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viernes, 11 de julio de 2025

EL CHOQUE.

Voy por la vía correcta.

No hay letreros de alto.
No hay señales de advertencia.
¿Para qué frenar?
¿Por qué tener precaución si conozco la calle?

La ley me asiste.
El sentido común me acompaña.
La suerte... la razón, quizás, me sonríe.
Y la voluntad de Dios me permite seguir.

Voy feliz.
Pensando: “Este será mi día”.
Mi momento.
Mi hora buena.
El punto exacto en el mapa donde todo está bien.


Pero de pronto, sin aviso,
sin anticiparlo: un golpe brutal.
Seco.
Violento.
Inesperado.


Un carro viene de la derecha.
Salido como alma que no es de Dios.
No miró.
No pensó.
Rápido. Como un animal desbocado, me enviste.

Me enviste con la fuerza de quien ignora el respeto,
sin precaución, sin lógica, sin freno.
Como si yo no existiera.



Mi auto gira, da vueltas,
se convierte en trompo.
Ruleta.
Danza salvaje sin música ni control.

Y mientras ruedo, como en cámara lenta,
mientras el mundo se desarma en colores rotos,
mi mente se abre a un espacio entre el caos y la conciencia.

¿Es suficiente manejar bien?
¿O hace falta también leer mentes,
detectar miedos ajenos,
intuir intenciones ocultas tras un volante?  

¿Se puede prevenir el caos?
¿Anticiparse al otro?
¿Adivinar sus ganas de morir o de matar?
¿Se puede huir de quien te hará daño?
¿O el destino se burla de nuestras precauciones?

Filosofía urgente de segundos que saben a semanas, que parecen años.
Reflexiono entre las vueltas. Y me aboco a mí.

¿Fui justa?

¿Hice reír? ¿Fui útil?
¿Cumplí con lo que debía?
¿Qué dejé sin hacer?
¿Qué debí decir más fuerte, más claro, más de frente?
¿Amé con la intensidad que exige la vida?
¿Dejé huellas o solo pisadas que el viento borrará?

¿Y si este es mi final…?

Me asalta una duda punzante:
¿Mi ángel de la guarda...? ¿Estaba cansado ya?
¿Se distrajo? ¿Se hartó de protegerme?
¿Se hartó de mi ceguera?
¿Decidió que era hora de soltarme?

Y me pregunto, por los otros, por ti, por ellos, por él:
¿Alguien me extrañará?
¿Qué extrañarán de mí?
¿Quién me llorará?
¿Mi risa? ¿Mis enojos? ¿Mis historias largas y mis silencios tercos?
¿Mis abrazos, mis reuniones, mis canciones favoritas?
¿Mis caderas, mi olor, mis jadeos?

¿Quién dirá mi nombre en voz baja, con un nudo en la garganta?
¿Dirán algo frente a mi féretro...?
¿Confesiones tardías...?
¿Alguien se acercará, sin consuelo, a decirme lo que nunca se atrevió?
¿Tú llorarás, mientras otro respirará en paz?

¿Se hablará de mí con nostalgia o con alivio?
¿Seré un punto de sal ante el mundo?
¿Dejaré un legado?
¿O solo un perfil congelado en redes sociales...?
¿Una enseñanza, una frase que alguien repita alguna vez como si fuera suya?

¿Imprimirán fotos mías...?
¿Bailarán por mí...?
¿Fornicarán en mi nombre?
¿Brindarán con ron?, lanzando un poco al suelo: 
"¡Por ella, la loca, la valiente, la terca, por la que ya no está!"

Y la gente…
¿Se llenará la iglesia de hipócritas...?
¿O será un solar vacío con mi madre e hijas…?

¿Mis hijas ya están listas para seguir sin mí?

¿Mi madre podrá resistir este adiós?

¿Mi muerte pesará...?
¿O pasará como una hoja suelta en el ruido del mundo?
¿Se sentirá mi partida como un derrumbe?
¿Seré una noticia más en el hilo de la vida ajena?
¿Mi muerte impactará más que a mí misma, que la perdí de golpe?


