miércoles, 30 de abril de 2025

A las 7:42 am en San Francisco.

 (...en honor a ti que me veías con tus ojos llenos de letras)


Todas las mañanas, como si el tiempo también tuviera sus rituales secretos, a las 7:42 en punto, él estaba allí.

Sentado en la banca más cercana al roble viejo del parque, con el lomo de un libro abierto como un ala extendida sobre sus piernas delgadas. Tenía la piel tostada por el sol, lleno de arrugas en el rostro y con inviernos en los ojos  que —aunque casi nunca los levantaba— parecían guardar un mar en calma. Era un hombre sin casa, pero no sin mundo; y su mundo, por lo que pude ver, cabía entre las páginas de los libros que atesoraba.

Nunca supe su nombre, pero eso no me impidió verlo. Y verlo era suficiente. Suficiente para que mi día, por más gris que empezara, se sintiera enraizado en algo silencioso y digno. A veces, bajaba la ventana del carro y a "lo pisa y corre" le dejaba un café caliente o unas frituras que compraba a propósito para él. O un libro —los más humildes de mi colección, los más leídos o sopeteados— porque intuía que no cualquier historia merecía el honor de sus manos.

La última vez que lo vi fue un martes. El martes pasado. Llevaba puesto un abrigo, asumo de algún donador anónimo, que le colgaba de los hombros como un recuerdo prestado. Estaba leyendo. Como siempre.

Después, ya no estuvo más.

Pasaron los días. Y las noches. Y muchos carros presurosos con sus pitos cotidianos.  Ayer se cumplió una semana de su ausencia. Su banca quedó vacía, como una página a medio escribir. El área donde ponía sus libros, estaba limpia y su carretilla maltrecha de súper, también desapareció.  Mi curiosidad venció la prudencia y detuve el carro como tantas veces había hecho. Me bajé y le pregunté a un hombre que corre cada mañana por el mismo sendero.

“Murió”, me dijo. “Lo encontraron aquí mismo, con un libro abierto sobre el pecho. Como si las palabras lo hubieran acunado en su último aliento.”

No supe qué decir. Me quedé mirando la banca. Todo seguía igual —las hojas, la luz, el ruido de la ciudad al fondo— pero algo faltaba. O más bien, alguien. Y ese alguien, que no hablaba con casi nadie,
que nunca pidió nada, había dejado un hueco difícil de explicar.

Era un hombre sin hogar, sí, pero jamás sin presencia. En un mundo que corre sin mirar, él se detenía. Leía. Y en su lectura silenciosa, en ese pequeño acto repetido día tras día, se volvió un faro. Un ejemplo de resistencia ante la tecnología que nos devora los ojos y que lo dejó atrás,  de paz frente al consumo que todo lo llena y nada sacia. Era un baluarte de contemplación en medio del ruido, una pausa viva en un mundo apurado.


No era famoso, ni viral, ni trending. Pero quienes pasábamos a su lado —aunque nunca cruzáramos una palabra— sabíamos que algo valioso habitaba en él. Que su sola existencia sembraba preguntas:

¿Cuándo fue la última vez que me detuve?

¿Cuánto tiempo paso con la cabeza gacha viendo una pantalla azul adictiva?

¿Cuándo fue la última vez que leí sin esperar nada más que la compañía de una buena frase?

¿Cuánto he dejado de contemplar, sentir y compartir con otros? 

Ahora al pasar por el parque y mirar su banca vacía,  a veces, creo ver un destello de su último abrigo, o el brillo dorado del sol en las páginas que ya no sostiene. Me gusta pensar que, donde sea que haya ido, sigue leyendo. 

Y que cada historia que le llevé, cada café, cada saludo leve desde la ventana del carro, fue una pequeña forma de decirle: te veo. Te vi. Existes. 

Porque sí, había desaparecido. Pero no se ha ido del todo.

