viernes, 11 de julio de 2025

EL CHOQUE.

Voy por la vía correcta.

No hay letreros de alto.
No hay señales de advertencia.
¿Para qué frenar?
¿Por qué tener precaución si conozco la calle?

La ley me asiste.
El sentido común me acompaña.
La suerte... la razón, quizás, me sonríe.
Y la voluntad de Dios me permite seguir.

Voy feliz.
Pensando: “Este será mi día”.
Mi momento.
Mi hora buena.
El punto exacto en el mapa donde todo está bien.


Pero de pronto, sin aviso,
sin anticiparlo: un golpe brutal.
Seco.
Violento.
Inesperado.


Un carro viene de la derecha.
Salido como alma que no es de Dios.
No miró.
No pensó.
Rápido. Como un animal desbocado, me enviste.

Me enviste con la fuerza de quien ignora el respeto,
sin precaución, sin lógica, sin freno.
Como si yo no existiera.



Mi auto gira, da vueltas,
se convierte en trompo.
Ruleta.
Danza salvaje sin música ni control.

Y mientras ruedo, como en cámara lenta,
mientras el mundo se desarma en colores rotos,
mi mente se abre a un espacio entre el caos y la conciencia.

¿Es suficiente manejar bien?
¿O hace falta también leer mentes,
detectar miedos ajenos,
intuir intenciones ocultas tras un volante?  

¿Se puede prevenir el caos?
¿Anticiparse al otro?
¿Adivinar sus ganas de morir o de matar?
¿Se puede huir de quien te hará daño?
¿O el destino se burla de nuestras precauciones?

Filosofía urgente de segundos que saben a semanas, que parecen años.
Reflexiono entre las vueltas. Y me aboco a mí.

¿Fui justa?

¿Hice reír? ¿Fui útil?
¿Cumplí con lo que debía?
¿Qué dejé sin hacer?
¿Qué debí decir más fuerte, más claro, más de frente?
¿Amé con la intensidad que exige la vida?
¿Dejé huellas o solo pisadas que el viento borrará?

¿Y si este es mi final…?

Me asalta una duda punzante:
¿Mi ángel de la guarda...? ¿Estaba cansado ya?
¿Se distrajo? ¿Se hartó de protegerme?
¿Se hartó de mi ceguera?
¿Decidió que era hora de soltarme?

Y me pregunto, por los otros, por ti, por ellos, por él:
¿Alguien me extrañará?
¿Qué extrañarán de mí?
¿Quién me llorará?
¿Mi risa? ¿Mis enojos? ¿Mis historias largas y mis silencios tercos?
¿Mis abrazos, mis reuniones, mis canciones favoritas?
¿Mis caderas, mi olor, mis jadeos?

¿Quién dirá mi nombre en voz baja, con un nudo en la garganta?
¿Dirán algo frente a mi féretro...?
¿Confesiones tardías...?
¿Alguien se acercará, sin consuelo, a decirme lo que nunca se atrevió?
¿Tú llorarás, mientras otro respirará en paz?

¿Se hablará de mí con nostalgia o con alivio?
¿Seré un punto de sal ante el mundo?
¿Dejaré un legado?
¿O solo un perfil congelado en redes sociales...?
¿Una enseñanza, una frase que alguien repita alguna vez como si fuera suya?

¿Imprimirán fotos mías...?
¿Bailarán por mí...?
¿Fornicarán en mi nombre?
¿Brindarán con ron?, lanzando un poco al suelo: 
"¡Por ella, la loca, la valiente, la terca, por la que ya no está!"

Y la gente…
¿Se llenará la iglesia de hipócritas...?
¿O será un solar vacío con mi madre e hijas…?

¿Mis hijas ya están listas para seguir sin mí?

¿Mi madre podrá resistir este adiós?

¿Mi muerte pesará...?
¿O pasará como una hoja suelta en el ruido del mundo?
¿Se sentirá mi partida como un derrumbe?
¿Seré una noticia más en el hilo de la vida ajena?
¿Mi muerte impactará más que a mí misma, que la perdí de golpe?


