viernes, 9 de mayo de 2025

SIN DEFINIR



Dedicado a lo que 
aún no sé nombrar. 

A este nudo en la 

garganta, 

que hoy se convierte 

en palabra.

Para la niña que fui. 

Para que nunca más se calle lo que 

vivió. 

Para que sepa que 

sobrevivió 

y que no está sola. 





Tú.

Yo.
Así los silencios… así las sombras.

Siempre me sentí hueca, como un cuenco rajado.

Vacía de mí, colmada de ti.

Sin forma, sin norte, sin piel.

Una marioneta sin voz, girando en círculos bajo tu mirada torcida.

Desde que tengo memoria,

te he querido con rabia,
te he odiado con amor,
te he seguido con los ojos cerrados
mientras me arrancabas los pétalos.


Tu cariño fue un trueque, injusto y amañado

un puñado de migas lanzadas desde lo alto.
Yo, niña, recogía cada una como si fueran promesas.
No eran amor… eran ceniza.


Crecí buscando lo que no se me dio:
abrigo, mirada, nombre.
Y entre las ruinas, sólo encontraba ecos… tuyos.

Tú con el cetro,

yo con la soga.
Tú construyendo el templo de tu poder sobre mis huesos.
Yo, el reflejo que te molestaba,
la grieta que no podías sellar.

Y sin embargo, me parezco tanto a ti…
Ese es el horror más profundo.
Tu sombra en mi voz,
tu pulso en mis dudas,
tu rastro en mi miedo.

Pero yo… no.

Yo no regaré esa semilla maldita.
No perpetuaré tu herencia estéril.
No llevaré tu nombre tatuado en los actos.

Separados, somos la suma.
Unidos, sólo restamos.

El tiempo ya no te aguarda.
Mi inocencia florece en lo que tú no puedes tocar.
Tus pasos se hunden en su propio barro.
Y yo, yo sigo.

Aquí termina tu eco.
No hay venganza, ni redención.
Sólo verdad.

Tu mal no verá el amanecer.
Tu sombra no alcanzará a tocar mi mañana.

Porque en tu intento por quebrarme,

me hiciste piedra.
Porque al despojarme,
me diste raíz.

PENDIENTE CONOCIDA

 


Hay incendios que no se apagan,
solo aprenden a arder en silencio.

Caminos que nadie transita,
pero cuyas huellas siguen frescas
en la piel del recuerdo.

Una línea invisible
divide lo que juro de lo que callo,
el anhelo que arde en sombras
de la vida construida
a plena luz del día.

Una grieta
entre la fidelidad y el vértigo,
un hilo tan fino como el aliento
que se tensa
cuando el deseo despierta
con voz conocida.

No lo nombro.
No es preciso.
No hace falta.
Basta el temblor que se instala
cuando su sombra roza
el borde de mi día.

Lo prohibido no grita.

Susurra.


Lo mío contigo
no fue amor.
Fue hambre.
Sed antigua
que la piel no olvida,
aunque el alma le pida tregua.


Me asusta la cercanía,
porque conozco el idioma
en que tus ojos me hablan.
Y temo que, si me rozas,
la jaula se vuelva humo
y yo, alas.


Temo verte,
porque mi cuerpo recuerda
lo que mi mente niega,
y mis pasos titubean
al borde de lo que no debo. 
Y yo ——
tiemblo ante el susurro de lo que fui contigo.


Eres un abismo
disfrazado de pasado,
una llama
que nunca se extinguió del todo.
Y yo —atada a la calma
de un “para siempre” que elegí— 

Rodeada por lazos de olvido, amor y promesas
tiemblo ante el susurro
de lo que fui contigo.


Estoy vestida
de un amor real,
construido, sereno.


Y aun así, hay una parte de mí
—mínima, rebelde, callada—
que todavía tiembla al pensarte.

Y yo,
mujer de costumbres, de apatías,
de rutinas, cansancio y quietudes,
me descubro al filo,
mirando de reojo

esa vieja pendiente
que aún sabe mi nombre.

No debería.
No quiero.
Pero hay noches
en que me pregunto
cómo se puede desear tanto
lo que no se debe,
y seguir respirando.