Y así, sin decir una palabra, nos enseñó que aún en el margen se puede ser centro. Que incluso quien no tiene casa puede ser hogar de algo sagrado. Que detenerse a leer, en medio del mundo que corre, es también una forma de esperanza.

Fue un anónimo, un ser del montón de los muchos indigentes de Panamá, que hizo suyo un parque
pequeño del barrio de San Francisco. Pero igual que un faro en medio del mar, nos enseñó a mirar con otros ojos. Y aunque su luz ya no arde, el rumbo que trazó aún brilla en quienes lo vieron. 

Hoy, sin su luz, el paisaje duele distinto.


martes, 29 de abril de 2025

"No me enfermes con lo tuyo"

 

continuación de NO CULPABLE.


Tu mierda no es mi carga.

Tu odio no me va a pudrir.
Tu trauma sin resolver no va a ser mi cárcel.

No me infectes con lo que no has curado.
No me heredes tu guerra,
yo he aprendido a no morir por batallas que no me pertenecen.

Tu falta de perdón no será mi condena.
No será mi cadena.
Tu oscuridad no apagará mi fuego.

Porque yo elegí sanar.
Y para eso, tuve que soltar —aunque duela—
todo lo que tú aún aprietas con furia.


Lidìa con lo tuyo.
Yo ya me estoy curando.
Y no pienso sangrar por lo que tú no te atreves a mirar.

Y  no .
No me vas a intoxicar.
No voy a cargar tu sombra para que no te sientas solo en la oscuridad.
No soy responsable de lo que decidiste no sanar.

Mi silencio no es culpa,
es defensa.
Mi distancia no es desprecio,
es supervivencia.

Que te quede claro:
yo vine a romper cadenas, no a heredar las tuyas.

Y esta vez, 

la historia termina conmigo

y empieza en mí.

 

"No culpable"

 

A ti, 

lo siento.


Hay seres que caminan como sombras con boca,
con el alma en carne viva y los puños llenos de ayer.

Arrastran su odio como si fuera herencia,
lo alimentan, lo crían, lo acuestan con ellos cada noche,  al lado del Padre Nuestro mal rezado.

Guardan rencores en frascos rotulados con tu nombre,
aunque tú no hayas abierto la herida.
Te lanzan su veneno envuelto en palabras suaves con mirada sonriente
y quieren que bebas, enfermes, sangres.


Hay gente que no quiere sanar.
Quiere hundirse con sus testigos, sus recuerdos y su memoria
Arrastrarte al pantano de lo que nunca enfrentaron.
Vomitan traumas como si fueran argumentos,
y te miran con rabia porque tú no les compras el billete al infierno.

Y van por ahí, escupiendo odio disfrazado de heridas.

Te hablan de “dolor”, pero lo usan como excusa para herir cual punta de lanza envenenada.
Quieren verte mal,
porque no soportan que tú hayas salido del pozo que ellos decoraron con excusas.

Hay gente que no quiere sanar.
Quiere vengarse
del mundo, de su infancia, de quien no le pidió perdón, de quien la cambio, de quien la maltrató.



De ti. Aunque no sepas por qué.

De ti. Aun cuando no existías.

No es sanación lo que buscan.
Es compañía para su miseria.
Y como no pueden respirar sin veneno, te lo soplan en la cara.


No buscan comprensión.
Buscan contagiarte.
Hacerte dudar de tu paz.

Mancharte con su frustración arcaica.
Envenenarte suave,
con palabras cargadas de resentimiento mal disimulado.

                                                                                                          Sutil.          

                                                                                                                    Constante.       Insano.                         

 

Quédate, pero no entres

Me gusta la compañía,

pero no la cercanía que se pega y se introduce a la piel.

Me gusta la conversación,
pero no esa intimidad que husmea entre las grietas y me deja un olor a desazón.

Disfruto del ruido, del caos, del jolgorio, del anonimato, de la distante indiferencia, de lo superficial. Lo que se siente a medias, 
no del silencio, las confidencias y las miradas atentas que me obligan a abrir la puerta. Y escapar.