Y en medio del giro, del giro y del giro,
en ese vaivén hacia lo incierto, entiendo que somos frágiles.
Y que se me acaba el tiempo.
Y que un solo suspiro nos separa de la eternidad.

¿Cuánta incertidumbre cabe en un vuelco?

¡Cuántas ganas de vivir siento muriendo!

Y si no sobrevivo…

cuando el carro finalmente se detenga…
cuando todo quede en silencio…
cuando el mundo se vuelva a poner de pie,
cuando esté rodeada de fisgones grabando el suceso,
llorando por una extraña vuelta,
nada en la nada...


¿Qué quedará de mí?
¿Quedará de mí algo más que el eco?

Ojalá al menos quede intacta.

Maquillada.
Bien peinada.
Con el brassiere sujeto
y el panti cubriendo mi abdomen.

Para que quienes me vean digan:
"Qué joven. Qué guapa. No merecía irse así."

jueves, 24 de abril de 2025

Lo que no hice contigo.


Dedicado a esa niña que sigue esperando, a la que hoy le he dado voz.
La que busca sentirse en casa.
la que añora también cobijo.                                    
La desterrada.                         
Estoy aquí, si quieres sigue.                                                            Entra.  
Si quieres escribe, canta, baila.                                                
Si quieres solo quédate en silencio.                                                Si quieres llora. Sueña.
Sea lo que sea… no estás sola.  
Nunca más lo estarás.

En mi mente atesoro los momentos en que, a la hora de salida del colegio, papá me esperaba en su flamante Oldsmobile de la época.
Corría a sus brazos como leona a su presa, y nunca erraba: me atrapaba en el aire, con destreza, maleta, lonchera y cuanto accesorio escolar cargara. Siempre me sentía su niña. Su niña y él, mi protector. 

Mientras bajaba el tráfico, nos sentábamos dentro del auto. Allí me esperaba un gran pedazo de pan dulce y un tercio de leche. No era comida sana, pero no importaba. Era nuestro momento costeado con veinticinco centavos. Tiempo de risas, confidencias y juegos antes de llegar a casa.

Mi mamá.
Siempre risueña, ansiosa por nuestra llegada, nos esperaba en planta baja, con su vestidito rosa y un estoico delantal blanco ceñido a su diminuta cintura. Impecable, a pesar de cocinar manjares todos los días, tres veces al día, sin detenerse ni quejarse.


Apenas entrábamos, se turnaban para llenarme de besos. Querían saberlo todo. Y yo, entre risas, volvía a contar mis aventuras del día, sin que ella supiera que papá ya conocía cada detalle. Era muy celosa, así que no le decíamos que llegaba tarde al cuento.

El olor a almuerzo calientito nos guiaba hasta la mesa. Sentarnos, tomarnos de las manos y rezar era un ritual infaltable.

Recuerdo las manos tersas y pequeñas de mamá. Cosía para amigos, vecinos y familiares, pero no tenía un solo pinchazo. Sus manos eran de seda, con uñas cortas y pulidas, siempre en rosa pálido: su color permanente, como su amor por nosotros.

Con una mano acariciaba mi cabello, con la otra jugaba con los rizos de papá, contándole las canas prematuras como si leyera un poema. El almuerzo duraba horas. Comíamos entre risas, juegos y charlas que hacían del comedor nuestro pequeño mundo feliz.

Con el vientre hinchado como sapo de río —de tanto comer, beber y reír— llegaba la hora del cuento.

En el jardín del patio trasero, teníamos una hamaca enorme donde cabíamos los tres. Yo, al centro, escuchaba a papá leerme cuentos inventados desde un libro con páginas en blanco.

Decía que las letras eran invisibles, pero que él podía leerlas porque tenía ese superpoder. Yo fingía creerle. Él fingía que no lo notaba. Amor mutuo, disfrazado de juego.