No quiero ceder.
Pero a veces…


esa línea delgada,
ese vértigo antiguo,
esa fiebre callada,
se parece tanto al vuelo.


A esa pendiente conocida
en la cual quiero caer.

 

miércoles, 30 de abril de 2025

A las 7:42 am en San Francisco.

 (...en honor a ti que me veías con tus ojos llenos de letras)


Todas las mañanas, como si el tiempo también tuviera sus rituales secretos, a las 7:42 en punto, él estaba allí.

Sentado en la banca más cercana al roble viejo del parque, con el lomo de un libro abierto como un ala extendida sobre sus piernas delgadas. Tenía la piel tostada por el sol, lleno de arrugas en el rostro y con inviernos en los ojos  que —aunque casi nunca los levantaba— parecían guardar un mar en calma. Era un hombre sin casa, pero no sin mundo; y su mundo, por lo que pude ver, cabía entre las páginas de los libros que atesoraba.

Nunca supe su nombre, pero eso no me impidió verlo. Y verlo era suficiente. Suficiente para que mi día, por más gris que empezara, se sintiera enraizado en algo silencioso y digno. A veces, bajaba la ventana del carro y a "lo pisa y corre" le dejaba un café caliente o unas frituras que compraba a propósito para él. O un libro —los más humildes de mi colección, los más leídos o sopeteados— porque intuía que no cualquier historia merecía el honor de sus manos.

La última vez que lo vi fue un martes. El martes pasado. Llevaba puesto un abrigo, asumo de algún donador anónimo, que le colgaba de los hombros como un recuerdo prestado. Estaba leyendo. Como siempre.

Después, ya no estuvo más.

Pasaron los días. Y las noches. Y muchos carros presurosos con sus pitos cotidianos.  Ayer se cumplió una semana de su ausencia. Su banca quedó vacía, como una página a medio escribir. El área donde ponía sus libros, estaba limpia y su carretilla maltrecha de súper, también desapareció.  Mi curiosidad venció la prudencia y detuve el carro como tantas veces había hecho. Me bajé y le pregunté a un hombre que corre cada mañana por el mismo sendero.

“Murió”, me dijo. “Lo encontraron aquí mismo, con un libro abierto sobre el pecho. Como si las palabras lo hubieran acunado en su último aliento.”

No supe qué decir. Me quedé mirando la banca. Todo seguía igual —las hojas, la luz, el ruido de la ciudad al fondo— pero algo faltaba. O más bien, alguien. Y ese alguien, que no hablaba con casi nadie,
que nunca pidió nada, había dejado un hueco difícil de explicar.

Era un hombre sin hogar, sí, pero jamás sin presencia. En un mundo que corre sin mirar, él se detenía. Leía. Y en su lectura silenciosa, en ese pequeño acto repetido día tras día, se volvió un faro. Un ejemplo de resistencia ante la tecnología que nos devora los ojos y que lo dejó atrás,  de paz frente al consumo que todo lo llena y nada sacia. Era un baluarte de contemplación en medio del ruido, una pausa viva en un mundo apurado.


No era famoso, ni viral, ni trending. Pero quienes pasábamos a su lado —aunque nunca cruzáramos una palabra— sabíamos que algo valioso habitaba en él. Que su sola existencia sembraba preguntas:

¿Cuándo fue la última vez que me detuve?

¿Cuánto tiempo paso con la cabeza gacha viendo una pantalla azul adictiva?

¿Cuándo fue la última vez que leí sin esperar nada más que la compañía de una buena frase?

¿Cuánto he dejado de contemplar, sentir y compartir con otros? 

Ahora al pasar por el parque y mirar su banca vacía,  a veces, creo ver un destello de su último abrigo, o el brillo dorado del sol en las páginas que ya no sostiene. Me gusta pensar que, donde sea que haya ido, sigue leyendo. 

Y que cada historia que le llevé, cada café, cada saludo leve desde la ventana del carro, fue una pequeña forma de decirle: te veo. Te vi. Existes. 

Porque sí, había desaparecido. Pero no se ha ido del todo.

