jueves, 24 de abril de 2025

Lo que no hice contigo.


Dedicado a esa niña que sigue esperando, a la que hoy le he dado voz.
La que busca sentirse en casa.
la que añora también cobijo.                                    
La desterrada.                         
Estoy aquí, si quieres sigue.                                                            Entra.  
Si quieres escribe, canta, baila.                                                
Si quieres solo quédate en silencio.                                                Si quieres llora. Sueña.
Sea lo que sea… no estás sola.  
Nunca más lo estarás.

En mi mente atesoro los momentos en que, a la hora de salida del colegio, papá me esperaba en su flamante Oldsmobile de la época.
Corría a sus brazos como leona a su presa, y nunca erraba: me atrapaba en el aire, con destreza, maleta, lonchera y cuanto accesorio escolar cargara. Siempre me sentía su niña. Su niña y él, mi protector. 

Mientras bajaba el tráfico, nos sentábamos dentro del auto. Allí me esperaba un gran pedazo de pan dulce y un tercio de leche. No era comida sana, pero no importaba. Era nuestro momento costeado con veinticinco centavos. Tiempo de risas, confidencias y juegos antes de llegar a casa.

Mi mamá.
Siempre risueña, ansiosa por nuestra llegada, nos esperaba en planta baja, con su vestidito rosa y un estoico delantal blanco ceñido a su diminuta cintura. Impecable, a pesar de cocinar manjares todos los días, tres veces al día, sin detenerse ni quejarse.


Apenas entrábamos, se turnaban para llenarme de besos. Querían saberlo todo. Y yo, entre risas, volvía a contar mis aventuras del día, sin que ella supiera que papá ya conocía cada detalle. Era muy celosa, así que no le decíamos que llegaba tarde al cuento.

El olor a almuerzo calientito nos guiaba hasta la mesa. Sentarnos, tomarnos de las manos y rezar era un ritual infaltable.

Recuerdo las manos tersas y pequeñas de mamá. Cosía para amigos, vecinos y familiares, pero no tenía un solo pinchazo. Sus manos eran de seda, con uñas cortas y pulidas, siempre en rosa pálido: su color permanente, como su amor por nosotros.

Con una mano acariciaba mi cabello, con la otra jugaba con los rizos de papá, contándole las canas prematuras como si leyera un poema. El almuerzo duraba horas. Comíamos entre risas, juegos y charlas que hacían del comedor nuestro pequeño mundo feliz.

Con el vientre hinchado como sapo de río —de tanto comer, beber y reír— llegaba la hora del cuento.

En el jardín del patio trasero, teníamos una hamaca enorme donde cabíamos los tres. Yo, al centro, escuchaba a papá leerme cuentos inventados desde un libro con páginas en blanco.

Decía que las letras eran invisibles, pero que él podía leerlas porque tenía ese superpoder. Yo fingía creerle. Él fingía que no lo notaba. Amor mutuo, disfrazado de juego.

Después venía la hora de estudio. Mamá me tenía todo listo en el cuarto:


libros revisados, tareas señaladas, lecciones subrayadas. Una hora y media exacta.
—“A la escuela no se va a memorizar. Analiza, Elena. Quédate con lo que tu lógica entienda”, decía papá.

Mientras estudiaba, ellos comían postre, conversaban, leían el periódico o se daban besos. Lo sé, porque un día terminé antes y los vi. Se trataban como novios de escuela.

La última media hora, entraban con sus interrogatorios. Me evaluaban con juegos, con preguntas, con humor.

Al caer la noche, jugábamos Monopolio, ajedrez o “cuenta-palabras”. Tambien bailábamos papá y yo. Mamá tomaba fotos.

En casa se veía poca televisión.
—“Mata las neuronas si se ve demasiado”, decía mamá.
—“Puedes verla, pero no pongas novelas”, replicaba papá. Era lo único en que no se ponían de acuerdo.

Después de la cena, me alistaba para dormir. Mi cuarto olía a sábanas recién lavadas, a nuevo, a amor. Mamá me cubría con edredones gruesos —soy friolenta— y juntos rezábamos los tres, tomados de la mano.

Casi nunca soñaba.
No hacía falta.
Mi realidad era mejor que cualquier sueño.


Pues bien, heme aquí, con casi 55 años, y un equipaje lleno de historias que nunca sucedieron. Y aun así, las extraño.