Quiero que estés,
pero no dentro. y menos a gusto. No amañado.
Que compartas el fuego,
pero no me pidas que te deje dormir en mis cenizas 

ni que te brinde mi hoguera. Mi espacios, mi casa. 

No soy refugio.
No soy terreno abierto.

Puerto de paso sin la espera de navegante alguno. 

Fogata. Rebeldía. Montañas sin conquistar.

Ola bravía que viene, que va.

Cofre de tesoro sin tesoro alguno que hurtar.


Soy más bien un campo minado de energía:
acércate si quieres bailar, reír, disfrutar… 

pero no te confundas.

No es amor lo que te ofrezco.

ni confidencias ni lealtades ni confianza.


Es mi presencia.
Y eso es lo que vale.

viernes, 25 de abril de 2025

MAS ALLA DE LA BRUMA

 

No soy la cicatriz ni el eco del grito,
ni la sombra larga de lo que me dolió.

Soy también la mujer que amanece agotada
y aun así se viste de fuego.

No soy lamento,
ni la niña que temblaba en rincones sin nombre.
No soy la herida,
ni el silencio tragado por miedo a quebrarme.

He sido grieta.
He sido carne abierta sin anestesia.
Pero también —y sobre todo—
he sido el temblor que no se arrodilla.


Más allá de la bruma

—donde el trauma deja su rastro y el lamento aprende a callar—
hay una fuerza quieta,
un latido terco que insiste en florecer.


Camino entre resquicios,
esas grietas por donde la luz se cuela
cuando todo parece oscuro.


Soy un puño que aprendió a soltar,
una voz que ya no se disculpa por sonar fuerte.

Más allá de la bruma
donde se esconde aquello que no dije,
donde se acumulan las lágrimas que no lloré,
se alza esta mujer que, aunque cansada,
no cede.


Tengo rabia, sí.
No se transforma en odio,
Tengo miedo también.
y camina, no se queda quieto.

Aunque a veces amanezco vacía,
hay un resquicio —pequeño, rebelde—
donde aún brota esperanza.

                                                                                     Soy la tinta que no se rinde.

                                                                                     La llama por amor a mí.

La hoja que sigue escribiéndose a pesar del fuego.


Te invito a bailar conmigo.


No soy un poema triste.


jueves, 24 de abril de 2025

Lo que no hice contigo.


Dedicado a esa niña que sigue esperando, a la que hoy le he dado voz.
La que busca sentirse en casa.
la que añora también cobijo.                                    
La desterrada.                         
Estoy aquí, si quieres sigue.                                                            Entra.  
Si quieres escribe, canta, baila.                                                
Si quieres solo quédate en silencio.                                                Si quieres llora. Sueña.
Sea lo que sea… no estás sola.  
Nunca más lo estarás.

En mi mente atesoro los momentos en que, a la hora de salida del colegio, papá me esperaba en su flamante Oldsmobile de la época.
Corría a sus brazos como leona a su presa, y nunca erraba: me atrapaba en el aire, con destreza, maleta, lonchera y cuanto accesorio escolar cargara. Siempre me sentía su niña. Su niña y él, mi protector. 

Mientras bajaba el tráfico, nos sentábamos dentro del auto. Allí me esperaba un gran pedazo de pan dulce y un tercio de leche. No era comida sana, pero no importaba. Era nuestro momento costeado con veinticinco centavos. Tiempo de risas, confidencias y juegos antes de llegar a casa.

Mi mamá.
Siempre risueña, ansiosa por nuestra llegada, nos esperaba en planta baja, con su vestidito rosa y un estoico delantal blanco ceñido a su diminuta cintura. Impecable, a pesar de cocinar manjares todos los días, tres veces al día, sin detenerse ni quejarse.