Y así, sin decir una palabra, nos enseñó que aún en el margen se puede ser centro. Que incluso quien no tiene casa puede ser hogar de algo sagrado. Que detenerse a leer, en medio del mundo que corre, es también una forma de esperanza.

Fue un anónimo, un ser del montón de los muchos indigentes de Panamá, que hizo suyo un parque
pequeño del barrio de San Francisco. Pero igual que un faro en medio del mar, nos enseñó a mirar con otros ojos. Y aunque su luz ya no arde, el rumbo que trazó aún brilla en quienes lo vieron. 

Hoy, sin su luz, el paisaje duele distinto.


martes, 29 de abril de 2025

"No me enfermes con lo tuyo"

 

continuación de NO CULPABLE.


Tu mierda no es mi carga.

Tu odio no me va a pudrir.
Tu trauma sin resolver no va a ser mi cárcel.

No me infectes con lo que no has curado.
No me heredes tu guerra,
yo he aprendido a no morir por batallas que no me pertenecen.

Tu falta de perdón no será mi condena.
No será mi cadena.
Tu oscuridad no apagará mi fuego.

Porque yo elegí sanar.
Y para eso, tuve que soltar —aunque duela—
todo lo que tú aún aprietas con furia.


Lidìa con lo tuyo.
Yo ya me estoy curando.
Y no pienso sangrar por lo que tú no te atreves a mirar.

Y  no .
No me vas a intoxicar.
No voy a cargar tu sombra para que no te sientas solo en la oscuridad.
No soy responsable de lo que decidiste no sanar.

Mi silencio no es culpa,
es defensa.
Mi distancia no es desprecio,
es supervivencia.

Que te quede claro:
yo vine a romper cadenas, no a heredar las tuyas.

Y esta vez, 

la historia termina conmigo

y empieza en mí.

 

"No culpable"

 

A ti, 

lo siento.


Hay seres que caminan como sombras con boca,
con el alma en carne viva y los puños llenos de ayer.

Arrastran su odio como si fuera herencia,
lo alimentan, lo crían, lo acuestan con ellos cada noche,  al lado del Padre Nuestro mal rezado.

Guardan rencores en frascos rotulados con tu nombre,
aunque tú no hayas abierto la herida.
Te lanzan su veneno envuelto en palabras suaves con mirada sonriente
y quieren que bebas, enfermes, sangres.


Hay gente que no quiere sanar.
Quiere hundirse con sus testigos, sus recuerdos y su memoria
Arrastrarte al pantano de lo que nunca enfrentaron.
Vomitan traumas como si fueran argumentos,
y te miran con rabia porque tú no les compras el billete al infierno.

Y van por ahí, escupiendo odio disfrazado de heridas.

Te hablan de “dolor”, pero lo usan como excusa para herir cual punta de lanza envenenada.
Quieren verte mal,
porque no soportan que tú hayas salido del pozo que ellos decoraron con excusas.

Hay gente que no quiere sanar.
Quiere vengarse
del mundo, de su infancia, de quien no le pidió perdón, de quien la cambio, de quien la maltrató.



De ti. Aunque no sepas por qué.

De ti. Aun cuando no existías.

No es sanación lo que buscan.
Es compañía para su miseria.
Y como no pueden respirar sin veneno, te lo soplan en la cara.


No buscan comprensión.
Buscan contagiarte.
Hacerte dudar de tu paz.

Mancharte con su frustración arcaica.
Envenenarte suave,
con palabras cargadas de resentimiento mal disimulado.

                                                                                                          Sutil.          

                                                                                                                    Constante.       Insano.                         

 

Quédate, pero no entres

Me gusta la compañía,

pero no la cercanía que se pega y se introduce a la piel.

Me gusta la conversación,
pero no esa intimidad que husmea entre las grietas y me deja un olor a desazón.

Disfruto del ruido, del caos, del jolgorio, del anonimato, de la distante indiferencia, de lo superficial. Lo que se siente a medias, 
no del silencio, las confidencias y las miradas atentas que me obligan a abrir la puerta. Y escapar.


Quiero que estés,
pero no dentro. y menos a gusto. No amañado.
Que compartas el fuego,
pero no me pidas que te deje dormir en mis cenizas 

ni que te brinde mi hoguera. Mi espacios, mi casa. 