Y en medio del giro, del giro y del giro,
en ese vaivén hacia lo incierto, entiendo que somos frágiles.
Y que se me acaba el tiempo.
Y que un solo suspiro nos separa de la eternidad.

¿Cuánta incertidumbre cabe en un vuelco?

¡Cuántas ganas de vivir siento muriendo!

Y si no sobrevivo…

cuando el carro finalmente se detenga…
cuando todo quede en silencio…
cuando el mundo se vuelva a poner de pie,
cuando esté rodeada de fisgones grabando el suceso,
llorando por una extraña vuelta,
nada en la nada...


¿Qué quedará de mí?
¿Quedará de mí algo más que el eco?

Ojalá al menos quede intacta.

Maquillada.
Bien peinada.
Con el brassiere sujeto
y el panti cubriendo mi abdomen.

Para que quienes me vean digan:
"Qué joven. Qué guapa. No merecía irse así."

martes, 8 de julio de 2025

Lo que se quiebra en silencio



No todas las verdades se miran de frente.

Algunas se cuelan de costado,
en la forma en que decimos,
o en la que no sabemos escuchar.


Hay verdades que no caben en una sola boca,
se deslizan —desnudas— como sombras,
entre el decir y el silencio. 



A veces, basta una palabra para torcer el hilo fino del entendimiento.

No por maldad, sino por el vértigo insoldable de ser "humanos".


Lo que uno nombra, el otro no entiende,

y entre palabra  y palabra 
Lo dicho tosco se hizo filo, 
y la terquedad, honda herida y camino deshecho.

No hubo intención en mi verbo,

sólo palabras mal ubicadas,
que saltaron de mi boca
sin medir el filo, sin imaginar el borde.

Heridas surgieron.

Sorpresivas e impetuosas, cual rio en caudales.

Heridas que no supe ver a tiempo.

No quise,
pero las sílabas, como flechas sin arco,
llegaron igual al "no destino" certero.



¿Cómo explicar que no quise dañar,
que todo fue un error
en el idioma de los afectos?

Una grieta se abrió paso donde hubo risa,
y ya no hay puente,

sólo el eco del error, 

solo la sospecha infundada de una mala intención.

Y aquello que era refugio,

ese espacio - sin nombre - entre dos voces,
se volvió distancia.


Lo que fuimos —historias, secretos y llanto —

se partió como un cuenco
que ya no retiene el agua.


El vínculo se quebró con un crujido sordo,
Un crujido leve, pero profundo,
Y el puente cedió. Cayó sin aviso.


Nadie gritó.
Nadie culpó.
Sólo quedó el vacío, la duda
de lo que no volvimos a nombrar.

Me duele su ausencia 

su adiós de a momento

como duele un castigo sin juicio, un culpable sin testigos, una carpeta sin pruebas...

Duele como un idioma perdido.

Y  duele más,  por injusto,
porque yo también me rompí
intentando no romperle.

Me duele el espacio como duele el futuro que no fue.

Duele que no hay regreso.

Ayer, 

el silencio ocupó el lugar que fue nuestro.

Hoy,

comprendo que todo tiene tiempo y caducidad.

Mañana, 

me quedo con  el peso 

                         el vacío

                         la ausencia y la paz 

  de lo que no merecía este final. 


                  

lunes, 7 de julio de 2025

Andros.

 

No traen promesas adornadas,
ni discursos largos,
pero su forma de estar
es guía,  certeza suave.
Una columna firme
que no necesita anunciarse.

Escuchan sin prisa,
sin análisis que desgaste.
Solo escuchan, y con fuerza de su mirada basta.

Son virs del silencio,
guardianes sin escudo,
compañeros que entienden sin explicar,
que miran y sostienen sin juicio.

Son confidentes de risas sin forzar, 

de conversaciones sin pretensiones,

de momentos simples que se vuelven eternos.

No cargan las palabras con doble fondo,
no buscan protagonismo,
y aun así, su presencia llena.

Con ellos, el alma descansa.
No hay interrogatorios,
ni reclamos disfrazados de ternura.
Solo dominan ese arte de estar sin invadir,
de acompañar sin exigir.


Ellos —los andros serenos—
cuidan sin control,
hablan sin ruido,
y se quedan…
sin hacer escenas.