Después venía la hora de estudio. Mamá me tenía todo listo en el cuarto:


libros revisados, tareas señaladas, lecciones subrayadas. Una hora y media exacta.
—“A la escuela no se va a memorizar. Analiza, Elena. Quédate con lo que tu lógica entienda”, decía papá.

Mientras estudiaba, ellos comían postre, conversaban, leían el periódico o se daban besos. Lo sé, porque un día terminé antes y los vi. Se trataban como novios de escuela.

La última media hora, entraban con sus interrogatorios. Me evaluaban con juegos, con preguntas, con humor.

Al caer la noche, jugábamos Monopolio, ajedrez o “cuenta-palabras”. Tambien bailábamos papá y yo. Mamá tomaba fotos.

En casa se veía poca televisión.
—“Mata las neuronas si se ve demasiado”, decía mamá.
—“Puedes verla, pero no pongas novelas”, replicaba papá. Era lo único en que no se ponían de acuerdo.

Después de la cena, me alistaba para dormir. Mi cuarto olía a sábanas recién lavadas, a nuevo, a amor. Mamá me cubría con edredones gruesos —soy friolenta— y juntos rezábamos los tres, tomados de la mano.

Casi nunca soñaba.
No hacía falta.
Mi realidad era mejor que cualquier sueño.


Pues bien, heme aquí, con casi 55 años, y un equipaje lleno de historias que nunca sucedieron. Y aun así, las extraño.


¿Se puede extrañar lo que no fue?
Sí. Y mucho.

Porque en el fondo, esa casa de paredes imaginarias me sostuvo más que la real.

El tiempo es un rufián. Presuroso y despiadado, se burla de los recuerdos que atesoro, que no son más que fantasías fugaces. Como esa estrella que cruza el cielo y, al verla, cruzas los dedos… y nada sucede.

Con el tiempo, entiendes que a veces te cumple lo contrario de lo que pediste.

Heme aquí, esperando un milagro. Repasando todos los escenarios vividos, creyendo que puedo desandar los pasos, plagiar la memoria y alterar los hechos. 

Pensando que con un pestañeo puedo enderezar los surcos escabrosos del pasado.

Aún conservo esa terquedad infantil que cree que, por la fuerza de mi interior, todo podría ser distinto.


Vana ilusión.

Estéril decepción.
Ingrato rebecueco mental.

Sigo esperando ver un álbum lleno de fotografías inexistentes. Fotos con caricias nunca dadas, historias jamás contadas, ojos dilatados de orgullo y amor. Fotos sin espaldas infinitas, sin labios fruncidos, sin miradas duras luego del golpe.

Aquí permanezco, en ese limbo entre lo que fue y lo que con el alma rogué que fuera.

Y no es fe. Ni esperanza.

Es un duelo en cámara lenta. Es negarse a soltar la historia que no fue. ¿O sí fue, y los otros la vivieron distinta?

Soy una niña que, ya mujer, sigue esperando repetir aquello que nunca vivió.

Sigo esperando, como mujer de marinero, que las aguas bajen y su barco llegue al muelle.


No al de San Blas. 

Al mío.

A ese pequeño puerto de mi alma donde el amor —aunque inventado—
nunca naufragó.

Porque hay historias que no suceden... y, sin embargo, nos salvan igual.

miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.

viernes, 21 de noviembre de 2014

A once años de tu partida...

Querido hijo, desde que supe de tí, "todo absolutamente todo" en mí cambió. Mi pequeño mundo giraba en torno a tu llegada,  pendiente a si te movias o no, a si estabas creciendo bien semana tras semana e imaginarme con certeza y apostar (aunque no lo sabía en aquel momento) que quien venía en camino era un "niño". Y no me equivoqué...

Quise vivir cada día de mi embarazo con emoción.               No perderme detalle alguno. Sentía una gran valentia y positivismo sobre la hora del parto, queriendo ser yo la que te trajese al mundo, con mi energía, despierta y consciente. Soñaba con que estarías orgulloso de tener una mamá tan valiente. En fin, una madre coraje!!! ... pero las cosas a veces no suelen ocurrir como se han soñado... Ambos lo sabemos muy bien.

