viernes, 11 de julio de 2025

EL CHOQUE.

Voy por la vía correcta.

No hay letreros de alto.
No hay señales de advertencia.
¿Para qué frenar?
¿Por qué tener precaución si conozco la calle?

La ley me asiste.
El sentido común me acompaña.
La suerte... la razón, quizás, me sonríe.
Y la voluntad de Dios me permite seguir.

Voy feliz.
Pensando: “Este será mi día”.
Mi momento.
Mi hora buena.
El punto exacto en el mapa donde todo está bien.


Pero de pronto, sin aviso,
sin anticiparlo: un golpe brutal.
Seco.
Violento.
Inesperado.


Un carro viene de la derecha.
Salido como alma que no es de Dios.
No miró.
No pensó.
Rápido. Como un animal desbocado, me enviste.

Me enviste con la fuerza de quien ignora el respeto,
sin precaución, sin lógica, sin freno.
Como si yo no existiera.



Mi auto gira, da vueltas,
se convierte en trompo.
Ruleta.
Danza salvaje sin música ni control.

Y mientras ruedo, como en cámara lenta,
mientras el mundo se desarma en colores rotos,
mi mente se abre a un espacio entre el caos y la conciencia.

¿Es suficiente manejar bien?
¿O hace falta también leer mentes,
detectar miedos ajenos,
intuir intenciones ocultas tras un volante?  

¿Se puede prevenir el caos?
¿Anticiparse al otro?
¿Adivinar sus ganas de morir o de matar?
¿Se puede huir de quien te hará daño?
¿O el destino se burla de nuestras precauciones?

Filosofía urgente de segundos que saben a semanas, que parecen años.
Reflexiono entre las vueltas. Y me aboco a mí.

¿Fui justa?

¿Hice reír? ¿Fui útil?
¿Cumplí con lo que debía?
¿Qué dejé sin hacer?
¿Qué debí decir más fuerte, más claro, más de frente?
¿Amé con la intensidad que exige la vida?
¿Dejé huellas o solo pisadas que el viento borrará?

¿Y si este es mi final…?

Me asalta una duda punzante:
¿Mi ángel de la guarda...? ¿Estaba cansado ya?
¿Se distrajo? ¿Se hartó de protegerme?
¿Se hartó de mi ceguera?
¿Decidió que era hora de soltarme?

Y me pregunto, por los otros, por ti, por ellos, por él:
¿Alguien me extrañará?
¿Qué extrañarán de mí?
¿Quién me llorará?
¿Mi risa? ¿Mis enojos? ¿Mis historias largas y mis silencios tercos?
¿Mis abrazos, mis reuniones, mis canciones favoritas?
¿Mis caderas, mi olor, mis jadeos?

¿Quién dirá mi nombre en voz baja, con un nudo en la garganta?
¿Dirán algo frente a mi féretro...?
¿Confesiones tardías...?
¿Alguien se acercará, sin consuelo, a decirme lo que nunca se atrevió?
¿Tú llorarás, mientras otro respirará en paz?

¿Se hablará de mí con nostalgia o con alivio?
¿Seré un punto de sal ante el mundo?
¿Dejaré un legado?
¿O solo un perfil congelado en redes sociales...?
¿Una enseñanza, una frase que alguien repita alguna vez como si fuera suya?

¿Imprimirán fotos mías...?
¿Bailarán por mí...?
¿Fornicarán en mi nombre?
¿Brindarán con ron?, lanzando un poco al suelo: 
"¡Por ella, la loca, la valiente, la terca, por la que ya no está!"

Y la gente…
¿Se llenará la iglesia de hipócritas...?
¿O será un solar vacío con mi madre e hijas…?

¿Mis hijas ya están listas para seguir sin mí?

¿Mi madre podrá resistir este adiós?

¿Mi muerte pesará...?
¿O pasará como una hoja suelta en el ruido del mundo?
¿Se sentirá mi partida como un derrumbe?
¿Seré una noticia más en el hilo de la vida ajena?
¿Mi muerte impactará más que a mí misma, que la perdí de golpe?


Y en medio del giro, del giro y del giro,
en ese vaivén hacia lo incierto, entiendo que somos frágiles.
Y que se me acaba el tiempo.
Y que un solo suspiro nos separa de la eternidad.

¿Cuánta incertidumbre cabe en un vuelco?

¡Cuántas ganas de vivir siento muriendo!

Y si no sobrevivo…

cuando el carro finalmente se detenga…
cuando todo quede en silencio…
cuando el mundo se vuelva a poner de pie,
cuando esté rodeada de fisgones grabando el suceso,
llorando por una extraña vuelta,
nada en la nada...


¿Qué quedará de mí?
¿Quedará de mí algo más que el eco?

Ojalá al menos quede intacta.

Maquillada.
Bien peinada.
Con el brassiere sujeto
y el panti cubriendo mi abdomen.

Para que quienes me vean digan:
"Qué joven. Qué guapa. No merecía irse así."

martes, 8 de julio de 2025

Lo que se quiebra en silencio



No todas las verdades se miran de frente.