Son ese lugar donde uno puede aflojar el pecho,
bajar la guardia,
y ser uno mismo sin explicación.

Son remanso.

     A veces espejismo.

                   Siempre puerto seguro.


Son esa confianza que no se negocia,
que se ofrece sin condiciones,
y se sostiene sin ataduras.

No piden lealtad, la entregan.
No te estudian, te aceptan.
No compiten, comparten.
No critican, te admiran.
Están a tu merced
                 a propia voluntad.

No exigen explicaciones ni excusas,
aceptan lo que hay, tal cual es,
y respetan los espacios, 

                         los silencios, 

                                    los giro de timón, 

                                               los cambios de rumbo

                                                                  sin invadirlos ni cuestionarlos.

Son quienes sostienen cuando todo tiembla,
quienes llegan sin hacer ruido,
quienes ayudan sin pedir permiso,
quienes permanecen cuando otros se van.
quienes remiendan lo dañado por otros.

En este mundo de palabras huecas,  
                                          ellos son raíz.

                                             Son piedra discreta.
                                                      Son nomo sin peso,
                                                             humano que sabe estar sin prometer.

Es esa amistad sin complicaciones,

pero con raíces profundas,
que no se muestra con palabras grandilocuentes,
sino con hechos callados, invisibles y constantes.

Saben a un abrazo sin posesión ni recompensa,
a una mano sin cadenas sin ganancias,
a un corazón que se abre sin temor a ser herido.

Es ese animal avezado y verdadero,
ese noctambulo que permanece,
ese que sana, estando herido
ese que, simplemente, es.


A esa amistad sencilla,
a esa calma inesperada,
a esa forma de amor sin nombre…

le escribo hoy estas líneas,
con gratitud,
y sin necesidad de más.

 

 

viernes, 4 de julio de 2025

La carta que mi padre nunca me escribió.

Hija mía,

Nunca pensé que escribir estas palabras me fuera a resultar tan difícil. No por vergüenza —aunque la tengo— sino porque sé que durante años fui un hombre que destruyó en vez de construir y formar, que hirió cuando debía proteger, que calló cuando más necesitaba hablar. Y sobre todo que supo estar ausente, cuando se requería mi presencia.

Si estás leyendo esto, es porque ese daño que causé te sigue doliendo. Y quiero, aunque no borre nada, al menos mirarlo de frente por primera vez.

Te fallé. Le fallé a tu madre. Le fallé a tus hermanas. Le fallé a mi segunda esposa. Y también me fallé a mí mismo. ¡Y hoy día pese a tanta perdida, despedidas, vacíos, duelo y dolor, sigo haciendo lo que mejor se hacer, fallar!

Te fallé de la forma más profunda que puede hacerlo un padre: abusé de tu inocencia, te marqué el alma siendo apenas una niña, y luego lo negué. Como si al negar lo sucedido, desapareciera el horror. No desapareció. Vivió dentro tuyo, y yo me negué a reconocerlo. Lo he negado de modo infinito porque la realidad es demasiado horrenda para enfrentarla de frente. Fue mucho más fácil para mi tildarte de loca, mentirosa, dramática y exagerada. Y aun hoy día, tengo familiares y amistades que me creen y te siguen condenando de modo injusto, poniendo en tela de duda lo vivido y cuestionando tu reacción, no lo que yo provoque con mis actos.  

Golpeé a tu madre cuando lo único que ella merecía era respeto.

Traicioné su confianza, la humillé, y lo hice muchas veces. No por "estrés", ni por "problemas", ni porque ella “lo provocara” como cobardemente me convencí y justifiqué a través de mi discurso de odio ante quienes me quisieron escuchar. Lo hice porque tenía violencia dentro de mí, y nunca tuve el valor de enfrentarla. Ella no era mi enemigo. Y, sin embargo, la traté como si lo fuera.

Fui infiel, mentiroso, hiriente. Desleal y con una grandiosidad difícil de manejar. Critiqué, destruí, abandoné. No supe ser padre. Ni para ti ni para tu hermana… ni para tus otras hermanas que llegaron después. En vez de cuidarlas, las llené de miedo, de dudas, de palabras ásperas, de carencias emocionales que hoy pesan en cada una de ustedes. Y pese a tanto daño y daños, son mujeres de bien.


