viernes, 6 de junio de 2025

"Lo que habita en ella"

Desde niña, ella supo que sería distinta. Su madre lloraba, su familia discutía y luego se abrazaba.  Ella los miraba como si estuvieran actuando una obra de teatro barata y mal dirigida. Había en esa casa una escena para cada emoción, y ella no se creía ninguna. No sentía nada. Ni apego. Ni ternura. Ni ese amor viscoso que tanto repiten en las películas rosas. Se adaptó. Imitó. Aprendió muy rápido cómo fingir empatía, cómo decir “lo siento” con el tono justo y en el momento adecuado. Siempre supo que decir a quien para lucir empática, sin serlo.  Nadie lo notó. O no lo dijeron por miedo o sencillamente era una escena màs de la gran obra familiar.

... Ahora que es mujer camina por el mundo sin peso en la espalda. Con la energía de alguien que no ha vivido un solo día bajo el peso de la culpa o el arrepentimiento. Ni culpas, ni miedos, ni dudas. Sin ansiedades ni preocupaciones "reales"... Una mujer que se despierta, baja el pie izquierdo y el primer paso lo da con el derecho, como si el mundo le debiera algo, y obvio, sale a cobrarlo. Cada día es suyo. No tiene miedo, no le inquieta el qué dirán ni el qué sentirán. No carga con mochilas, ni propias ni ajenas. Una mujer sin grietas, sin quiebres, sin necesidad de explicarse ante nadie. Vive como un animal elegante y frío: siempre alerta, nunca herida.

Si algo le gusta, lo toma. Si alguien le incomoda, lo aparta. Si tiene que mentir para sobrevivir o ganar, miente con naturalidad extrema.

Desde temprano supo que lo que los otros llaman "amor" no es más que una actuación orquestada a favor propio, un sentimiento egoísta en el cual cada quien da de modo medido lo que desea recibir del otro. El amor no es màs que un trueque, pero los corrientes temen admitirlo.

También descubrió que el dolor era un hábito social, con la única intención de crear empatía o en el peor de los casos, lastima. Y en el màs astuto,  tender redes de apoyo y colaboración en el cual todos gustosos caen.

Que el miedo era una jaula para débiles. Y que las victimas son los victimarios de quienes creen en sus llantos.

Ella, por su parte, no se encierra ni se doblega. Algunas veces finge hacerlo pero su alma no fue moldeada con emociones blandas, sino con una lógica filosa, implacable, por una herencia paterna maldita, pero conveniente.

Creció fascinada por lo que otros temen: el crimen, la violencia, el peligro y el deseo sin límites. Amó hombres que vivían fuera de la ley. No por necesidad, sino porque su vida era real, sin hipocresía. Ellos tampoco pedían permiso para existir. Igual que ella. Algunos vendieron drogas, otros mataron. Y no se escandaliza ante la oscuridad, más bien se aburre por la falsedad, lo rutinario y lo predecible.

No siente como se supone que debería. El llanto le irrita. El sufrimiento ajeno le resulta un ruido molesto. Le incomodan los débiles, los tristes, los preocupados por la muerte. No es que los desprecie. Es que no los entiende. No le interesan. ¡que salgan de su dolor, si pueden!

El afecto, si lo da, es una estrategia. Todo en ella tiene un fin o un móvil. La ternura, si la muestra, una herramienta. 
Sabe muy bien cómo leer a la gente, cómo dar lo que quieren oír, cómo fingir una mirada de consuelo que abra puertas y baje defensas. 
Si alguien cae en sus redes, no es su culpa. Es su ingenuidad. 
Ella no engaña; los otros se dejan engañar (y les gusta ser engañados), por ende, no es su responsabilidad.

Tiene un cuerpo despierto, deseable. La sexualidad en ella no es conexión. Tampoco entrega. Es un mecanismo de poder y una herramienta de comunicación. 