Algunas se cuelan de costado,
en la forma en que decimos,
o en la que no sabemos escuchar.


Hay verdades que no caben en una sola boca,
se deslizan —desnudas— como sombras,
entre el decir y el silencio. 



A veces, basta una palabra para torcer el hilo fino del entendimiento.

No por maldad, sino por el vértigo insoldable de ser "humanos".


Lo que uno nombra, el otro no entiende,

y entre palabra  y palabra 
Lo dicho tosco se hizo filo, 
y la terquedad, honda herida y camino deshecho.

No hubo intención en mi verbo,

sólo palabras mal ubicadas,
que saltaron de mi boca
sin medir el filo, sin imaginar el borde.

Heridas surgieron.

Sorpresivas e impetuosas, cual rio en caudales.

Heridas que no supe ver a tiempo.

No quise,
pero las sílabas, como flechas sin arco,
llegaron igual al "no destino" certero.



¿Cómo explicar que no quise dañar,
que todo fue un error
en el idioma de los afectos?

Una grieta se abrió paso donde hubo risa,
y ya no hay puente,

sólo el eco del error, 

solo la sospecha infundada de una mala intención.

Y aquello que era refugio,

ese espacio - sin nombre - entre dos voces,
se volvió distancia.


Lo que fuimos —historias, secretos y llanto —

se partió como un cuenco
que ya no retiene el agua.


El vínculo se quebró con un crujido sordo,
Un crujido leve, pero profundo,
Y el puente cedió. Cayó sin aviso.


Nadie gritó.
Nadie culpó.
Sólo quedó el vacío, la duda
de lo que no volvimos a nombrar.

Me duele su ausencia 

su adiós de a momento

como duele un castigo sin juicio, un culpable sin testigos, una carpeta sin pruebas...

Duele como un idioma perdido.

Y  duele más,  por injusto,
porque yo también me rompí
intentando no romperle.

Me duele el espacio como duele el futuro que no fue.

Duele que no hay regreso.

Ayer, 

el silencio ocupó el lugar que fue nuestro.

Hoy,

comprendo que todo tiene tiempo y caducidad.

Mañana, 

me quedo con  el peso 

                         el vacío

                         la ausencia y la paz 

  de lo que no merecía este final. 


                  

lunes, 7 de julio de 2025

Andros.

 

No traen promesas adornadas,
ni discursos largos,
pero su forma de estar
es guía,  certeza suave.
Una columna firme
que no necesita anunciarse.

Escuchan sin prisa,
sin análisis que desgaste.
Solo escuchan, y con fuerza de su mirada basta.

Son virs del silencio,
guardianes sin escudo,
compañeros que entienden sin explicar,
que miran y sostienen sin juicio.

Son confidentes de risas sin forzar, 

de conversaciones sin pretensiones,

de momentos simples que se vuelven eternos.

No cargan las palabras con doble fondo,
no buscan protagonismo,
y aun así, su presencia llena.

Con ellos, el alma descansa.
No hay interrogatorios,
ni reclamos disfrazados de ternura.
Solo dominan ese arte de estar sin invadir,
de acompañar sin exigir.


Ellos —los andros serenos
cuidan sin control,
hablan sin ruido,
y se quedan…
sin hacer escenas.

Son ese lugar donde uno puede aflojar el pecho,
bajar la guardia,
y ser uno mismo sin explicación.

Son remanso.

     A veces espejismo.

                   Siempre puerto seguro.


Son esa confianza que no se negocia,
que se ofrece sin condiciones,
y se sostiene sin ataduras.

No piden lealtad, la entregan.
No te estudian, te aceptan.
No compiten, comparten.
No critican, te admiran.
Están a tu merced
                 a propia voluntad.

No exigen explicaciones ni excusas,
aceptan lo que hay, tal cual es,
y respetan los espacios, 

                         los silencios, 

                                    los giro de timón, 

                                               los cambios de rumbo

                                                                  sin invadirlos ni cuestionarlos.

Son quienes sostienen cuando todo tiembla,
quienes llegan sin hacer ruido,
quienes ayudan sin pedir permiso,
quienes permanecen cuando otros se van.
quienes remiendan lo dañado por otros.

En este mundo de palabras huecas,  
                                          ellos son raíz.

                                             Son piedra discreta.
                                                      Son nomo sin peso,
                                                             humano que sabe estar sin prometer.

Es esa amistad sin complicaciones,

pero con raíces profundas,
que no se muestra con palabras grandilocuentes,
sino con hechos callados, invisibles y constantes.

Saben a un abrazo sin posesión ni recompensa,
a una mano sin cadenas sin ganancias,
a un corazón que se abre sin temor a ser herido.

Es ese animal avezado y verdadero,
ese noctambulo que permanece,
ese que sana, estando herido
ese que, simplemente, es.


A esa amistad sencilla,
a esa calma inesperada,
a esa forma de amor sin nombre…

le escribo hoy estas líneas,
con gratitud,
y sin necesidad de más.

 

 

viernes, 4 de julio de 2025

La carta que mi padre nunca me escribió.