Apenas entrábamos, se turnaban para llenarme de besos. Querían saberlo todo. Y yo, entre risas, volvía a contar mis aventuras del día, sin que ella supiera que papá ya conocía cada detalle. Era muy celosa, así que no le decíamos que llegaba tarde al cuento.

El olor a almuerzo calientito nos guiaba hasta la mesa. Sentarnos, tomarnos de las manos y rezar era un ritual infaltable.

Recuerdo las manos tersas y pequeñas de mamá. Cosía para amigos, vecinos y familiares, pero no tenía un solo pinchazo. Sus manos eran de seda, con uñas cortas y pulidas, siempre en rosa pálido: su color permanente, como su amor por nosotros.

Con una mano acariciaba mi cabello, con la otra jugaba con los rizos de papá, contándole las canas prematuras como si leyera un poema. El almuerzo duraba horas. Comíamos entre risas, juegos y charlas que hacían del comedor nuestro pequeño mundo feliz.

Con el vientre hinchado como sapo de río —de tanto comer, beber y reír— llegaba la hora del cuento.

En el jardín del patio trasero, teníamos una hamaca enorme donde cabíamos los tres. Yo, al centro, escuchaba a papá leerme cuentos inventados desde un libro con páginas en blanco.

Decía que las letras eran invisibles, pero que él podía leerlas porque tenía ese superpoder. Yo fingía creerle. Él fingía que no lo notaba. Amor mutuo, disfrazado de juego.

Después venía la hora de estudio. Mamá me tenía todo listo en el cuarto:


libros revisados, tareas señaladas, lecciones subrayadas. Una hora y media exacta.
—“A la escuela no se va a memorizar. Analiza, Elena. Quédate con lo que tu lógica entienda”, decía papá.

Mientras estudiaba, ellos comían postre, conversaban, leían el periódico o se daban besos. Lo sé, porque un día terminé antes y los vi. Se trataban como novios de escuela.

La última media hora, entraban con sus interrogatorios. Me evaluaban con juegos, con preguntas, con humor.

Al caer la noche, jugábamos Monopolio, ajedrez o “cuenta-palabras”. Tambien bailábamos papá y yo. Mamá tomaba fotos.

En casa se veía poca televisión.
—“Mata las neuronas si se ve demasiado”, decía mamá.
—“Puedes verla, pero no pongas novelas”, replicaba papá. Era lo único en que no se ponían de acuerdo.

Después de la cena, me alistaba para dormir. Mi cuarto olía a sábanas recién lavadas, a nuevo, a amor. Mamá me cubría con edredones gruesos —soy friolenta— y juntos rezábamos los tres, tomados de la mano.

Casi nunca soñaba.
No hacía falta.
Mi realidad era mejor que cualquier sueño.


Pues bien, heme aquí, con casi 55 años, y un equipaje lleno de historias que nunca sucedieron. Y aun así, las extraño.


¿Se puede extrañar lo que no fue?
Sí. Y mucho.

Porque en el fondo, esa casa de paredes imaginarias me sostuvo más que la real.

El tiempo es un rufián. Presuroso y despiadado, se burla de los recuerdos que atesoro, que no son más que fantasías fugaces. Como esa estrella que cruza el cielo y, al verla, cruzas los dedos… y nada sucede.

Con el tiempo, entiendes que a veces te cumple lo contrario de lo que pediste.

Heme aquí, esperando un milagro. Repasando todos los escenarios vividos, creyendo que puedo desandar los pasos, plagiar la memoria y alterar los hechos. 

Pensando que con un pestañeo puedo enderezar los surcos escabrosos del pasado.

Aún conservo esa terquedad infantil que cree que, por la fuerza de mi interior, todo podría ser distinto.


Vana ilusión.

Estéril decepción.
Ingrato rebecueco mental.

Sigo esperando ver un álbum lleno de fotografías inexistentes. Fotos con caricias nunca dadas, historias jamás contadas, ojos dilatados de orgullo y amor. Fotos sin espaldas infinitas, sin labios fruncidos, sin miradas duras luego del golpe.