Su cuerpo, fuego que consume sin quedar atrapado. Ama lo que desea y lo desea todo lo que no está atado. No siente pudor por tomar lo que cree suyo. Va por la vida sin pedir permiso. El sexo no es afecto, es poder, es vitalidad, es territorio conquistado.

La acompaña lo neutral.  Una figura constante, presente, que no despierta nada en ella, pero que ocupa su espacio con utilidad, aun cuando su alma le pertenece al caos, al deseo sin censura. 

Y más allá de todo, existen dos presencias que sí significan algo: sus dos posesiones preferidas, que palpitan fuera de su cuerpo. No siente por ellas un amor convencional. Lo que siente es más feroz, más instintivo, más inquebrantable. No es dulzura, sino fuego. En ellas no hay máscara. Por ellas podría destruir sin pestañear. Por ellas se mantiene firme. Aunque no sepan cuánto de ella está escondido.

Esta mujer no sufre. No se agota. No se abruma. Su mente es clara, su voluntad firme. No se corrompe màs allá de su propia e innata corrupción. No se desgasta con lo que arruina a otros: la culpa, el miedo, la inseguridad. No hay remordimiento en sus decisiones. Utilizar a otros no le quita el sueño. Manipular, tampoco. Si puede sacar ventaja, lo hace.  Si puede aprovechar una oportunidad, la toma. Si debe mentir para sobrevivir, miente. Si algo se interpone, lo aparta. Y si el mundo se confunde con sus gestos amables, no es su culpa. Repito, es ingenuidad y sobre esto, carece de control.

 
Es muchas cosas, siempre llena de etiquetas, pero nunca de víctima.

La han llamado por nombres clínicos. Etiquetas que intentan encerrar lo que no encaja. Limítrofe, psicópata, antisocial. Palabras que otros necesitan usar para sentir que comprenden lo que les perturba. Pero no la ofenden. La explican, quizás. Y no la encierran.  ella no está rota. Está despierta y está bien. 

Más despierta que muchos que viven dormidos dentro de sus emociones.

No busca redención. No necesita amor. No quiere ser entendida. Solo quiere que el mundo sepa que existe otro tipo de fuerza. 

No todos los seres sentimos. Una que no llora. Una que no duda. Una que no ama, pero tampoco se traiciona. Y eso no la hace menos humana. Solo la hace diferente.


Ella es lo que habita en el silencio de quienes ya no creen en los cuentos. Y aunque camina sola, nunca está perdida. 

Es lo que otros no se atreven a admitir que podrían ser, si dejaran de tener miedo.

Porque en su mundo, la brújula apunta siempre hacia ella misma.

Y en el mundo hay muchos otros igual a ella. 

Se mimetizan, se mezclan…
Solo quiere que sepas que existe.

Y que no la vas a reconocer…
hasta que ya sea tarde.

lunes, 19 de mayo de 2025

Ella tiene su casa, no tu permiso

Para ti, M.,

Amiga del alma y alas convertidas en mujer.  

(Y para todas las mujeres que lo han logrado!) 

_________________________________________


Consiguió su casa con esfuerzo. 

La soñó, la trabajó, la sudó. No fue suerte ni fue herencia, fue desvelo.

Cada pared tiene una historia de lucha, con trabajo y mucho esfuerzo. Cada mueble fue comprado con horas de silencio y soledad, cada rincón guarda la dignidad de una mujer que no le pidió nada a nadie. Cada pared la levantó sola. No hubo nadie que la mantuviera, nadie que la rescatara. Se rescató sola.

Pero ahora que la tiene, parece que para algunos hombres eso es una provocación, resulta que algunos creen que esto les da algún tipo de ventaja o derecho. A tocar. A entrar. A quedarse. A sentirse cómodos y amañados. 

Como no tiene marido, creen que está sola. Y como vive sola, asumen que está esperando que alguno se meta dentro de sus sabanas y le quite la llave de entrada. No solo esperan acceso a su casa. También a su vida. También a su cuerpo.