Hija mía,

Nunca pensé que escribir estas palabras me fuera a resultar tan difícil. No por vergüenza —aunque la tengo— sino porque sé que durante años fui un hombre que destruyó en vez de construir y formar, que hirió cuando debía proteger, que calló cuando más necesitaba hablar. Y sobre todo que supo estar ausente, cuando se requería mi presencia.

Si estás leyendo esto, es porque ese daño que causé te sigue doliendo. Y quiero, aunque no borre nada, al menos mirarlo de frente por primera vez.

Te fallé. Le fallé a tu madre. Le fallé a tus hermanas. Le fallé a mi segunda esposa. Y también me fallé a mí mismo. ¡Y hoy día pese a tanta perdida, despedidas, vacíos, duelo y dolor, sigo haciendo lo que mejor se hacer, fallar!

Te fallé de la forma más profunda que puede hacerlo un padre: abusé de tu inocencia, te marqué el alma siendo apenas una niña, y luego lo negué. Como si al negar lo sucedido, desapareciera el horror. No desapareció. Vivió dentro tuyo, y yo me negué a reconocerlo. Lo he negado de modo infinito porque la realidad es demasiado horrenda para enfrentarla de frente. Fue mucho más fácil para mi tildarte de loca, mentirosa, dramática y exagerada. Y aun hoy día, tengo familiares y amistades que me creen y te siguen condenando de modo injusto, poniendo en tela de duda lo vivido y cuestionando tu reacción, no lo que yo provoque con mis actos.  

Golpeé a tu madre cuando lo único que ella merecía era respeto.

Traicioné su confianza, la humillé, y lo hice muchas veces. No por "estrés", ni por "problemas", ni porque ella “lo provocara” como cobardemente me convencí y justifiqué a través de mi discurso de odio ante quienes me quisieron escuchar. Lo hice porque tenía violencia dentro de mí, y nunca tuve el valor de enfrentarla. Ella no era mi enemigo. Y, sin embargo, la traté como si lo fuera.

Fui infiel, mentiroso, hiriente. Desleal y con una grandiosidad difícil de manejar. Critiqué, destruí, abandoné. No supe ser padre. Ni para ti ni para tu hermana… ni para tus otras hermanas que llegaron después. En vez de cuidarlas, las llené de miedo, de dudas, de palabras ásperas, de carencias emocionales que hoy pesan en cada una de ustedes. Y pese a tanto daño y daños, son mujeres de bien.


Tampoco fui justo con mi segunda familia. Les prometí un nuevo comienzo, pero llevé el mismo infierno a cuestas conmigo. Nunca les di seguridad, ni estabilidad, ni afecto real. Y lo peor: creí que bastaba con estar presente a medias, con esconder mis faltas, con justificar mi ira, con degradar a sus madres. No bastaba.

Y cuando todo colapsaba, siempre encontré una forma de culpar a los demás. A tu madre. A ti. A mis parejas. A la vida. Nunca tuve el valor de detenerme y decir: "soy yo el que está haciendo daño".

Y ahora, ya mayor, con la visita de la muerte al doblar las esquinas, me doy cuenta que he vivido una vida incompleta. Porque no hay éxito, ni edad, ni excusa ni logro que valga cuando un padre le falla a su hija como yo te fallé a ti y a tus hermanas.

No sé si merezco tu perdón. No sé si podrías dármelo algún día. Pero lo que sí sé es que tú y todas ustedes merecen escuchar esto:

Lo siento.
Perdón por lo que te hice cuando eras una niña indefensa.
Perdón por el miedo.
Perdón por la rabia que tuviste que cargar sola.
Perdón por los años en que te hice creer que estabas equivocada.
Perdón por romper algo que nunca debí tocar.
Perdón por dejarte sin respuestas, sin amor, sin padre. Con una familia fracturada, resentida y llena de mentiras que se convirtieron en distancia, indiferencia y frialdad.

Perdón a tu madre, por cada golpe, cada traición, cada grito, cada herida.
Perdón a ti, a cada una de tus hermanas, por haber vivido con un modelo de lo que nunca debió ser un hombre.
Y perdón a mi segunda esposa, que también vivió un infierno conmigo cuando solo buscaba alegría y ser amada.

Ojalá estas palabras fueran suficientes. No lo son. Pero son lo único sincero que puedo darte hoy.

Si algo te pido, no es que me perdones.

Es que no sigas cargando con la culpa que era mía. Que te liberes de mi sombra. Que te sepas digna, amada, fuerte. Que sepas que nada de lo que hice fue tu culpa. Nunca lo fue.

Y si un día sientes que esta carta te sirve para cerrar algo, úsala. Como quieras. Como puedas. Cuando quieras escuchar dentro de ti lo que  debí haberte dicho, desde la culpa que nunca asumí, desde el arrepentimiento que tantas veces te hizo falta.

Esta carta es para ti, para tu madre, para tus hermanas, para todas las niñas y mujeres que  lastimé. 


Me despido con vergüenza, con ese "perdóname" adeudado, con ese abrazo no dado  y sin poder levantar mi mirada ante ti, 

Tu padre.