Tampoco fui justo con mi segunda familia. Les prometí un nuevo comienzo, pero llevé el mismo infierno a cuestas conmigo. Nunca les di seguridad, ni estabilidad, ni afecto real. Y lo peor: creí que bastaba con estar presente a medias, con esconder mis faltas, con justificar mi ira, con degradar a sus madres. No bastaba.

Y cuando todo colapsaba, siempre encontré una forma de culpar a los demás. A tu madre. A ti. A mis parejas. A la vida. Nunca tuve el valor de detenerme y decir: "soy yo el que está haciendo daño".

Y ahora, ya mayor, con la visita de la muerte al doblar las esquinas, me doy cuenta que he vivido una vida incompleta. Porque no hay éxito, ni edad, ni excusa ni logro que valga cuando un padre le falla a su hija como yo te fallé a ti y a tus hermanas.

No sé si merezco tu perdón. No sé si podrías dármelo algún día. Pero lo que sí sé es que tú y todas ustedes merecen escuchar esto:

Lo siento.
Perdón por lo que te hice cuando eras una niña indefensa.
Perdón por el miedo.
Perdón por la rabia que tuviste que cargar sola.
Perdón por los años en que te hice creer que estabas equivocada.
Perdón por romper algo que nunca debí tocar.
Perdón por dejarte sin respuestas, sin amor, sin padre. Con una familia fracturada, resentida y llena de mentiras que se convirtieron en distancia, indiferencia y frialdad.

Perdón a tu madre, por cada golpe, cada traición, cada grito, cada herida.
Perdón a ti, a cada una de tus hermanas, por haber vivido con un modelo de lo que nunca debió ser un hombre.
Y perdón a mi segunda esposa, que también vivió un infierno conmigo cuando solo buscaba alegría y ser amada.

Ojalá estas palabras fueran suficientes. No lo son. Pero son lo único sincero que puedo darte hoy.

Si algo te pido, no es que me perdones.

Es que no sigas cargando con la culpa que era mía. Que te liberes de mi sombra. Que te sepas digna, amada, fuerte. Que sepas que nada de lo que hice fue tu culpa. Nunca lo fue.

Y si un día sientes que esta carta te sirve para cerrar algo, úsala. Como quieras. Como puedas. Cuando quieras escuchar dentro de ti lo que  debí haberte dicho, desde la culpa que nunca asumí, desde el arrepentimiento que tantas veces te hizo falta.

Esta carta es para ti, para tu madre, para tus hermanas, para todas las niñas y mujeres que  lastimé. 


Me despido con vergüenza, con ese "perdóname" adeudado, con ese abrazo no dado  y sin poder levantar mi mirada ante ti, 

Tu padre.

viernes, 6 de junio de 2025

"Lo que habita en ella"

Desde niña, ella supo que sería distinta. Su madre lloraba, su familia discutía y luego se abrazaba.  Ella los miraba como si estuvieran actuando una obra de teatro barata y mal dirigida. Había en esa casa una escena para cada emoción, y ella no se creía ninguna. No sentía nada. Ni apego. Ni ternura. Ni ese amor viscoso que tanto repiten en las películas rosas. Se adaptó. Imitó. Aprendió muy rápido cómo fingir empatía, cómo decir “lo siento” con el tono justo y en el momento adecuado. Siempre supo que decir a quien para lucir empática, sin serlo.  Nadie lo notó. O no lo dijeron por miedo o sencillamente era una escena màs de la gran obra familiar.

... Ahora que es mujer camina por el mundo sin peso en la espalda. Con la energía de alguien que no ha vivido un solo día bajo el peso de la culpa o el arrepentimiento. Ni culpas, ni miedos, ni dudas. Sin ansiedades ni preocupaciones "reales"... Una mujer que se despierta, baja el pie izquierdo y el primer paso lo da con el derecho, como si el mundo le debiera algo, y obvio, sale a cobrarlo. Cada día es suyo. No tiene miedo, no le inquieta el qué dirán ni el qué sentirán. No carga con mochilas, ni propias ni ajenas. Una mujer sin grietas, sin quiebres, sin necesidad de explicarse ante nadie. Vive como un animal elegante y frío: siempre alerta, nunca herida.