Como si el solo hecho de que una mujer tenga su espacio significara que está esperando uh hombre.

Como si no tener un marido significara estar incompleta, abierta, disponible.

No. No señor. No está nadie invitado. No está bienvenido.

No le interesa la compañía permanente de un “macho”, ni su flojera ni sus ganas de tener cama, techo, comida y cuerpo sin mover un solo dedo.

Qué cómodos se han vuelto algunos hombres…

Se acercan con sonrisas baratas, con palabras gastadas y gestos repetitivos.

Te invitan a “compartir la vida” cuando en realidad lo que quieren es que tú los mantengas.

Se invitan solos, sin previo aviso, como si su techo fuera una posada, como si su independencia fuera una señal de necesidad. Pero no entienden nada. No entienden que ella no está sola, está completa. No está esperando, está viviendo. 

Su casa no es un premio para el vago que no tiene ganas de esforzarse por tener la suya.

Se creen regalo, pero son carga.

No aportan, pero exigen.

No respetan, pero demandan amor, atención y cuidados.

Y lo peor no es que lo intenten. Lo peor es que lo hacen con la seguridad de que tienen derecho a entrar, estar y quedarse de modo indefinido. (Lo mas grave no es que entren, sino que muchas veces te sacaran de tu propia casa...)  

Como si ser hombre fuera una llave universal que abre puertas, piernas y corazones.

No señor.

Y así se acercan, sin vergüenza, queriendo cama, comida, sexo y techo. Sin aportar nada, sin respeto, sin compromiso. Hombres que quieren aprovecharse del trabajo de una mujer porque no soportan ver que una pueda más que ellos.

Su casa no es suya.

Su cuerpo no es suyo.

Su vida no lo necesita.

Esta sola, sí. Pero no está vacía.

Esta sola porque quiere, no porque le falte algo.

Esta sola porque a veces es más digno estar sola que compartir el techo con alguien que solo viene a chupar como rémora lo que con esfuerzo construyò. 

Y si no lo entienden, lo repito:

Ella no necesita un hombre. Necesita que la dejen en paz.

Porque tener casa no es una invitación.

Vivir sola no es una señal de “entrada”.

Su libertad no es una rendija para que nadie se cuele.

Su silencio no es una falta ni un irrespeto. 

Es paz. Es elección. Es respeto y amor propio.

Así que no, no se metan más.

Ni a su casa, ni a su cama, ni a su vida.

No están invitados.


Y aunque no lo entiendan, no les debe explicaciones.

Porque ya tiene todo lo que necesita:

Paz, techo, fuerza, espacio…

Y libertad.


Vivir sola no es estar disponible.

Es ser libre.

Y estar orgullosa de serlo.

jueves, 15 de mayo de 2025

"El que merodea frente a una madre"

 No recuerdo en qué noche lo vi por primera vez. Pero desde entonces, no ha dejado de volver.

Siempre después de las ocho y antes de medianoche, como si tuviera un reloj clavado en la carne.
Siempre caminando presuroso, luego lento, con esa gorra absurda clavada a la altura de sus ojos, como
si eso bastara para esconder su intención.
Y siempre, siempre, con la mirada puesta en mi casa.
No en la casa.
En ella.

La primera vez creí que era un muchacho cualquiera. Alto, delgado, blanco, de buen ver, como los que se crían sin hambre. Barba recortada al milímetro, como si no pudiera soportar ni un pelo fuera de lugar. Pero no era eso lo que me hizo detenerme. Fue la forma en que se giró. No el cuerpo: solo la cabeza, con un movimiento medido, como el de alguien que estudia el terreno, quien busca lo que no es suyo pero lo cree propio. No miró como quien ve. Miró como quien escoge.

Desde entonces, su figura empezó a colarse en mi vida como una sombra sin dueño.
Lo veía desde la cocina. Desde la ventana de la sala, la terraza y el parking.  Reflejado en el vidrio del 
televisor apagado.
Daba vueltas, con apuro, sin apuro, con una calma que me insultaba.