¿Se puede extrañar lo que no fue?
Sí. Y mucho.

Porque en el fondo, esa casa de paredes imaginarias me sostuvo más que la real.

El tiempo es un rufián. Presuroso y despiadado, se burla de los recuerdos que atesoro, que no son más que fantasías fugaces. Como esa estrella que cruza el cielo y, al verla, cruzas los dedos… y nada sucede.

Con el tiempo, entiendes que a veces te cumple lo contrario de lo que pediste.

Heme aquí, esperando un milagro. Repasando todos los escenarios vividos, creyendo que puedo desandar los pasos, plagiar la memoria y alterar los hechos. 

Pensando que con un pestañeo puedo enderezar los surcos escabrosos del pasado.

Aún conservo esa terquedad infantil que cree que, por la fuerza de mi interior, todo podría ser distinto.


Vana ilusión.

Estéril decepción.
Ingrato rebecueco mental.

Sigo esperando ver un álbum lleno de fotografías inexistentes. Fotos con caricias nunca dadas, historias jamás contadas, ojos dilatados de orgullo y amor. Fotos sin espaldas infinitas, sin labios fruncidos, sin miradas duras luego del golpe.

Aquí permanezco, en ese limbo entre lo que fue y lo que con el alma rogué que fuera.

Y no es fe. Ni esperanza.

Es un duelo en cámara lenta. Es negarse a soltar la historia que no fue. ¿O sí fue, y los otros la vivieron distinta?

Soy una niña que, ya mujer, sigue esperando repetir aquello que nunca vivió.

Sigo esperando, como mujer de marinero, que las aguas bajen y su barco llegue al muelle.


No al de San Blas. 

Al mío.

A ese pequeño puerto de mi alma donde el amor —aunque inventado—
nunca naufragó.

Porque hay historias que no suceden... y, sin embargo, nos salvan igual.

miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.

miércoles, 9 de abril de 2025

Decada.


No mudamos de piel. Solo la curtimos.
No soltamos. Tendemos la red ante la mirada esquiva y soslayante de terceros.

Y nadie.

Nadie se atreve a preguntar quien.

Y nadie.

Nadie osa nombrarlo.
Aunque j
ugamos sin red. O...

¿acaso tendemos la red ante la mirada esquiva de terceros soslayantes? 

Ellos no saben qué ley quebrantamos, ni si alguna vez existió la ley. Ni si es verdadero o eterno. Fútil o falso.

Nuestra carga no pesa, no cansa, no espanta.
Solo duele. Y d
a alegría. Y a veces, distancia. Otrora cercanía.

Las ganas nos moldea. Pero no nos cambia.


Somos estaciones opuestas en un mismo campo.
Floración, sequía, cosecha, incendio.
Y aun así, tierra fértil 

Nos renovamos.

Firmamos tratados en la lengua de los que callan.
Derribamos murallas con silencios.

Nos juramos sin testigos y nos rompemos sin ruido.

El ciclo no pide permiso. Descarado, cínico, rebelde.
Solo llega. Descansa y coge fuerza. 

Como la marea. 

Y continúa su marcha con la seguridad de quien miente.

Se repite con descaro, con ritmo de fiera mansa.

¿El tiempo?

No se atreve a tocarnos. Se asoma, observa, y retrocede frustrado. 

Su presencia inocua, festín de reverbero. Una guerra no ganada.

Los segundos toman fuerza como si supieran algo que nosotros no.

Caminan como si fueran gigantes.

Y nosotros, ocultos bajo su sombra, sin dejarlo avanzar, seguimos el ritual.

Tentativa. Impases. Votos. Dudas. Nervios. Sorpresa.

Despedidas. Promesas. Reencuentros.

Puertas que no se cierran. Del todo. No ajustadas.

Luces que titilan aún sin energía.

Una grieta, un suspiro, una trinchera, una chispa. 

La indiferencia. 

                     La frialdad.

                                 El desvarió de la avaricia. 

                                                                   Parece fiesta. 

Una apuesta. 

                           Picardía.

Un olvido.

                           Sin culpa.
Una zanja.

                           La oportunidad.
Un halo de luz.

                           Ilusiones.
Ojos cerrados.

                           El olvido.

Suspiro congelado.

                            La entrega.

Una entrada.

                            Sin retorno.  


Condenados a la cima.
Condenados al fracaso.  Afianzados, cual rémora a su destino.