Mi niño, a once años de tu partida, necesito hacerte llegar esta carta para que recuerdes lo mucho que te amo y aún recuerdo. Aunque ha pasado tanto tiempo desde que sorpresivamente dejaste de respirar y latir dentro de mí y aún cuando reconozco lo ilógico que es, siento como si no te hubieses ido. Es que todavia no me lo creo. No lo admito. No lo acepto.  
Mi culpa no permite que me resigne del todo a saber que te perdí, que mi cuerpo no fue lo suficientemente apto, hábil, sano y sobretodo fuerte para sostenerte con vida, para permitirte nacer.

Necesito que sepas que moría de ganas por conocerte, saber que sentiría cuando te tuviese entre mis brazos, tu expresión cuando me vieras, oirte reir, palpar la textura de tu delicada piel, reparar tus deditos, consolarte cuando llorases y amamantarte. Deseaba saber que cúmulo de emociones sentiríamos mutuamente al conocernos...y no se dió ninguno de esos momentos...

Estaba henchida de orgullo por ti, por mí y por tu papá. Fuiste un bebe esperado con ansias y mucho amor. Fuiste mi primer gran proyecto en firme, en común con otro ser humano. Hacerte y mantenerte dentro de mí no fue comparable a ninguna otra actividad realizado por mí hasta esa fecha.

Ningún otro hecho... como el de tu muerte, me ha catapultado a sentir tanto dolor, impotencia y desesperanza.  Tu ausencia aún carcome mi mente y corazón pues nada pude hacer para evitarla...

Estabas dentro de mí y te amaba, te esperaba y creí falsamente que te cuidaba....pero no... no pude salvarte ni logré retenerte a mi lado.

A veces, solo a veces, pienso que no me querias como madre. O tal vez, no querías como padre al hombre que en ese momento escogí para engendrar a mi primer hijo.

En mi afan de culparme, pienso que la vida, el Destino, nuestro Dios o un Poder Superior, no me quiso bendecir en aquel momento con el regalo de ser madre, tal vez porque no me lo merecía por mi mediocridad, por no ser feliz, sabiendo que no podría darte lo que no poseía...
Sea cual haya sido la razón de tu interrumpida llegada y precipitado adios, no me conformo a estar sin tí. 

En su momento, tu papá, mi familia y todos me cuestionaban, (y se que aún lo hacen), el por qué pienso en tí... Preguntan, qué extraño, porqué me duele tanto... si tú y yo no compartimos "nada".... Que no tengo nada que extrañar, absolutamente nada..... y todos actuan como si no hubieses existido.  Quieren que volteé la página y siga mi camino, con mi presente a cuestas, buscando mi futuro y enterrándote nuevamente a tí, en mi pasado con tus recuerdos dentro.

Están tan equivocados! Tengo tanto que recordar... sobre todo, nuestras emociones, ilusiones y sueños...
Los recuerdos que teníamos en "común", nuestros secretos, nuestra realidad...

El recuerdo íntimo del conocimiento de tu llegada, el ponerte un apodo de cariño, las compras propias de la  maternidad, tus muebles y ropita, las visitas periódicas al ginecólogo, el aumento de mi panza a la velocidad de la luz, la negritud y dolor en mis pezones, la aparición de la línea alba en mi panza (que la descubrió tu papá), el dar la noticia de tu presencia a mi madre, a tu papá, a mis mejores amigas y amigos y a las únicas cuatro compañeras de trabajo que toleraba en aquel momento, el reirnos al ver la cara de susto y sorpresa de "admiradores" al verme pipona, el escuchar música con audífonos en la panza para que la disfrutaras más, el bailar pegados nosotros tres música romántica para acunarte, las largas conversaciones en solitario que manteníamos tú y yo, la decisión y elección de tu posible nombre (Rolando Ameth si eras niño o Stephania Claudette si resultabas niña), la sensibilidad que emergió en mí por todo lo bello y tierno, el oir tus latidos por primera vez y sobre todo el sentir tus movimientos...