Mi hija, al principio, no lo notó. Luego, sí. Pero lo dijo como quien comenta una nube:
—Ese tipo siempre pasa por acá, ¿no?

Yo no dormía bien desde hacía semanas.
Y entonces lo supe.
Nadie repite un trayecto sin una razón. Nadie merodea sin deseo. Nadie observa tanto sin un objetivo. Esto no es inocente, casual ni sin intención.

Él la quiere.
Y no como se quiere a una persona. La quiere como se quiere un objeto. Una presa.
La quiere para él.
Y si tiene que romperla para eso, no le va a temblar la mano.

Las noches se llenaron de preguntas. ¿Qué hacer? ¿A quién se le dice que hay un lobo caminando con cara de hombre?
La policía no arresta miradas. No detiene pasos lentos.
No castiga las intenciones.

Y entonces, algo empezó a nacer en mí. Algo que no era miedo.
Era más denso. Más oscuro.
El deseo de que desaparezca.
El deseo de que no vuelva.
El deseo, crudo, de que muera.

Lo hablé con mi esposo.

Una noche, después de que volvió de trabajar, le conté. Le dije que ese tipo no solo pasaba, que miraba demasiado, que no era normal, que algo iba a pasar. Le conté de la forma en que se detenía frente a la reja, como si contara los pasos hasta la puerta. Le hablé del miedo. De cómo mi hija ya ni quería sentarse cerca de la ventana. Le hablé con la voz seca, porque si hablaba con llanto, iba a pensar que era exageración.


—Estás viendo cosas, ha de ser un caminante o vicioso. Tal vez un fisgón —me dijo.
Y siguió mirando la televisión.
Yo también lo miré a él, pero no con rabia. Con lástima. Porque me di cuenta de algo brutal:
lo que sea que se haga, he de hacerlo yo.

Después lo hablé con los vecinos.
La señora de la casa de al lado me dijo que sí, que lo había visto, pero “capaz es alguien que vive cerca nomás, no todos los jóvenes son delincuentes”.
El del frente se encogió de hombros.
Una sola mujer —la de la esquina— me miró con los ojos bien abiertos y me dijo:
—sigue muy atenta. No bajes la guardia, toma registro. A veces las madres sentimos lo que los demás no quieren ver.

Esa noche, decidí que no podía quedarme esperando.
Porque ya no era solo que me miraba a mí o a mi hija.
Era que ya no le importaba ser visto.


Y eso es lo más peligroso: cuando el lobo deja de ocultarse.
Cuando empieza a caminar en dos patas a la luz del poste, sin vergüenza.


No me enorgullece lo que hice.
Pero fui a buscar a alguien que conocía desde hacía mucho. Un hombre al que mi madre no quería que me acercara cuando era más joven. De esos que saben moverse en la sombra, que no preguntan mucho. Le conté. Todo. Le dije quién, cómo, a qué hora.
Él me escuchó sin interrumpir, con los ojos clavados en los míos.
Cuando terminé, se quedó callado unos segundos.
Después, solo dijo:
—¿Quieres que lo asuste o que no vuelva nunca más?

No contesté.
Solo lo miré.
Y me miró.
Y en ese silencio mutuo, se selló algo.
Un pacto. O un abismo.
No lo sé. Solo que no hay retorno dentro de ese silencio.

Esa noche dormí por primera vez sin sobresaltos.


Y al día siguiente, ya no lo vi.
Ni el otro.
Ni el otro.
Ni nunca más.


No sé si fue mi amigo.
No sé si fue el hastió  que se pudrió en la cabeza de ese tipo.
No sé si fui yo, si de alguna forma... yo lo hice. Rezando o en sueños o…
A veces me despierto en mitad de la noche y creo ver su silueta en la esquina. Pero parpadeo y ya no está.
Mi hija volvió a reír sin mirar atrás.
Yo sigo sin abrir la cortina del todo.