Si algo le gusta, lo toma. Si alguien le incomoda, lo aparta. Si tiene que mentir para sobrevivir o ganar, miente con naturalidad extrema.

Desde temprano supo que lo que los otros llaman "amor" no es más que una actuación orquestada a favor propio, un sentimiento egoísta en el cual cada quien da de modo medido lo que desea recibir del otro. El amor no es màs que un trueque, pero los corrientes temen admitirlo.

También descubrió que el dolor era un hábito social, con la única intención de crear empatía o en el peor de los casos, lastima. Y en el màs astuto,  tender redes de apoyo y colaboración en el cual todos gustosos caen.

Que el miedo era una jaula para débiles. Y que las victimas son los victimarios de quienes creen en sus llantos.

Ella, por su parte, no se encierra ni se doblega. Algunas veces finge hacerlo pero su alma no fue moldeada con emociones blandas, sino con una lógica filosa, implacable, por una herencia paterna maldita, pero conveniente.

Creció fascinada por lo que otros temen: el crimen, la violencia, el peligro y el deseo sin límites. Amó hombres que vivían fuera de la ley. No por necesidad, sino porque su vida era real, sin hipocresía. Ellos tampoco pedían permiso para existir. Igual que ella. Algunos vendieron drogas, otros mataron. Y no se escandaliza ante la oscuridad, más bien se aburre por la falsedad, lo rutinario y lo predecible.

No siente como se supone que debería. El llanto le irrita. El sufrimiento ajeno le resulta un ruido molesto. Le incomodan los débiles, los tristes, los preocupados por la muerte. No es que los desprecie. Es que no los entiende. No le interesan. ¡que salgan de su dolor, si pueden!

El afecto, si lo da, es una estrategia. Todo en ella tiene un fin o un móvil. La ternura, si la muestra, una herramienta. 
Sabe muy bien cómo leer a la gente, cómo dar lo que quieren oír, cómo fingir una mirada de consuelo que abra puertas y baje defensas. 
Si alguien cae en sus redes, no es su culpa. Es su ingenuidad. 
Ella no engaña; los otros se dejan engañar (y les gusta ser engañados), por ende, no es su responsabilidad.

Tiene un cuerpo despierto, deseable. La sexualidad en ella no es conexión. Tampoco entrega. Es un mecanismo de poder y una herramienta de comunicación. 

Su cuerpo, fuego que consume sin quedar atrapado. Ama lo que desea y lo desea todo lo que no está atado. No siente pudor por tomar lo que cree suyo. Va por la vida sin pedir permiso. El sexo no es afecto, es poder, es vitalidad, es territorio conquistado.

La acompaña lo neutral.  Una figura constante, presente, que no despierta nada en ella, pero que ocupa su espacio con utilidad, aun cuando su alma le pertenece al caos, al deseo sin censura. 

Y más allá de todo, existen dos presencias que sí significan algo: sus dos posesiones preferidas, que palpitan fuera de su cuerpo. No siente por ellas un amor convencional. Lo que siente es más feroz, más instintivo, más inquebrantable. No es dulzura, sino fuego. En ellas no hay máscara. Por ellas podría destruir sin pestañear. Por ellas se mantiene firme. Aunque no sepan cuánto de ella está escondido.

Esta mujer no sufre. No se agota. No se abruma. Su mente es clara, su voluntad firme. No se corrompe màs allá de su propia e innata corrupción. No se desgasta con lo que arruina a otros: la culpa, el miedo, la inseguridad. No hay remordimiento en sus decisiones. Utilizar a otros no le quita el sueño. Manipular, tampoco. Si puede sacar ventaja, lo hace.  Si puede aprovechar una oportunidad, la toma. Si debe mentir para sobrevivir, miente. Si algo se interpone, lo aparta. Y si el mundo se confunde con sus gestos amables, no es su culpa. Repito, es ingenuidad y sobre esto, carece de control.

