente creen en el Amor!!! Que los he visto Yo! Lo he conocido!
Y he caido en más de una ocasión en sus embrujos seductores para mi bien inmediato y mi mal a largo plazo.
Que no fue fantasia, que no fue invento... que madure a destiempo, adelantada a mi época, para mi bien, y repito, para mi mal.

Por tanto, esa creencia infantil de la existencia de los duendes aún la mantengo, pero no como seres diminutos de las quebradas y
riachuelos.

No escondidos en cuevas llenas de oro ni con voz de canto angelical.

Y así fuí yo... Inocente, crédula, ingenua.... Soñadora, enamorada y pícara.... Soñando de niña, de adolescente, de mujer joven, jugando a crecer, creyendo en cuentos, fabulas, ideaciones, fantasias e inventos.

Soñando con crecer rápido, en hacerme prontamente mujer  y hacer realidad todas mis metas, absurdas o no.
Creyéndome incapaz de tener fé en mi misma, pero al mismo tiempo y de modo totalmente contradictorio, soñando con conquistar el mundo.

Endeble, nerviosa, frágil e insegura, enfrentándome, como todos, a un mundo lleno de posibilidades, al cual tenia miedo y de más está decir, curiosidad...

Hoy con casí medio siglo a cuestas, añoro esos tiempos. En que la inocencia y la fantasia eran mi norte. En que me creía capaz de cambiar situaciones, personas e historias solo con mi propio poder mental.
Que ilusa era entonces, pero también que llena de vida, de esperanzas y alegria... Tanto, que de vez en cuando pienso en regresar! y claro que regreso.... usando mi poder mental.