Porque el miedo… el verdadero miedo… no desaparece.
Solo cambia de forma.


Un año después


El verano trajo lluvias inesperadas y, con ellas, una limpieza que parecía prometer renacimiento. Pintamos la fachada, cambiamos las cortinas, pusimos plantas nuevas en la terraza. Todo huele distinto. Todo se ve más claro.

Pero yo... yo no soy la misma.

Mi hija ahora sale sin miedo. No tanto como antes, pero con esa ligereza que se tiene a los veinte años cuando todavía se cree que el mal se puede evitar con buena vibra y luz solar.


Yo la dejo.
La dejo ir.
Pero no dejo de mirar.
Ni de esperar.

A veces, al anochecer, cuando todo se pone azul y las casas se llenan de luces cálidas, me siento en la silla del comedor y tomo un café  que no necesito.
Entonces lo sueño.
No con su cara, que ya se me ha borrado.
Lo sueño como sombra detrás del vidrio. 
Y en el sueño, él no habla. Solo mira. Como siempre.
Pero esta vez, soy yo la que no se mueve. Soy yo la que lo deja mirar. Soy yo quien lo mira de frente y su rostro no tiene ojos. No hay una mirada acechante. No hay nada.
Nada...
Porque sé que no va a entrar.
No puede.

Hace unas semanas, encontré algo.
Una gorra. Vieja, sucia, aplastada entre los matorrales cerca de la esquina.
La reconocí. Era la suya.
O una igual. La
 guardé.

No sé por qué.
A veces la saco del armario y la miro. La toco. La huelo. La piso. La tiro y la vuelvo a guardar.
Y no sé si me tranquiliza o me recuerda lo que soy capaz de hacer.

Y me enorgullezco. Es mi trofeo. A falta de cuerpo... a falta de pruebas...  a falta de convenientes recuerdos. Yo, ¡y mi poca memoria!

Y entonces me digo:

Quizás nunca se fue.
Quizás vive en otro lado ahora.
Quizás estoy más a salvo, o quizás solo me acostumbré al miedo.

Pero al menos, por ahora,

mi hija duerme tranquila.
Y yo… también.

sábado, 10 de mayo de 2025

EL REGRESO DEL GALLITO.

      En una oficina cualquiera, de esas donde el café sabe a rutina y los pasillos huelen a chismes mal
escondidos, trabajaba un muchacho que se creía leyenda. Veinticuatro a veintisiete años
, lo cierto un “cara de niño” con ego de emperador, de conquistador. Que luce brillante, inteligente y seguro de si mismo... Que luce. En lo exterior… Se llamaba Sael. O al menos así le decían, porque lo suyo era vivir de la imagen, no del contenido. En la oficina y pasillos lo conocían como “gallito” más por sus cuentos que por su trabajo.

Sael no tardó en dejar de ser un simple vigilante de seguridad. Pronto se coló en la vida de Miranda, una de las jefas de la agencia de seguridad. El, como mero juego y màs por ego que por otra cosa. Por sumar una màs a su fantasiosa lista de conquistas. Miranda tenía más de treinta y tantos, una mujer curtida por la vida, madre de tres, con más decisiones encima que tiempo para arrepentirse. Que con intervenciones médicas, logró ocultar el cansancio de quien ha vivido demasiado en poco tiempo y a su vez, logró feminizar un poco más su rudeza.
Pero algo en ese crío — tal vez su descaro — quizás su lengua afilada, o esa mirada arrogante de quien nunca ha perdido nada— la enganchó. La hizo caer o ella lo tumbo a él… Y como ocurre con los enredos que nacen de la urgencia y no del juicio, terminaron viviendo juntos. A su pesar, juntos.                    
Vivieron juntos, jugando a la casita, a las responsabilidades, al mundo real. Engañándose, creyéndose un equipo. O eso decía él. Creyendo que nadie sabía, siendo un secreto a voces.  Ella lo llamaba “esa temporada estúpida de mi vida”. Él, en cambio, la gritaba a medio pasillo: “la gocé, fue mía, se volvió loca por mí”. Nadie le creía del todo, pero él seguía como quien repite una mentira hasta que se vuelve leyenda urbana.