 
Es muchas cosas, siempre llena de etiquetas, pero nunca de víctima.

La han llamado por nombres clínicos. Etiquetas que intentan encerrar lo que no encaja. Limítrofe, psicópata, antisocial. Palabras que otros necesitan usar para sentir que comprenden lo que les perturba. Pero no la ofenden. La explican, quizás. Y no la encierran.  ella no está rota. Está despierta y está bien. 

Más despierta que muchos que viven dormidos dentro de sus emociones.

No busca redención. No necesita amor. No quiere ser entendida. Solo quiere que el mundo sepa que existe otro tipo de fuerza. 

No todos los seres sentimos. Una que no llora. Una que no duda. Una que no ama, pero tampoco se traiciona. Y eso no la hace menos humana. Solo la hace diferente.


Ella es lo que habita en el silencio de quienes ya no creen en los cuentos. Y aunque camina sola, nunca está perdida. 

Es lo que otros no se atreven a admitir que podrían ser, si dejaran de tener miedo.

Porque en su mundo, la brújula apunta siempre hacia ella misma.

Y en el mundo hay muchos otros igual a ella. 

Se mimetizan, se mezclan…
Solo quiere que sepas que existe.

Y que no la vas a reconocer…
hasta que ya sea tarde.

lunes, 19 de mayo de 2025

Ella tiene su casa, no tu permiso

Para ti, M.,

Amiga del alma y alas convertidas en mujer.  

(Y para todas las mujeres que lo han logrado!) 

_________________________________________


Consiguió su casa con esfuerzo. 

La soñó, la trabajó, la sudó. No fue suerte ni fue herencia, fue desvelo.

Cada pared tiene una historia de lucha, con trabajo y mucho esfuerzo. Cada mueble fue comprado con horas de silencio y soledad, cada rincón guarda la dignidad de una mujer que no le pidió nada a nadie. Cada pared la levantó sola. No hubo nadie que la mantuviera, nadie que la rescatara. Se rescató sola.

Pero ahora que la tiene, parece que para algunos hombres eso es una provocación, resulta que algunos creen que esto les da algún tipo de ventaja o derecho. A tocar. A entrar. A quedarse. A sentirse cómodos y amañados. 

Como no tiene marido, creen que está sola. Y como vive sola, asumen que está esperando que alguno se meta dentro de sus sabanas y le quite la llave de entrada. No solo esperan acceso a su casa. También a su vida. También a su cuerpo.

Como si el solo hecho de que una mujer tenga su espacio significara que está esperando uh hombre.

Como si no tener un marido significara estar incompleta, abierta, disponible.

No. No señor. No está nadie invitado. No está bienvenido.

No le interesa la compañía permanente de un “macho”, ni su flojera ni sus ganas de tener cama, techo, comida y cuerpo sin mover un solo dedo.

Qué cómodos se han vuelto algunos hombres…

Se acercan con sonrisas baratas, con palabras gastadas y gestos repetitivos.

Te invitan a “compartir la vida” cuando en realidad lo que quieren es que tú los mantengas.

Se invitan solos, sin previo aviso, como si su techo fuera una posada, como si su independencia fuera una señal de necesidad. Pero no entienden nada. No entienden que ella no está sola, está completa. No está esperando, está viviendo. 

Su casa no es un premio para el vago que no tiene ganas de esforzarse por tener la suya.

Se creen regalo, pero son carga.

No aportan, pero exigen.

No respetan, pero demandan amor, atención y cuidados.

Y lo peor no es que lo intenten. Lo peor es que lo hacen con la seguridad de que tienen derecho a entrar, estar y quedarse de modo indefinido. (Lo mas grave no es que entren, sino que muchas veces te sacaran de tu propia casa...)  

Como si ser hombre fuera una llave universal que abre puertas, piernas y corazones.

No señor.

Y así se acercan, sin vergüenza, queriendo cama, comida, sexo y techo. Sin aportar nada, sin respeto, sin compromiso. Hombres que quieren aprovecharse del trabajo de una mujer porque no soportan ver que una pueda más que ellos.

Su casa no es suya.

Su cuerpo no es suyo.

Su vida no lo necesita.