Aquí permanezco, en ese limbo entre lo que fue y lo que con el alma rogué que fuera.

Y no es fe. Ni esperanza.

Es un duelo en cámara lenta. Es negarse a soltar la historia que no fue. ¿O sí fue, y los otros la vivieron distinta?

Soy una niña que, ya mujer, sigue esperando repetir aquello que nunca vivió.

Sigo esperando, como mujer de marinero, que las aguas bajen y su barco llegue al muelle.


No al de San Blas. 

Al mío.

A ese pequeño puerto de mi alma donde el amor —aunque inventado—
nunca naufragó.

Porque hay historias que no suceden... y, sin embargo, nos salvan igual.

miércoles, 23 de abril de 2025

Calle 12 , Santa Ana.

— una crónica poética para el alma ,  refugio que nos dio raíces, historia de una infancia que resistió—


En la vieja Calle 12, 
donde el sol se posa sin prisa 
y el viento trae canciones del ayer,
sobre sus adoquines viejos y escuchando las risas de niños que se cuelan 
por entre las rendijas del tiempo,
ahí sembré mi niñez
como quien planta una flor sin saber
que crecerá para siempre en el corazón.


Santa Ana, 
su calor me abrazó con sus calles cansadas, 
de tantas luchas vividas...
calles donde todo tenía un olor:
olor a humo, hierba, pan recién hecho,
a tierra mojada tras la lluvia, ropa limpia, 
bebes, amanecidos, inocencia y esperanza.
A mujer trabajadora con sus faldas tipo tubo.

... y en cada patio, zaguán y avenida,
se regodea en mis recuerdos
esa fragancia inconfundible
que yo aprendí a llamar libertad.


En calle 12, 
brillaban los balcones 
donde las abuelas hilaban cuentos, recordando su mocedad 
y tejían gruesas trenzas de chiquillas amainando el cabello cuscú, 
adornadas con horquillas o ligas de colores, 
mientras el viento danzaba con sus faldas como el canto bullicioso de los grillos.

Allí, cada esquina tiene nombre,
aunque no lo diga ningún letrero. 
Y cada vecino,
es un capítulo que aún recuerdo con cariño.                               

Calle 12 no era solo asfalto sin números, 
o adoquines y balcones, o azoteas y zaguanes:
era el eco de mis primeros pasos como niña libre.

Era el sonido de los vende-pipas, 
de los plátanos con salchichas en la esquina, 
de los cambia centavos por botellas vacías.
Del canillita y el brillador de zapatos de cuero.
De los pasos presurosos de las enfermeras vestidas completamente de blanco, 
Del carretillero alegre 
con brasas ardientes en sus labios. 

Era la tronera de los "diablos rojos" con música estridente 
y chiquillos guindados en la puerta.
Era el kiosco en el parque, mi primera librería,
Era el hindú y sus enciclopedias. 
La panadería y su dulce de canela de "a cuara" 
                                                                                                                                     
La billetera regordeta con sonrisa de sol...
El calor pegajoso, el salitre, la picardía de los "picaflor",
el cansancio alegre y la algarabía de la cantina la Verona.
La imprenta, la farmacia, la tienda, los cines para adultos y los matines.

Los bomberos, el súper, los patines de cuatro ruedas, el arbol gigante de navidad,
la visita de Tio Toti... mi gato negro y Yako, mi perro pequines,
el queso cremoso en tuco con un color naranja que nunca más he visto.
 

El murmullo de las vecinas, la loteria, el vendedor ambulante,
la carcajada del indigente que no reconoce su realidad,
el contoneo de la complaciente, 
el brillo en los ojos del niño descalzo con su biombo de madera, 
los mangos maduros a "real" ...
   
la sonrisa tímida de la india que descubre la ciudad,
el perro flaco sin dueño 
y los gatos huérfanos tras una llanta. 

La misa de domingo en la Iglesia a cuadra y media,
el agua bendita para dormir bien,
la ropa ondeando en los patios como banderas de paz.