El llorar de felicidad solamente por sentirte en mí!!!  Aún recuerdo con inusitado detalle lo impactante que fue para mí hace once años el verte por primera vez y dos veces más en esas pantallas mágicas llamadas ultrasonidos.

 
También extraño lo que pudiste llegar a ser. Los planes que tenía para tí. Me duele toda la intención y las ganas inmensas de hacerte sentir especial y querido para que fueses un niño feliz. Suelo imaginarme con nostalgia como habrían sido nuestros juegos, paseos, conversaciones, el enseñarte a pintar  y las lecturas de cuentos a la hora de dormir...


 Hecho de menos el no haber
podido verte como hermano mayor, el haberme perdido cada uno de tus momentos al ir creciendo junto a tus dos bellas hermanas.

El no haber podido escuchar tu tono de voz decirme tan solo una vez "mamá", secar tus lágrimas ni curarte con besos un raspón al caerte.  Detesto no tenerte en albumes familiares, el no estar en este momento celebrando que terminarias ya tu sexto grado, el no conocer tus novias... Extraño esos momentos que nunca se dieron y me duelen en el alma.

 Todo ésto nos unió, nos hizo sentirnos cómplices de una misma historia, una misma realidad, una misma pasión. Eramos el uno para el otro. Que no lo entiendan, no es nuestro problema.

Quería que me conocieras, que supieses todo de mi, que entendieses que soy una mujer como cualquier otra, un ser común con defectos de carácter y muy pocas virtudes, pero que te ama con locura....
Que me perdonases porque había cometido muchos errores antes de tí...  y tras tu partida, los seguí cometiendo....   y aún asi insisten en estrujarme con maldad en mi cara que "nada hubo entre tú y yo"....

Me duele mucho el haber perdido todas esas sensaciones, el que se me hayan arrebatado tantos sueños, el que no me alcanzó mi claustro para protegerte...


Nunca alcanzaré a comprender cual es el mensaje oculto de esta separación intempestiva...  de este amor inconcluso. No se qué es lo que Dios necesitaba que yo asimilará o aprendiese, salvo que me ha dejado mucho dolor y un sinsabor de que ninguna experiencia en mi vida (ni tener un bebe) ha sido fácil para mí.

     Tal vez, mi mayor error fue esperarte con demasiadas ganas y pretender que tu llegada dependia solamente de mi. Creer que tu sola presencia me haría feliz.   Quizas, tú querias una mamá que por sí misma y por sus propios logros, fuese feliz y que no dependiesde completamente de ti. Tal vez sentiste que era una carga muy pesada para tí y decidiste partir antes de nuestro encuentro.... Realmente nunca entenderé que te motivo a alejarte y por eso no puedo dejarte ir del todo.

Sé que nadie me entiende cuando digo que algo dentro de mi también murió el día que te fuiste, pero eso ya poco importa. Lo único que importa es que fuiste una realidad dentro mi y en mi vida por casí seis meses. Que tocaste cada aspecto de mi mundo para bien, llenándome todita de amor.  
Me hiciste sentir y actuar con más conciencia y mucha más tolerancia hacia los demás y esto siempre te lo agradeceré.

Desde tu partida, valoro situaciones que antes me parecían estúpidas y hasta ilógicas. Me enseñaste que no basta tener un bebe para completar tu vida o porque ames a un hombre o por dejar una huella, sino que para tener un hijo hay que despojarse de  espejismos y de bases fangosas...   Aprendí que para ser madre tenia que crecer aún poco más, conocerme y perdonarme.... solo así podría ser buena madre para tus dos hermanas...

Nunca podré olvidarte, no lo necesito, tampoco lo deseo...

Te quiero mucho mi pedacito de cielo, te extraño y aún te pienso, 

Se Despide Mamá, con la confianza en Dios que nos volveremos a encontrar.