Esta sola, sí. Pero no está vacía.

Esta sola porque quiere, no porque le falte algo.

Esta sola porque a veces es más digno estar sola que compartir el techo con alguien que solo viene a chupar como rémora lo que con esfuerzo construyò. 

Y si no lo entienden, lo repito:

Ella no necesita un hombre. Necesita que la dejen en paz.

Porque tener casa no es una invitación.

Vivir sola no es una señal de “entrada”.

Su libertad no es una rendija para que nadie se cuele.

Su silencio no es una falta ni un irrespeto. 

Es paz. Es elección. Es respeto y amor propio.

Así que no, no se metan más.

Ni a su casa, ni a su cama, ni a su vida.

No están invitados.


Y aunque no lo entiendan, no les debe explicaciones.

Porque ya tiene todo lo que necesita:

Paz, techo, fuerza, espacio…

Y libertad.


Vivir sola no es estar disponible.

Es ser libre.

Y estar orgullosa de serlo.

jueves, 15 de mayo de 2025

"El que merodea frente a una madre"

 No recuerdo en qué noche lo vi por primera vez. Pero desde entonces, no ha dejado de volver.

Siempre después de las ocho y antes de medianoche, como si tuviera un reloj clavado en la carne.
Siempre caminando presuroso, luego lento, con esa gorra absurda clavada a la altura de sus ojos, como
si eso bastara para esconder su intención.
Y siempre, siempre, con la mirada puesta en mi casa.
No en la casa.
En ella.

La primera vez creí que era un muchacho cualquiera. Alto, delgado, blanco, de buen ver, como los que se crían sin hambre. Barba recortada al milímetro, como si no pudiera soportar ni un pelo fuera de lugar. Pero no era eso lo que me hizo detenerme. Fue la forma en que se giró. No el cuerpo: solo la cabeza, con un movimiento medido, como el de alguien que estudia el terreno, quien busca lo que no es suyo pero lo cree propio. No miró como quien ve. Miró como quien escoge.

Desde entonces, su figura empezó a colarse en mi vida como una sombra sin dueño.
Lo veía desde la cocina. Desde la ventana de la sala, la terraza y el parking.  Reflejado en el vidrio del 
televisor apagado.
Daba vueltas, con apuro, sin apuro, con una calma que me insultaba.


Mi hija, al principio, no lo notó. Luego, sí. Pero lo dijo como quien comenta una nube:
—Ese tipo siempre pasa por acá, ¿no?

Yo no dormía bien desde hacía semanas.
Y entonces lo supe.
Nadie repite un trayecto sin una razón. Nadie merodea sin deseo. Nadie observa tanto sin un objetivo. Esto no es inocente, casual ni sin intención.

Él la quiere.
Y no como se quiere a una persona. La quiere como se quiere un objeto. Una presa.
La quiere para él.
Y si tiene que romperla para eso, no le va a temblar la mano.

Las noches se llenaron de preguntas. ¿Qué hacer? ¿A quién se le dice que hay un lobo caminando con cara de hombre?
La policía no arresta miradas. No detiene pasos lentos.
No castiga las intenciones.

Y entonces, algo empezó a nacer en mí. Algo que no era miedo.
Era más denso. Más oscuro.
El deseo de que desaparezca.
El deseo de que no vuelva.
El deseo, crudo, de que muera.

Lo hablé con mi esposo.

Una noche, después de que volvió de trabajar, le conté. Le dije que ese tipo no solo pasaba, que miraba demasiado, que no era normal, que algo iba a pasar. Le conté de la forma en que se detenía frente a la reja, como si contara los pasos hasta la puerta. Le hablé del miedo. De cómo mi hija ya ni quería sentarse cerca de la ventana. Le hablé con la voz seca, porque si hablaba con llanto, iba a pensar que era exageración.


—Estás viendo cosas, ha de ser un caminante o vicioso. Tal vez un fisgón —me dijo.
Y siguió mirando la televisión.
Yo también lo miré a él, pero no con rabia. Con lástima. Porque me di cuenta de algo brutal:
lo que sea que se haga, he de hacerlo yo.