Emboscados en deseo.
Serenos como quien espera. 

Encumbrados. Cual linces prestos a atacar. Agazapados.


Nos encontramos sin buscar.
Nos repetimos sin aburrir.

Nos adivinamos sin tocar.
Renacemos como maleza entre adoquines.

En cada ciclo establecido, sin proponérselo, sin promesas, sin expectativa alguna.

Libres. Alimentados por una complicidad que no necesita palabras.

La complicidad de la libertad.

Como vicio que no cede.
Dosis, cada vez más grande, más larga, más intensa.

Dibujantes sin cuerpos en tinta que no borra.
Secreto que se fortalece en la garganta muda que grita verdades viviendo a destiempo.                    

Miradas brillosas con llanto espantado.

Permanecemos, quizá por tozudez, por terquedad, o tal vez por el simple y despiadado deseo de desafiarlo todo.

Un reto sembrado con riesgo y ceguera.

Somos paso descalzo sobre piedra caliente.
En un camino de piedras y vereda polvorienta.

Somos salto, vértigo, eco, caída, susto y risa.
Es brincar la cuerda una y otra vez.

Es columpiarse más alto, sobre un barrio sin mapa, rincón sin nombre.

Y conocemos cada sombra de esta danza.

Cada curva torcida. 

Cada silencio que arde más que el fuego.


Es la adrenalina del primer amor, pero ahora conocido, domesticado.

Como el arrabal aquel, con sus atajos.

Conocemos cada revecero de este camino desigual, pero auténtico.

Perjuros ingratos.

Sin culpas. Sin miedos. Sin arrepentimientos.

Conscientes. Duraderos. Leales.

Somos la canción que se tararea pero nunca se canta. No en voz alta.

La página arrancada. Este escrito tachado.

El perfume que no se olvida. Una herencia maldita.

Soy esas calles estrechas que se abren como ríos caudalosos.

Eres hondonadas, desniveles, colores, chichones, y una decoración absurda que brilla en tu mirada.

Soy como una niña con cabello suelto .

Eres una feria de luces en una ciudad apagada.

Soy el silencio dentro del cuerpo mientras suena una música estridente.

Eres quien no deja pensar.

Y si no piensas, no dudas.
                                             No temes.
                                                            No te arrepientes.
                                                                                      No te espantas.

Y mandas la culpa a dar un largo paseo, del que no vuelve jamás.

Somos "Y si todo ha de caer, que caiga".
con ese miedo de "Si todo ha de doler, que duela".

Porque hemos aprendido a sanar con la piel rota.
Y a olvidar con las manos llenas.

El mundo mira.
Juzga. Calla.

También desean.
Pero no cruzan. No se lanzan.

Lecciones aprendidas. Del maestro de maestros.

Péndulo repetido.
La misma historia, otra vez.

Hasta la naturaleza tiembla. 



El viento, celoso, nos sopla en contra. Indignado.

El sol empalidece, desconcertado. Se vuelve ceniza cuando nos ve.

No entiende de calores más allá del propio. 


Y la luna, en retirada, se adelanta. Nos rehúye, incapaz de competir con el brillo de tu piel. No soporta los celos de los que vuelan sin alas.

¿y el tiempo? 

Pícaro y cruel, se dilata.
Se disfraza. Se acelera.
Ese iluso, intenta atraparnos…
pero se le escapan las horas entre los dedos.

Y descubre, con espanto, que los segundos son minutos, los minutos son horas,

y las horas…
eternidad y deseo.

Todo está en contra.
Eso creen.
Eso aparenta.
Pero en nuestro rincón, no hay leyes.
Solo juegos.
             pulso.
                  y verdad.


En tanto, la vida cuesta arriba, llena de lodo y agua. 
y las almas…
ríen. Se entretienen. Se calman.

El miedo…
lo dejamos en otra vida.
Y aunque intenta regresar,
nuestra alegría le cierra la puerta en la cara.

El miedo queda rezagado, doblando la esquina.
Doscientos treinta y siete pasos atrás.
Fue abandonado.

Y aunque intenta regresar, la felicidad no lo deja.

Porque vale…

Cada minuto.
Cada noche.
Cada secreto.

Vale.
Una década más.
Y otra.
Y otra más, si el universo no se atreve a detenernos.

Bajo la sombra de lo establecido, de lo correcto, 

                             se desafía el tiempo y permanece (mos).

 

Una década más.