El problema fue que Sael no sabía amar sin poseer. Celoso, controlador, se convirtió en una sombra oscura. Y claro, cuando el amor se convierte en jaula, hasta el cariño más ciego se va.

Donde él creía haber encontrado amor, aceptación y apoyo, había puro control y humillación.  Donde ella buscaba compañía, encontró drama y un espejo donde solo se reflejaba su error.

La relación, como era de esperarse, explotó. Miranda lo echó de su vida. Sael, en un arrebato de orgullo malherido, renunció. Lo cierto es que Miranda lo botó. Hay versiones encontradas, lo único cierto (a la luz de todos) terminaron ambas relaciones. Todos aplaudieron por dentro.

Por un tiempo hubo paz. La oficina respiró. Pero la paz duró poco. La agencia empezó a tambalear. Hasta que un contrato importante comenzó a perderse, y y justo cuando el barco se inclinaba, como cucaracha cuando se enciende la luz, Sael volvió.

Como si nada. Como si no hubiera arrasado con todo antes. No por amor, no por humildad. Volvió por oportunidad. Porque siempre supo meter el pie en la puerta antes de que se cerrara del todo. Miranda, entre presión y pragmatismo, permitió su regreso. “Solo por el bien del contrato”, murmuró. Pero sus ojos decían otra cosa: cansancio, resignación, hartazgo… o miedo.

Miranda, con un nudo en la garganta y la presión en los hombros, lo dejó entrar otra vez. “Solo por el contrato”, se repitió. Pero todos supieron que ese “solo” pesaba demasiado.

Desde entonces, Sael volvió a desfilar por los pasillos. Caminando como si el suelo fuera su alfombra personal. Volvió a ser el gallito del corral. Presumía historias como si fueran medallas ganadas con esfuerzo: “que ahora tenía otras mejores”. Mentía. Cada palabra que soltaba olía a desesperación. Presumía de hazañas sexuales como quien muestra medallas, hablaba de mujeres como si fueran trofeos de una guerra que solo existía en su cabeza. Mentía. Todo el tiempo. Y todos lo sabían.

Pero el tiempo tiene un talento perfecto para poner a cada quien en su sitio.

La oficina seguía funcionando, claro. El café seguía sabiendo a rutina, y los pasillos, ahora más que nunca, olían a mentiras mal contadas y a secretos mal enterrados.

Donde antes había poder, ahora hay rutina. Donde antes había control, ahora hay turnos largos y noches frías.

El gallito de ayer hoy canta desde lejos, en un rincón olvidado del edificio, con un uniforme que ya no impresiona a nadie. La autoridad que tuvo se le escurrió entre los dedos, como el respeto que alguna vez creyó tener.

Y aunque sigue hablando —porque no sabe hacer otra cosa— su voz suena más hueca, más cansada, más a nada. Como una historia mal contada, que ya nadie quiere escuchar.

Sus cuentos son cada vez más ridículos. Y mientras más habla, más solo se queda. Es un eco ante un valle desolado sin paredes.  Porque hasta las leyendas, cuando se repiten demasiado, pierden su magia y muestran la miseria que esconden.

Miranda y Sael saben su cuento. Lo que no saben es cuando parar.

Esta historia continuará 

viernes, 9 de mayo de 2025

SIN DEFINIR



Dedicado a lo que 
aún no sé nombrar. 

A este nudo en la 

garganta, 

que hoy se convierte 

en palabra.

Para la niña que fui. 

Para que nunca más se calle lo que 

vivió. 

Para que sepa que 

sobrevivió 

y que no está sola. 





Tú.

Yo.
Así los silencios… así las sombras.

Siempre me sentí hueca, como un cuenco rajado.