No soy refugio.
No soy terreno abierto.

Puerto de paso sin la espera de navegante alguno. 

Fogata. Rebeldía. Montañas sin conquistar.

Ola bravía que viene, que va.

Cofre de tesoro sin tesoro alguno que hurtar.


Soy más bien un campo minado de energía:
acércate si quieres bailar, reír, disfrutar… 

pero no te confundas.

No es amor lo que te ofrezco.

ni confidencias ni lealtades ni confianza.


Es mi presencia.
Y eso es lo que vale.

viernes, 25 de abril de 2025

MAS ALLA DE LA BRUMA

 

No soy la cicatriz ni el eco del grito,
ni la sombra larga de lo que me dolió.

Soy también la mujer que amanece agotada
y aun así se viste de fuego.

No soy lamento,
ni la niña que temblaba en rincones sin nombre.
No soy la herida,
ni el silencio tragado por miedo a quebrarme.

He sido grieta.
He sido carne abierta sin anestesia.
Pero también —y sobre todo—
he sido el temblor que no se arrodilla.


Más allá de la bruma

—donde el trauma deja su rastro y el lamento aprende a callar—
hay una fuerza quieta,
un latido terco que insiste en florecer.


Camino entre resquicios,
esas grietas por donde la luz se cuela
cuando todo parece oscuro.


Soy un puño que aprendió a soltar,
una voz que ya no se disculpa por sonar fuerte.

Más allá de la bruma
donde se esconde aquello que no dije,
donde se acumulan las lágrimas que no lloré,
se alza esta mujer que, aunque cansada,
no cede.


Tengo rabia, sí.
No se transforma en odio,
Tengo miedo también.
y camina, no se queda quieto.

Aunque a veces amanezco vacía,
hay un resquicio —pequeño, rebelde—
donde aún brota esperanza.

                                                                                     Soy la tinta que no se rinde.

                                                                                     La llama por amor a mí.

La hoja que sigue escribiéndose a pesar del fuego.


Te invito a bailar conmigo.


No soy un poema triste.


jueves, 24 de abril de 2025

Lo que no hice contigo.


Dedicado a esa niña que sigue esperando, a la que hoy le he dado voz.
La que busca sentirse en casa.
la que añora también cobijo.                                    
La desterrada.                         
Estoy aquí, si quieres sigue.                                                            Entra.  
Si quieres escribe, canta, baila.                                                
Si quieres solo quédate en silencio.                                                Si quieres llora. Sueña.
Sea lo que sea… no estás sola.  
Nunca más lo estarás.

En mi mente atesoro los momentos en que, a la hora de salida del colegio, papá me esperaba en su flamante Oldsmobile de la época.
Corría a sus brazos como leona a su presa, y nunca erraba: me atrapaba en el aire, con destreza, maleta, lonchera y cuanto accesorio escolar cargara. Siempre me sentía su niña. Su niña y él, mi protector. 

Mientras bajaba el tráfico, nos sentábamos dentro del auto. Allí me esperaba un gran pedazo de pan dulce y un tercio de leche. No era comida sana, pero no importaba. Era nuestro momento costeado con veinticinco centavos. Tiempo de risas, confidencias y juegos antes de llegar a casa.

Mi mamá.
Siempre risueña, ansiosa por nuestra llegada, nos esperaba en planta baja, con su vestidito rosa y un estoico delantal blanco ceñido a su diminuta cintura. Impecable, a pesar de cocinar manjares todos los días, tres veces al día, sin detenerse ni quejarse.


Apenas entrábamos, se turnaban para llenarme de besos. Querían saberlo todo. Y yo, entre risas, volvía a contar mis aventuras del día, sin que ella supiera que papá ya conocía cada detalle. Era muy celosa, así que no le decíamos que llegaba tarde al cuento.

El olor a almuerzo calientito nos guiaba hasta la mesa. Sentarnos, tomarnos de las manos y rezar era un ritual infaltable.

Recuerdo las manos tersas y pequeñas de mamá. Cosía para amigos, vecinos y familiares, pero no tenía un solo pinchazo. Sus manos eran de seda, con uñas cortas y pulidas, siempre en rosa pálido: su color permanente, como su amor por nosotros.