En cada esquina vivía una historia, 
con sus casas de cemento y algunas de madera, 
todas oliendo a recuerdos,

El sabor a chicha fría de tamarindo en los veranos,
el silbido del carrito de helados al doblar la cuadra.

Los paseos por el barrio con vestido planchado,

El primer amor que te vio desde la reja de enfrente 
de quien nunca te enteraste.

La espera del busito en la madrugada, cojia en frio


y ese árbol viejo que escuchó más secretos que cualquier confesionario.

y cada día 
una página nueva 
ante los ojos de una niña sorprendida por la gente que saludaba con los ojos 
y la comisura de sus labios. Seres tostados por el Sol pero con el alma transparente.

La espera del carro de papá.
El no querer ir. 
y el regresar a pie, cansada pero feliz al ver a mamá.

Santa Ana...

allí empezamos de nuevo sin saberlo.  

rescatamos nuestras vidas, mi madre, mi hermana y yo.

Con el miedo todavía pegado a la espalda,
Tres pequeñas, con el alma a cuesta,
cruzamos el umbral huyendo de un hogar que ya no lo era. Sin rumbo cierto, sin mirar atrás. 

Y hallamos algo sagrado: 
el silencio que no dolía,
la calma que no temblaba,
un refugio que se volvió hogar.



En aquella casa —amplia, cálida—
con un pequeño zaguán donde el silencio no era amenaza,
sino promesa.
Allí nos escondimos del grito y del golpe,
y descubrimos, poco a poco,
que también se podía vivir con el corazón en calma.

Dentro, la escalera del patio era infinita,
señal inequívoca que nos alejaba un poco más del miedo
como si cada peldaño 
nos acercara a la risa, al juego, a la esperanza, quizás.
A una infancia que por fin podía estirarse bajo el sol. 


Mi escuela estaba a unas cuadras —o a un suspiro—,         
                                  Quedaba tan cerca
                                                que a veces parecía que el aprendizaje
                                                            no era solo de libros, sino del barrio entero.
y al salir, el aire me abrazaba
                     con su mezcla de humo, hierba, sol…
                                             y esa rara cosa que no sabía cómo se llamaba,
                                                                 hasta que la aprendí de memoria: felicidad.

Allí nacieron mis hermanos,
como flores en primavera tardía, 
cual retoños en tierra fértil.
Tenían cabellos rojizos y castaños 
y unos ojos que enamoraban mi alma.
Nuestro hogar se mecía cual columpio  
entre risas nuevas y pañales compartidos,
cuando ya creíamos que nuestra esperanza no podía florecer más.

Y mamá…
ay, mamá volvió a sonreír con los ojos,
se volvió a enamorar, con ese amor sin gritos ni sombras,
nos mostró que sí, la vida podía ser distinta.  
Y aprendió a mirarse en los ojos de un amor que no dolía,
allí volvió a ser mujer 
                             antes que mártir.

Calle 12 no fue un simple refugio.
Fue el nido donde el miedo se volvió memoria,
y la memoria, raíz.
 
Hoy la evoco y mi alma se enternece,
porque no hay lugar más sagrado que el barrio
donde aprendí a soñar con los ojos abiertos.                               

        Y aunque mi cuerpo parta algún día,
y mi memoria se desvanezca entre lamentos y suspiros de vieja,
el alma se quedará allí,
en esa calle que fue semilla, refugio y nido,
donde no solo crecí…
donde empecé a sanar, soñar y reír.
 
Calle 12 
no solo el lugar donde crecí,
Santa Ana
el barrio que me salvó, 
la niñez que resistió y el amor que volvió a nacer.
son mis pasos tejidos con memoria, ternura y fortaleza. 

Hay un rincón en mí de esa calle, 
hay recuerdos bajo su cielo y
entre la brisa de aquellos que se fueron ...

Siempre se regresa a donde se fue feliz.