Vacía de mí, colmada de ti.

Sin forma, sin norte, sin piel.

Una marioneta sin voz, girando en círculos bajo tu mirada torcida.

Desde que tengo memoria,

te he querido con rabia,
te he odiado con amor,
te he seguido con los ojos cerrados
mientras me arrancabas los pétalos.


Tu cariño fue un trueque, injusto y amañado

un puñado de migas lanzadas desde lo alto.
Yo, niña, recogía cada una como si fueran promesas.
No eran amor… eran ceniza.


Crecí buscando lo que no se me dio:
abrigo, mirada, nombre.
Y entre las ruinas, sólo encontraba ecos… tuyos.

Tú con el cetro,

yo con la soga.
Tú construyendo el templo de tu poder sobre mis huesos.
Yo, el reflejo que te molestaba,
la grieta que no podías sellar.

Y sin embargo, me parezco tanto a ti…
Ese es el horror más profundo.
Tu sombra en mi voz,
tu pulso en mis dudas,
tu rastro en mi miedo.

Pero yo… no.

Yo no regaré esa semilla maldita.
No perpetuaré tu herencia estéril.
No llevaré tu nombre tatuado en los actos.

Separados, somos la suma.
Unidos, sólo restamos.

El tiempo ya no te aguarda.
Mi inocencia florece en lo que tú no puedes tocar.
Tus pasos se hunden en su propio barro.
Y yo, yo sigo.

Aquí termina tu eco.
No hay venganza, ni redención.
Sólo verdad.

Tu mal no verá el amanecer.
Tu sombra no alcanzará a tocar mi mañana.

Porque en tu intento por quebrarme,

me hiciste piedra.
Porque al despojarme,
me diste raíz.

PENDIENTE CONOCIDA

 


Hay incendios que no se apagan,
solo aprenden a arder en silencio.

Caminos que nadie transita,
pero cuyas huellas siguen frescas
en la piel del recuerdo.

Una línea invisible
divide lo que juro de lo que callo,
el anhelo que arde en sombras
de la vida construida
a plena luz del día.

Una grieta
entre la fidelidad y el vértigo,
un hilo tan fino como el aliento
que se tensa
cuando el deseo despierta
con voz conocida.

No lo nombro.
No es preciso.
No hace falta.
Basta el temblor que se instala
cuando su sombra roza
el borde de mi día.

Lo prohibido no grita.

Susurra.


Lo mío contigo
no fue amor.
Fue hambre.
Sed antigua
que la piel no olvida,
aunque el alma le pida tregua.


Me asusta la cercanía,
porque conozco el idioma
en que tus ojos me hablan.
Y temo que, si me rozas,
la jaula se vuelva humo
y yo, alas.


Temo verte,
porque mi cuerpo recuerda
lo que mi mente niega,
y mis pasos titubean
al borde de lo que no debo. 
Y yo ——
tiemblo ante el susurro de lo que fui contigo.


Eres un abismo
disfrazado de pasado,
una llama
que nunca se extinguió del todo.
Y yo —atada a la calma
de un “para siempre” que elegí— 

Rodeada por lazos de olvido, amor y promesas
tiemblo ante el susurro
de lo que fui contigo.


Estoy vestida
de un amor real,
construido, sereno.


Y aun así, hay una parte de mí
—mínima, rebelde, callada—
que todavía tiembla al pensarte.

Y yo,
mujer de costumbres, de apatías,
de rutinas, cansancio y quietudes,
me descubro al filo,
mirando de reojo

esa vieja pendiente
que aún sabe mi nombre.

No debería.
No quiero.
Pero hay noches
en que me pregunto
cómo se puede desear tanto
lo que no se debe,
y seguir respirando.


No quiero ceder.
Pero a veces…


esa línea delgada,
ese vértigo antiguo,
esa fiebre callada,
se parece tanto al vuelo.


A esa pendiente conocida
en la cual quiero caer.