Después lo hablé con los vecinos.
La señora de la casa de al lado me dijo que sí, que lo había visto, pero “capaz es alguien que vive cerca nomás, no todos los jóvenes son delincuentes”.
El del frente se encogió de hombros.
Una sola mujer —la de la esquina— me miró con los ojos bien abiertos y me dijo:
—sigue muy atenta. No bajes la guardia, toma registro. A veces las madres sentimos lo que los demás no quieren ver.

Esa noche, decidí que no podía quedarme esperando.
Porque ya no era solo que me miraba a mí o a mi hija.
Era que ya no le importaba ser visto.


Y eso es lo más peligroso: cuando el lobo deja de ocultarse.
Cuando empieza a caminar en dos patas a la luz del poste, sin vergüenza.


No me enorgullece lo que hice.
Pero fui a buscar a alguien que conocía desde hacía mucho. Un hombre al que mi madre no quería que me acercara cuando era más joven. De esos que saben moverse en la sombra, que no preguntan mucho. Le conté. Todo. Le dije quién, cómo, a qué hora.
Él me escuchó sin interrumpir, con los ojos clavados en los míos.
Cuando terminé, se quedó callado unos segundos.
Después, solo dijo:
—¿Quieres que lo asuste o que no vuelva nunca más?

No contesté.
Solo lo miré.
Y me miró.
Y en ese silencio mutuo, se selló algo.
Un pacto. O un abismo.
No lo sé. Solo que no hay retorno dentro de ese silencio.

Esa noche dormí por primera vez sin sobresaltos.


Y al día siguiente, ya no lo vi.
Ni el otro.
Ni el otro.
Ni nunca más.


No sé si fue mi amigo.
No sé si fue el hastió  que se pudrió en la cabeza de ese tipo.
No sé si fui yo, si de alguna forma... yo lo hice. Rezando o en sueños o…
A veces me despierto en mitad de la noche y creo ver su silueta en la esquina. Pero parpadeo y ya no está.
Mi hija volvió a reír sin mirar atrás.
Yo sigo sin abrir la cortina del todo.

Porque el miedo… el verdadero miedo… no desaparece.
Solo cambia de forma.


Un año después


El verano trajo lluvias inesperadas y, con ellas, una limpieza que parecía prometer renacimiento. Pintamos la fachada, cambiamos las cortinas, pusimos plantas nuevas en la terraza. Todo huele distinto. Todo se ve más claro.

Pero yo... yo no soy la misma.

Mi hija ahora sale sin miedo. No tanto como antes, pero con esa ligereza que se tiene a los veinte años cuando todavía se cree que el mal se puede evitar con buena vibra y luz solar.


Yo la dejo.
La dejo ir.
Pero no dejo de mirar.
Ni de esperar.

A veces, al anochecer, cuando todo se pone azul y las casas se llenan de luces cálidas, me siento en la silla del comedor y tomo un café  que no necesito.
Entonces lo sueño.
No con su cara, que ya se me ha borrado.
Lo sueño como sombra detrás del vidrio. 
Y en el sueño, él no habla. Solo mira. Como siempre.
Pero esta vez, soy yo la que no se mueve. Soy yo la que lo deja mirar. Soy yo quien lo mira de frente y su rostro no tiene ojos. No hay una mirada acechante. No hay nada.
Nada...
Porque sé que no va a entrar.
No puede.

Hace unas semanas, encontré algo.
Una gorra. Vieja, sucia, aplastada entre los matorrales cerca de la esquina.
La reconocí. Era la suya.
O una igual. La
 guardé.

No sé por qué.
A veces la saco del armario y la miro. La toco. La huelo. La piso. La tiro y la vuelvo a guardar.
Y no sé si me tranquiliza o me recuerda lo que soy capaz de hacer.

Y me enorgullezco. Es mi trofeo. A falta de cuerpo... a falta de pruebas...  a falta de convenientes recuerdos. Yo, ¡y mi poca memoria!

Y entonces me digo:

Quizás nunca se fue.
Quizás vive en otro lado ahora.
Quizás estoy más a salvo, o quizás solo me acostumbré al miedo.

Pero al menos, por ahora,

mi hija duerme tranquila.
Y yo… también.