Con una mano acariciaba mi cabello, con la otra jugaba con los rizos de papá, contándole las canas prematuras como si leyera un poema. El almuerzo duraba horas. Comíamos entre risas, juegos y charlas que hacían del comedor nuestro pequeño mundo feliz.

Con el vientre hinchado como sapo de río —de tanto comer, beber y reír— llegaba la hora del cuento.

En el jardín del patio trasero, teníamos una hamaca enorme donde cabíamos los tres. Yo, al centro, escuchaba a papá leerme cuentos inventados desde un libro con páginas en blanco.

Decía que las letras eran invisibles, pero que él podía leerlas porque tenía ese superpoder. Yo fingía creerle. Él fingía que no lo notaba. Amor mutuo, disfrazado de juego.

Después venía la hora de estudio. Mamá me tenía todo listo en el cuarto:


libros revisados, tareas señaladas, lecciones subrayadas. Una hora y media exacta.
—“A la escuela no se va a memorizar. Analiza, Elena. Quédate con lo que tu lógica entienda”, decía papá.

Mientras estudiaba, ellos comían postre, conversaban, leían el periódico o se daban besos. Lo sé, porque un día terminé antes y los vi. Se trataban como novios de escuela.

La última media hora, entraban con sus interrogatorios. Me evaluaban con juegos, con preguntas, con humor.

Al caer la noche, jugábamos Monopolio, ajedrez o “cuenta-palabras”. Tambien bailábamos papá y yo. Mamá tomaba fotos.

En casa se veía poca televisión.
—“Mata las neuronas si se ve demasiado”, decía mamá.
—“Puedes verla, pero no pongas novelas”, replicaba papá. Era lo único en que no se ponían de acuerdo.

Después de la cena, me alistaba para dormir. Mi cuarto olía a sábanas recién lavadas, a nuevo, a amor. Mamá me cubría con edredones gruesos —soy friolenta— y juntos rezábamos los tres, tomados de la mano.

Casi nunca soñaba.
No hacía falta.
Mi realidad era mejor que cualquier sueño.


Pues bien, heme aquí, con casi 55 años, y un equipaje lleno de historias que nunca sucedieron. Y aun así, las extraño.


¿Se puede extrañar lo que no fue?
Sí. Y mucho.

Porque en el fondo, esa casa de paredes imaginarias me sostuvo más que la real.

El tiempo es un rufián. Presuroso y despiadado, se burla de los recuerdos que atesoro, que no son más que fantasías fugaces. Como esa estrella que cruza el cielo y, al verla, cruzas los dedos… y nada sucede.

Con el tiempo, entiendes que a veces te cumple lo contrario de lo que pediste.

Heme aquí, esperando un milagro. Repasando todos los escenarios vividos, creyendo que puedo desandar los pasos, plagiar la memoria y alterar los hechos. 

Pensando que con un pestañeo puedo enderezar los surcos escabrosos del pasado.

Aún conservo esa terquedad infantil que cree que, por la fuerza de mi interior, todo podría ser distinto.


Vana ilusión.

Estéril decepción.
Ingrato rebecueco mental.

Sigo esperando ver un álbum lleno de fotografías inexistentes. Fotos con caricias nunca dadas, historias jamás contadas, ojos dilatados de orgullo y amor. Fotos sin espaldas infinitas, sin labios fruncidos, sin miradas duras luego del golpe.

Aquí permanezco, en ese limbo entre lo que fue y lo que con el alma rogué que fuera.

Y no es fe. Ni esperanza.

Es un duelo en cámara lenta. Es negarse a soltar la historia que no fue. ¿O sí fue, y los otros la vivieron distinta?

Soy una niña que, ya mujer, sigue esperando repetir aquello que nunca vivió.

Sigo esperando, como mujer de marinero, que las aguas bajen y su barco llegue al muelle.


No al de San Blas. 

Al mío.

A ese pequeño puerto de mi alma donde el amor —aunque inventado—
nunca naufragó.

Porque hay historias que no suceden... y, sin embargo, nos salvan igual.